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martes, 3 de febrero de 2026
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El fracaso de las Naciones Unidas

Manuel Guillermo Sarmiento García, Columnista

Manuel Guillermo Sarmiento García

Profesor Emérito de la Universidad Externado de Colombia. Director del Departamento de Derecho del Transporte e Infraestructura de Transporte.

En el mes de junio de 1.945, apenas concluida la segunda guerra mundial, –el conflicto bélico más sangriento de la historia de la humanidad, con cerca de setenta y cinco millones de víctimas– líderes de cincuenta países firmaron en la ciudad de San Francisco la carta de las Naciones Unidas, que dio nacimiento a la organización internacional más grande del planeta, que agrupa actualmente a ciento noventa y tres países, cuyo objetivo fundamental es mantener la paz y la seguridad mundial.

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Manuel Guillermo Sarmiento García

No obstante el loable objetivo de esta organización internacional, la verdad es que desde su creación la paz y la seguridad mundial está totalmente condicionada a la voluntad de cinco grandes potencias: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido, que se reservaron el poder de veto a las decisiones de los máximos organismos de las Naciones Unidas, como son la Asamblea General y el Consejo de Seguridad.


Este poder unilateral de veto de estos cinco países, que son además las mayores potencias nucleares del planeta, ha impedido que se logre ese objetivo fundamental de lograr una paz sostenible y duradera en el mundo.

Han transcurrido cerca de ocho décadas desde la creación de las Naciones Unidas y no ha habido siquiera una sola década en que no se presente un conflicto bélico en el mundo, comenzando por la guerra de Corea en la década de los años cincuenta, a la que siguió la guerra de Vietnam en los años sesenta y setentas donde las Naciones Unidas no desempeñaron ningún papel protagónico, ya que estos conflictos se caracterizaron por un enfrentamiento indirecto entre los Estados Unidos, por una parte, y en su momento la Unión Soviética y China, por otra, que caracterizaron lo que se denominó la guerra fría.

De igual forma en los enfrentamientos bélicos regionales, como el conflicto árabe-israelí, que se inició en 1.948 y setenta y cinco años después aún no termina, y la guerra entre Irán e Irak en la década del ochenta.

Las Naciones Unidas no han desempeñado ningún papel importante en la solución de estos conflictos, quizás solo en la guerra étnica de los Balcanes que tuvo lugar en la década de los noventa. Esta organización internacional intervino militarmente para la protección de los civiles, que no fue suficiente para impedir la masacre de Srebrenica en 1.995, donde miles de hombres, mujeres y niños bosnios musulmanes fueron asesinados por las fuerzas serbias en una zona que estaba bajo la protección de las Naciones Unidas.

Además, no es ningún secreto que la guerra representa un gran negocio para las grandes potencias. Así, tenemos que la fabricación de armamento es uno de los sectores importantes de la economía de los Estados Unidos, según los datos del Departamento de Comercio de este país.


La industria de defensa y aeroespacial representa aproximadamente el tres punto cinco por ciento (3.5%) del producto interno bruto (PIB), de tal manera que periódicamente los Estados Unidos están promoviendo conflictos bélicos en el mundo, como las guerras  contra Irak y Afganistán, que fortalecen la economía de este país.

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Pero quizás el mayor fracaso de las Naciones Unidas lo estamos viviendo actualmente con las guerras en Ucrania y en la franja de Gaza, donde se ha impuesto el poder de veto de Rusia en el primer caso, y de los Estados Unidos en el segundo caso, que han impedido que se asegure el objetivo de las Naciones Unidas de mantener la paz y la seguridad mundial.

No se puede concebir que una potencia como Rusia invada y agreda a una nación débil como es Ucrania, causando miles de víctimas, especialmente a la población civil y cuantiosos daños materiales, y menos se puede aceptar que el Estado de Israel, con fundamento en el principio de la legítima defensa, esté cometiendo el mayor genocidio contra civiles palestinos indefensos que conozca la historia contemporánea.

Si bien la carta de la Naciones Unidas en su artículo 51 consagra el derecho a la legítima defensa de un Estado que es víctima de un ataque armado, este derecho tiene que ser proporcional a la agresión recibida, así lo establece la numerosa jurisprudencia y doctrina del derecho internacional.

Pero lo que se está viviendo en la franja de Gaza, con más de 20.000 muertos palestinos, en su  mayoría niños y mujeres, 100.000 edificaciones destruidas, una población civil totalmente asediada, sin acceso a los servicios públicos esenciales de agua potable, electricidad y atención médica, constituye la peor tragedia humanitaria del último siglo, sin que la flamante organización de las Naciones Unidas pueda hacer algo para solucionar este conflicto, porque el poder de veto de los Estados Unidos presionado por el sionismo internacional incrustado en Wall Street se lo impide.

Asistimos por lo tanto al fracaso absoluto de las Naciones Unidas, porque su objetivo esencial de mantener la paz y la seguridad mundial no lo ha logrado en sus setenta y ocho años de existencia, que sólo ha servido para sostener una costosa burocracia internacional.

Asistimos también a la extinción del derecho internacional, ya que como lo advirtió el gran jurista austriaco Hans Kelsen, el derecho internacional no es un sistema de normas jurídicas, en el sentido tradicional, sino más bien un sistema de normas “hipotéticas” o “condicionales”, que dependen de la voluntad unilateral de los Estados, sin que exista una autoridad suprema que pueda imponer sanciones a aquellos que violen sus disposiciones, como sucede en el caso del conflicto palestino-israelí, donde el Estado de Israel considera que el derecho a la legítima defensa lo faculta para destruir completamente el enclave palestino, ante una comunidad internacional completamente silenciosa que debe sentirse avergonzada de su pasividad e impotencia.