sábado, 24 de septiembre de 2022
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El monje de las alverjas

Guillermo Guevara Pardo, Columnista, Guillermo Guevara

Guillermo Guevara Pardo

Profesor de biología vinculado a la Secretaría de Educación del Distrito, IED La Amistad, Bogotá.

Se conmemoran 200 años del nacimiento del fundador de la genética, la ciencia que empezó en el huerto de un monasterio.

La forma como los organismos vivos transmiten sus rasgos hereditarios de progenitores a descendientes fue un misterio que durante centurias no tuvo explicación racional alguna. Se pensaba que la herencia ocurría por mezcla de caracteres presentes en ambos padres. Johann Mendel, el hombre que resolvió tal enigma, nació el 20 de julio de 1822 en Heinzendorf (antiguo Imperio Austriaco, hoy República Checa). Como hijo de agricultores, aprendió las técnicas básicas de la horticultura, conocimiento que fue de gran ayuda en su posterior trabajo de investigación. Tuvo enormes dificultades para adelantar su formación académica debido a la estrechez económica de los padres. Estudió en el Instituto Filosófico de Olmötz gracias a la solidaridad de la hermana menor, Theresia, que renunció a favor de Johann al escaso patrimonio familiar que le correspondía.

En 1843, Mendel ingresó al monasterio de Santo Tomás en Brünn (hoy Brno), donde empezó el noviciado con el nombre de Gregor; en 1847 se ordenó sacerdote. Enseñó en la escuela superior de Znaim, al sur de Moravia y parece que fue un buen maestro. Estudió en la Universidad de Viena entre 1851 y 1853 para completar su formación en ciencia y teología; en 1854 era docente de la Escuela Moderna de Brünn, donde permaneció hasta 1868 cuando fue elegido abad del monasterio agustino, nombramiento que le impidió seguir con su trabajo científico para dedicarse a la administración del establecimiento religioso. 



Hacia 1850, ya tenía una sólida formación científica y el tiempo libre necesario para dedicarse a investigar en el jardín de 250 metros cuadrados de la abadía. Eligió como material de estudio la alverja o guisante (Pisum sativum), plantas con las que llevó a cabo, entre 1856 y 1865, miles de polinizaciones. Fue un trabajo riguroso siempre bajo la guía del método científico y catalogado como uno de los logros más destacados de la inteligencia humana.

Mendel fue muy cuidadoso durante su investigación. Eliminaba los estambres (donde se forman los granos de polen) de una flor para evitar la autopolinización (la flor de la arveja tiene una estructura que no admite, en general, la entrada de polen desde otras flores); después, con el polen recogido desde otra flor, espolvoreaba el componente femenino o pistilo (donde está el óvulo) de la flor previamente emasculada. En cada cruzamiento escogía como individuos progenitores cepas puras, producidas gracias a autofecundaciones prolongadas, con pares de rasgos alternativos claramente distinguibles: por ejemplo, seguía la manera como se heredaba la forma de la semilla (lisa o rugosa) o el color de la misma (amarilla o verde) y después estudiaba la herencia simultánea de ambos caracteres (forma y color). 

pisum sativum
Ilustración de Pisum sativum
Tomada de Wikimedia Commons, el repositorio multimedia libre

Se valió de un sencillo tratamiento algebraico y estadístico para dar soporte matemático a la interpretación de los hechos observados. Las matemáticas y el análisis de los resultados experimentales lo llevaron a postular la existencia de unos “factores” que determinan cada uno de los caracteres alternativos y propuso que ellos se transmiten sin cambio, sin mezcla, en proporciones determinadas desde los progenitores a los descendientes: descubrió las leyes básicas de una ciencia que aún no tenía nombre. Su hipótesis explicaba mejor hechos ya conocidos y permitía hacer predicciones que se podían comprobar. Mendel adelantó las investigaciones con un desconocimiento absoluto de las bases materiales de la herencia; los “factores” que propuso para interpretar los experimentos fueron considerados por sus contemporáneos una especulación sin ninguna base material creíble, lo que contribuyó al olvido en el que se mantuvo su nombre durante más de treinta años. 

