sábado, 24 de septiembre de 2022
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Peligro posmodernista

Guillermo Guevara Pardo, Columnista, Guillermo Guevara

Guillermo Guevara Pardo

Profesor de biología vinculado a la Secretaría de Educación del Distrito, IED La Amistad, Bogotá.

El artículo del doctor Moisés Wasserman publicado el pasado 15 de julio en El Tiempo criticando la política de ciencia esbozada en un documento del Pacto Histórico, abrió un interesante debate donde han intervenido concepciones desde distintas orillas. Tal documento transpira posmodernismo y constructivismo y la racionalidad termina cuestionada. No es un debate únicamente en la esfera de la filosofía, pues puede tener consecuencias prácticas, por ejemplo, para la enseñanza de las ciencias naturales en escuelas y colegios del país. 

La ciencia es el camino más expedito para alcanzar el conocimiento objetivo de la realidad material partiendo del principio de que el mundo tiene una existencia independiente de nuestra conciencia. Sin el principio de objetividad es imposible obtener conocimiento de las leyes que gobiernan el comportamiento de los fenómenos naturales y sociales. Posmodernismo y constructivismo riñen con el principio de objetividad al sostener que en el ámbito de la ciencia cualquier explicación es válida. Tal es el caso del filósofo Paul Feyerabend para quien las proposiciones “la Tierra gira alrededor del Sol” y “la Tierra es una esfera hueca que contiene el Sol, los planetas y las estrellas fijas”, tienen el mismo grado de validez. Ciencia y pseudociencia terminan así en pie de igualdad. Por el contrario, el matemático italiano Carlo Frabetti señala que: “La seudociencia no solo es la peor enemiga de la ciencia… sino de la racionalidad misma y de la cultura en su conjunto…”. 

El posmodernismo renuncia a la búsqueda de la verdad objetiva, considera la realidad una construcción social, una ilusión creada por la mente. La verdad deja de ser el reflejo, en la conciencia del ser humano, de lo que existe; no se busca en la relación con las cosas, sino que ella se alcanza por el consenso entre los que más saben (como en la teología): es verdadero y real únicamente aquello que los científicos acuerdan que es verdadero. Afortunadamente la mayoría de hombres y mujeres de ciencia no escuchan esos cantos de sirena, como el físico francés Serge Haroche, premio Nobel de Física: “La verdad científica no es un dogma congelado esperando ser revelado. Es una construcción paciente de la mente humana basada en la observación de la realidad objetiva interpretada de acuerdo a un análisis racional”



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Para el pensamiento posmoderno el concepto no se ajusta al objeto. Por tal razón Bruno Latour propone como regla metodológica no recurrir a la naturaleza “para explicar por qué y cómo se ha dirimido una controversia [científica]. Latour, Lyotard, Vattimo y toda la banda de pensadores de esa corriente filosófica son seguidores incondicionales de Nietzsche, proclamado como gran precursor de la posmodernidad: “No hay hechos sino interpretaciones” y toda interpretación depende de su contexto. A coro proclaman que no defienden el irracionalismo, pero sí aspiran a un adelgazamiento de la racionalidad, cuando lo que se necesita es todo lo contrario: fortalecer el pensamiento racional para adelantar la noble tarea de tener un conocimiento cada vez más profundo del universo, objetivo fundamental del sistema educativo.     

La ciencia no es otra narración: “No es simplemente otro punto de vista… revela una realidad que no se le podría ocurrir ni siquiera a la imaginación más retorcida y extravagante. La ciencia es la investigación de lo real, y si lo real parece surrealista, pues que así sea”, escriben Brian Cox y Jeff Forshaw en El universo cuántico. La ciencia es una síntesis de teoría y práctica: sin la práctica experimental, queda reducida a la pura especulación; sin la teoría, se convierte en conocimiento cotidiano.

Es cierto que a veces la tecnología ha atropellado la dignidad humana, como cuando la bomba atómica fue arrojada sobre Hiroshima y Nagasaki. La culpa no está en el conocimiento del átomo. Ciencia y tecnología han hecho que nuestras vidas sean mejores que las de todos los humanos que nos precedieron. Es entonces un contrasentido achacarles la culpa de todos los males que padece la humanidad o adelantar políticas económicas que impidan su desarrollo. La Colombia del siglo XXI necesita de un fuerte desarrollo científico y tecnológico; si el tono del Ministerio de Ciencias va a ser el que quedó plasmado en el documento de marras, temo que seguiremos en las mismas que han hecho los mismos… pero ahora con otro lenguaje.

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