sábado, 24 de septiembre de 2022
Inicio  »  Columnistas  »  El árbol de la vida no está en el paraíso

El árbol de la vida no está en el paraíso

María Isabel Henao, Columnista

María Isabel Henao Vélez

Comunicadora Social y Periodista de la Universidad Javeriana. Especialista en Manejo Integrado del Medio Ambiente de la Universidad de los Andes. Twitter e Instagram: @maisamundoverde

La vida del ser humano en el planeta Tierra ha estado bajo la sombra de una especie superior. Sí, que nuestro antropocentrismo no se interponga para negarlo. Los árboles han dado cobijo, no solo a humanos sino a miles de otras especies que lo llaman hogar permanente o transitorio. Con su madera hemos construido nuestros propios hogares e innumerables objetos, y sin ellos no habrían sido posibles los primeros barcos con los que exploramos y llegamos a habitar nuevos territorios. Hemos aprovechado sus frutos, fibras, cortezas y el frescor y la humedad que desprenden, tan vitales para la regulación del clima y el ciclo del agua. 

Desde el albor de los tiempos (qué bonito, cambie el orden de las letras en albor y tendrá árbol) las culturas humanas han dado un significado relevante a los árboles en la construcción de sus cosmogonías, religiones y saberes, y han sido reverenciados como vínculo entre lo terrenal y lo divino al hundir sus raíces en los suelos más diversos e inhóspitos y al alzar con tanta gracia sus ramas hacia el cielo. Fueron los primeros templos de los dioses, y los bosques sagrados los primeros lugares de culto; hogar de elementales, hadas y espíritus, donde las fuerzas de la naturaleza inspiraron los mitos e historias transmitidas oralmente, las artes plásticas y la literatura. 

Y a pesar de tanto abraza-árbol que subsiste hoy en día, la deforestación (tala y quema de bosques) para abrir camino a la frontera agropecuaria tiene en jaque a los ecosistemas arbóreos del planeta. No voy a hablar de deforestación en esta columna; eso lo abordaremos en otra oportunidad, querido lector. Hoy revelaré un secreto bien guardado que necesita volverse secreto a voces: el árbol de la vida no está en el paraíso, está en los trópicos y se llama mangle. 



Este 26 de julio, Día Internacional para la Conservación del Ecosistema de Manglar, lo invito a descubrir porqué en estas franjas donde la tierra y el mar se encuentran sus árboles son fuente vida y por qué faltan esfuerzos para salvarlos de la extinción, pues en los últimos 60 años los humanos destrozamos la mitad de los bosques de manglar que existían en la Tierra. Pero como Colombia tiene tan increíbles condiciones para la biodiversidad, resulta que en nuestras costas Caribe y Pacífica aún persisten aproximadamente 290.000 hectáreas de manglares (casi el 80% en la costa del Pacífico). Nuestra responsabilidad para con el bienestar del ecosistema y las comunidades que lo habitan resulta entonces imperativa. 

Conocer estos bosques es una experiencia hermosa. Si entra a un manglar hágalo descalzo, pues su suelo vive hambriento de zapatos. Y avance con cuidado pues si, como yo tiene pies de princesa y el guisante, puede salir rasguñado al pisar un pejesapo o chuzarse con los neumatóforos (raíces aéreas por donde el mangle “respira” en el suelo anegado). De pronto se tope una culebra o se vuelva presa de zancudos o jejenes. Pero no se asuste, los visitantes ocasionales, si no entramos en horas de “plaga”, solemos disfrutar de la sensación entre tibia y fresca del fango, de la belleza escénica del paisaje con oportunidades constantes para tomar fotos, de sorprendernos con la abundancia de vida entre los zancos de sus árboles, y sí, también del juego y las risas al quedar atascados a cada paso. 

Manglar, Manglares
Foto: María Isabel Henao

No es tan fácil para las piangüeras del Pacífico, verdaderas súper mujeres que recorren las zonas de mangle buscando el precioso molusco con el que se preparan verdaderas delicias culinarias: ceviche, bisté, sudado, sopa y arroz. La recolección de piangua genera ingresos económicos cruciales para miles de mujeres y sus hogares que viven de su comercialización. Es un oficio aprendido de abuelas a madres e hijas y desde los 6 años ya se ven niñas cargando canastos de piangua. Barcos internacionales han comprado piangua llevando a la explotación intensiva, lo que agota la especie que no logra reproducirse. Por tanto, el manejo sostenible de este recurso con vedas voluntarias y colecta de la piangua tras haber alcanzado cierta talla, es hoy día una tarea constante de las comunidades. 

Siga leyendo: “Río de Magüí, río de Sanquianga, qué sabroso estaba —mi negra— el caldo de piangua”

ONG como WWF, Bezos Foundation, Fundación Omacha y Conservación Internacional, y Corporaciones como CVS están trabajando para favorecer los ecosistemas de manglar y sus comunidades en el Caribe y en el Pacífico. Ojalá en un futuro cercano pueda visitar estos proyectos y reportarles aquí su impactos positivos. Por lo pronto les dejo unos enlaces para visitar (proyecto Vida Manglar aquí, video de YouTube sobre la piangua y la conservación del manglar aquí y, si quiere saber de todo sobre manglares, revise esta maravilla de documento aquí).