En febrero de 1865, el monje agustino presentó los resultados de los experimentos ante la Sociedad de Historia Natural de Brünn. Habló a un auditorio donde había astrónomos, físicos, químicos… todo un público ilustrado. Al finalizar la presentación solo recibió el educado aplauso de los asistentes, pero nadie captó la importancia de lo descubierto. La teoría era muy abstracta y la mezcla de botánica con matemáticas fue una novedad poco agradable; la ciencia de entonces no estaba preparada para aceptar una teoría que propusiera partículas para la herencia. Aún no era el momento para el mendelismo; además, el estudio de la célula (citología), avanzaba sin relación alguna con los postulados establecidos por Mendel. Con la idea de universalizar sus hallazgos utilizó abejas para repetir los resultados que obtuvo con las alverjas. Ese intento sugiere lo convencido que estaba de la existencia de los “factores” por él propuestos. Sin embargo, el fracaso fue total, dado el carácter tan especial de la reproducción de esos insectos, donde los machos se originan de óvulos sin fecundar, todas las obreras nacen de óvulos fecundados y la reina es la única hembra fértil de la colonia.

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Redactó un artículo que tituló Experimentos sobre la hibridación de plantas, publicado en 1866 en las actas de la Sociedad; copias del mismo se enviaron a Londres, París, Viena, Berlín, Petersburgo, Roma y Uppsala. Muy pocos lo leyeron. Le escribió al renombrado científico suizo Karl von Nägeli (residente en Múnich, desde donde mantenía correspondencia con Darwin) haciéndole una descripción de su trabajo, pero el destacado botánico (defensor de la teoría de la herencia por mezcla) no le prestó mayor atención pues consideraba a Mendel un científico “aficionado”. Hay factores extracientíficos que interfieren en la aceptación de una teoría, pero no son ellos los que definen su estatuto de veracidad o falsedad; eso, en última instancia, depende de los experimentos y las observaciones. Las autoridades eclesiásticas de Moravia lo señalaron de darwinista y Mendel no se preocupó por publicitar sus ideas. El abad falleció en 1884, siendo entonces más conocido por sus obras de carácter social que por su trabajo científico. Muy pocas de las pertenencias personales fueron rescatadas para la posteridad, incluyendo unas cuantas páginas de El origen de las especies anotadas al margen por él. Quien lo sucedió en el monasterio ordenó la destrucción de sus haberes. El compositor Lajos Janeck, que junto a Dvorak y Smetana constituyen el trío de los nacionalistas checos, veló el cadáver del monje interpretando su música en honor al hombre de ciencia.

mendel y compañeros monjes
Gregor Johann Mendel y sus compañeros monjes
Tomada de Wikimedia Commons, el repositorio multimedia libre

Para esos años Darwin ya había elaborado su teoría de la evolución, pero no tenía una hipótesis adecuada sobre la herencia, como lo reconoce en el primer capítulo de El origen de las especies: “Las leyes que rigen la herencia son, en su mayor parte, desconocidas”. Mendel leyó El origen en 1863; el súbdito de la reina Victoria no conocía el artículo del silesio y Nägeli nunca le comentó a Darwin sobre los cruzamientos que con alverjas se hacían en Brünn. El padre Gregor intuyó que sus “factores” debían jugar un papel importante en la explicación darwiniana de la evolución, pues en la introducción del artículo apuntó que ellos “parecen ser el único camino seguro por el cual se podrá alcanzar, por fin, la solución de un problema cuya importancia para la evolución de las formas orgánicas no puede ser menospreciada”. Mendel fue el sacerdote que tuvo en sus manos la respuesta que ignoraba Darwin: “…a pesar de semejantes “ignorancias”, a la postre la ciencia termina encontrando el verdadero camino que conduce a la verdad, por mucho que esa verdad, o mejor, las explicaciones de las verdades observadas, puedan cambiar. Se puede tardar más, pero se llega. De ahí la grandeza de la Ciencia, una empresa, una actividad humana, que va más allá de los científicos que, como todos los humanos, vienen y se van (mueren)”, comentó el historiador de la ciencia José Manuel Sánchez Ron. 

En el amanecer del siglo XX se redescubre el trabajo de Mendel. El holandés Hugo De Vries publicó dos artículos en marzo de 1900, uno en el cual los resultados numéricos de sus experimentos coincidían con los obtenidos por el agustino, a quien no cita, y otro editado en una revista alemana donde hace el justo reconocimiento al abad. La trilogía de redescubridores la completan el alemán Carl Correns y el austriaco Erich Tchermak (ambos conocían el trabajo de Mendel y lo estaban confirmando), que también tuvieron la honestidad científica para destacar la preeminencia del trabajo del hombre de este bicentenario. La noticia llegó a Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Los avances logrados por la citología iluminaron la dimensión del aporte del abad y favorecieron el ambiente para su redescubrimiento: la verdad no surge del consenso de los que más saben; ella es el reflejo de las cosas del mundo exterior en la conciencia del hombre, en los diversos conceptos desarrollados por la ciencia. Las teorías científicas, cuando son verdaderas, son una representación de los fenómenos que ocurren en la naturaleza. Es verdadero todo aquello que se corresponde con la realidad. Con la ciencia se logra la descripción verdadera de la realidad, en eso consiste su hegemonía.

El trabajo de Mendel permitió que en el árbol de la biología brotara una rama nueva. En 1902 se plantea que los “factores” mendelianos son reales y que se ubican en los cromosomas. El inglés William Bateson (que en 1901 había leído los trabajos de la tríada redescubridora y a través de ellos llegó al manuscrito original de Mendel) propuso en 1906 la palabra genética para bautizar la nueva ciencia, término que, en su concepto, “indica suficientemente que nuestro trabajo está dedicado a la aclaración del fenómeno de la herencia y variación: en otras palabras, a la fisiología de la descendencia, lo cual significa tener relación con los problemas teóricos de los evolucionistas y sistemáticos y aplicaciones a los problemas prácticos de los criadores de plantas o animales”. La genética permitió explicar diversos fenómenos biológicos y quedó estrechamente ligada a las necesidades económicas de la sociedad. En 1909, el botánico danés Wilhelm Johannsen acuñó la palabra gene para rebautizar los viejos “factores” de Mendel.

Los conocimientos alcanzados en el campo de la genética abrieron el camino para que, en los años meridionales del siglo XX, Rosalind Franklin, James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins descubrieran la estructura de la molécula de la herencia: el ácido desoxirribonucleico (ADN): trabajo en ciencia básica, la que estudia la naturaleza sin buscar aplicaciones prácticas inmediatas, pero que está en la base de muchos de los avances tecnológicos que se emplean a diario. La investigación básica en genética hace parte de esa cara de la ciencia. 

Colombia no puede renunciar al desarrollo de la ciencia básica, es condición necesaria para dejar de ser un país pobre. Quien debe encargarse de esa tarea, el Ministerio de Ciencia y Tecnología, ha tenido un manejo desastroso. Por allí han pasado personajes que promocionan concepciones filosóficas en contra de la ciencia y su método, o que pregonan el uso de bebedizos para curar el cáncer, o de oscuros antecedentes académicos. Además, hay que rechazar afirmaciones de estupidez supina como decir que los científicos colombianos “pueden hacer mucho con muy poco dinero”.

El conocimiento del ADN ha abierto enormes posibilidades de aplicaciones tecnológicas y estimulado agudos debates filosóficos. Desde los ingeniosos experimentos con alverjas la genética ha permitido, entre otras cosas, la clonación de una oveja, traspasar genes entre organismos diferentes, conocer el genoma del humano actual y recuperar el de un neandertal, derrotar en poco tiempo un virus, manipular genes con una ingeniería cada vez más y más poderosa… En medio de tan asombrosos avances y de los que vendrán, los genes se siguen heredando según lo dictan las sencillas leyes que descubrió un agustino en su jardín. Mendel y su legado permanecen vigentes en este rincón azul del universo. ¿También lo será en otras partes?

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