¿Por qué creo que el manglar es el árbol de la vida? Tome nota y dígame si otra especie es tan especial como esta: 

Ponga una planta entre un balde con agua y sal, riegue sus matas con agua de mar o pásese de sal encima de la lechuga de una ensalada. Ajá… ¿no aguantan, cierto? El mangle lidia con amplios rangos de salinidad del suelo y agua a través de varios mecanismos: ultrafiltran y absorben por sus raíces el agua con una baja proporción de sal comparada con el agua de mar; bombean la sal que entra a las células dentro de las vacuolas de las hojas y cuando llegan al límite se caen botando su carga de sal, y por último, gracias a glándulas especializadas arrojan al medio los excesos de sal. Pero ojo, los manglares requieren de agua dulce para mantener un adecuado balance iónico, por eso cortar el flujo de quebradas al manglar puede significar su pérdida. 

A ratos me recuerdan los árboles Ents del Señor de los Anillos y me dan la impresión de que van a dar un paso. Sus raíces tipo “zanco” aumentan su superficie de agarre en los suelos aluviales inestables de limo y arcilla donde viven (aunque también pueden ocupar fondos firmes como arena y roca coralina). Y finalmente, bueno, las plantas intercambian gases, “respiran” y la cosa no es fácil en estos suelos con poco oxígeno (anaeróbicos), pero “súper mangle” posee poros diminutos en sus cortezas (lenticelas) y raíces especiales (neumatóforos) que les permiten absorber el aire. 

Los manglares son salacuna y guardianes de la vida, ecosistemas de gran productividad debido a su alta producción de materia orgánica que propicia lugares de apareamiento, cría y alimentación para un gran número de peces y de invertebrados marinos. Entre la protección de sus raíces, larvas y juveniles de peces y crustáceos encuentran alimento y pueden crecer para retornar al océano o a los ríos de donde vinieron sus padres (y permitir las pesquerías de las cuales los humanos se alimentan). Su dosel (copas de los árboles) es hogar para insectos, reptiles y aves residentes y migratorias. Caimanes, monos, zorros cangrejeros y manatíes encuentran también en el manglar alimento y refugio. Además de favorecer los recursos pesqueros, han provisto madera y taninos (hasta la década del 80 se extrajo generalizadamente corteza de manglares para teñir cuero, actividad que dejó de ser rentable para fortuna del ecosistema). 

Manglar, Manglares
Foto: María Isabel Henao

Los manglares son campeones en la lucha contra los efectos de la crisis climática. Atrapan carbono de la atmósfera en su masa vegetal y en el suelo de manera más rápida y eficiente que los bosques terrestres. Su diseño los dota de una fortaleza tal, que pueden resistir el embate de fuertes vientos de tormentas tropicales o de la fuerza de las olas. En caso de tsunami protegen los asentamientos humanos costeros; se estima que una línea de manglar de 500 metros reduce la altura de las olas entre un 50 y 90 %. Si bien han estabilizado el suelo frente al cambio del nivel del mar al atrapar sedimentos, esta capacidad se está viendo sobrepasada por la amenaza que significa el incremento del nivel del mar en escenarios de cambio climático.

Lea también: ¿Sabe qué es el Carbono Azul?

Una ñapa que no nos merecemos por botar aguas arriba tanta porquería al ambiente: filtran el escurrimiento terrestre, retienen contaminantes y absorben metales pesados, pero a costa de volverse zona de “entre bajo su propio riesgo”.  

¿Muy lindo todo, verdad? ¡En verdad son los árboles de la vida! Pero no estamos garantizando su permanencia. Todos sus servicios están amenazados por el desarrollo urbano, la construcción de puertos en sus cercanías, la expansión de la frontera agropecuaria, la deforestación y explotación maderera, su transformación en arrozales, el desarrollo de acuicultura de camarones y langostinos que ocupa áreas de manglar para instalar estanques de cría, y la minería de oro aguas arriba que trae exceso de sedimentos y contaminantes. 

¿Y qué hay que hacer para conservarlo? Lo que ya tanto se ha expuesto en nuestra sociedad para reducir las emisiones de efecto invernadero, como dejar el desaforado consumo, elegir procesos sostenibles y no contaminantes, hacer la transición a energías limpias, cultivar protegiendo suelos y bosques, promover áreas protegidas, etc. 

De manera particular consigno aquí algunas acciones señaladas por Sandra Vilardy PhD, profesora de la Universidad de los Andes: establecer corredores y zonas de amortiguación que permitan la migración de los manglares como respuesta al aumento del nivel del mar y para reducir los impactos de los usos en las áreas adyacentes; preservar la conectividad entre los manglares y las fuentes de agua dulce, los corales y pastos marinos; restaurar áreas degradadas que han mostrado resistencia o resiliencia al cambio climático y, por supuesto, desarrollar actividades económicas alternativas para la comunidades dependientes del manglar (en lo cual el nuevo gobierno tendrá un escenario de acción enorme). 

“Somos como el mangle. Nos han golpeado, nos han violentado, nos han despreciado… han intentado despojarnos de nuestros territorios usando nuestros cuerpos, nos han humillado…”. Así reza un testimonio acopiado por la Comisión de la Verdad, denominado “El mangle que camina” (ver enlace aquí). Así como el mangle camina extendiendo sus zancos y brotando raíces, los colombianos intentan el camino de la resiliencia, de restaurar sus territorios esquilmados, almas y cuerpos abatidos pero no desesperanzados. Si hay ilusión para el hombre, debería haber ilusión para el mangle. Los ecosistemas de mangles serán definitivos para resguardar nuestros países tropicales en los escenarios de crisis climática que ya vivimos. No perdamos el árbol de la vida. Nos ha tocado la suerte de tenerlo en este, el que podría ser un paraíso para todos. 

Siga leyendo: Manglares colombianos contribuyen a la reducción global de emisiones de CO2