El Foro Económico Mundial debe confrontar sus propias cadenas de suministro si de verdad quiere “mejorar el estado del mundo”
Fernando Morales-de la Cruz
Periodista, activista de derechos humanos y empresario social, fundador de Café For Change, Cartoons For Change y Lewis Hine Org.
Durante más de medio siglo, bajo el reinado de más de 50 años de su fundador, el profesor Klaus Schwab, el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) se ha presentado como el guardián de un capitalismo ilustrado. Su lema, “comprometido con mejorar el estado del mundo”, ha enmarcado innumerables paneles en Davos, iniciativas políticas y compromisos empresariales.
Sin embargo, durante esas mismas décadas, el Foro ni siquiera intentó eliminar el hambre, la miseria, el trabajo infantil o el trabajo forzoso del café, el té y el chocolate consumidos por la élite global que se reúne en Davos cada enero. Este fracaso, visible incluso en el propio consumo del Foro, revela la distancia entre la retórica y la realidad.
Detrás del lenguaje del propósito y el progreso se esconde una verdad incómoda: los modelos de negocio globales promovidos por centenares de las empresas participantes del WEF, y por la propia organización, siguen dependiendo de la pobreza, el hambre, el trabajo infantil y el trabajo forzoso a escala mundial.
Hoy, cerca de 400 millones de niños trabajan en todo el mundo. Al menos 140 millones de ellos lo hacen directa o indirectamente en cadenas de suministro corporativas. Más inquietante aún: más de 75 millones de niños trabajan para el beneficio financiero de aproximadamente 2.500 participantes del WEF, las mismas empresas que moldean el comercio mundial, los flujos de inversión y los patrones de consumo. No se trata de un efecto colateral involuntario de la globalización. Es una característica estructural de cómo se crea valor y se reducen costes.
El trabajo infantil y el trabajo forzoso debían ser erradicados en 2025 según compromisos internacionales respaldados por gobiernos, empresas e instituciones, incluido el Foro Económico Mundial. Ese plazo ha llegado y se ha incumplido. No de manera marginal. No por accidente. Sino de forma generalizada. El fracaso no se debe a la falta de datos, capital o tecnología, sino a decisiones económicas deliberadas que permiten que la explotación siga siendo rentable.
El WEF ocupa una posición única en este sistema. Sus miembros no solo participan en los mercados globales: los diseñan. Cuando decenas de millones de niños trabajan en las cadenas de suministro de empresas vinculadas al Foro, la responsabilidad no puede atribuirse a una gobernanza débil o a proveedores lejanos. Esas cadenas existen porque generan mayores márgenes y precios más bajos.

Un ejemplo elocuente de esta contradicción es Noruega, a menudo presentada como una autoridad moral global. A través de su fondo soberano, Noruega es el mayor inversor del mundo, con aproximadamente 2,1 billones de dólares en activos bajo gestión. Sin embargo, el país obtiene beneficios de la explotación de decenas de millones de niños y de millones de personas sometidas a trabajo forzoso al invertir en cientos de empresas que recurren al trabajo infantil y al trabajo forzoso para reducir costes y aumentar beneficios.
No se trata solo de un problema reputacional. Supone una violación clara de la Constitución noruega y de la obligación legal del Estado de proteger, defender y garantizar los derechos humanos y los derechos de la infancia. Cuando un país celebrado por su ética se beneficia sistemáticamente de la explotación, el problema no puede despacharse como un fallo del Sur Global. Es un fallo del capitalismo global tal como está estructurado y avalado por instituciones como el WEF.
Esta contradicción también es visible dentro del propio liderazgo del Foro.
Por un lado está Larry Fink, consejero delegado de BlackRock y copresidente del WEF, cuya influencia sobre la asignación de capital a escala global es incomparable. Bajo su liderazgo, BlackRock ha priorizado sistemáticamente la rentabilidad financiera, ha resistido obligaciones vinculantes en materia de derechos humanos para los inversores y ha retrocedido en la aplicación de criterios ESG cuando estos entran en conflicto con los beneficios. El mensaje a los mercados es inequívoco: la sostenibilidad importa… hasta que amenaza las ganancias.
Por otro lado está André Hoffmann, vicepresidente de Roche y también copresidente del WEF, quien ha advertido repetidamente que el capitalismo está erosionando su propia legitimidad. Hoffmann ha sido un firme defensor de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, de la creación de valor a largo plazo y de una redefinición del propósito empresarial que sitúe el bienestar humano y planetario en el centro de las decisiones económicas. Su postura refleja una creciente conciencia de que la búsqueda ilimitada del beneficio es incompatible con la estabilidad social y el crecimiento sostenible.
El WEF no puede conciliar indefinidamente estas dos visiones.
Otra contradicción llamativa en la cúpula del Foro la encarna Børge Brende, presidente del WEF y ciudadano noruego. Noruega, a través de su fondo soberano, invierte en más de 9.000 empresas y utiliza beneficios generados en parte gracias al trabajo infantil y al trabajo forzoso para financiar su presupuesto nacional, mientras el Foro proclama liderazgo moral en sostenibilidad y derechos humanos.
Los compromisos voluntarios, el marketing ESG y los paneles cuidadosamente coreografiados no han desmantelado los modelos de negocio que dependen de salarios de pobreza, trabajo infantil y trabajo forzoso. Los sistemas de certificación y los códigos de conducta corporativos no han alterado los incentivos de fondo que recompensan la explotación. Mientras las empresas y los inversores puedan externalizar el sufrimiento humano e internalizar los beneficios, el abuso persistirá.
Hay, además, otro grupo que debe enfrentarse a su propio papel en este fracaso: los miles de periodistas influyentes que han cubierto el Foro Económico Mundial desde su fundación en 1971. Año tras año, Davos genera titulares sobre innovación, geopolítica y sostenibilidad. Sin embargo, la explotación de decenas de millones de niños y la persistencia de la esclavitud moderna en las cadenas de suministro de las empresas del WEF siguen prácticamente ausentes de la cobertura dominante.
El periodismo no puede seguir celebrando la ambición mientras ignora las consecuencias. Mirar hacia otro lado ya no es neutralidad; es complicidad.
Debo mencionar también a las ONG contra la pobreza que algunos banqueros suizos llaman en privado “mascotas”: organizaciones pagadas para ladrar, pero nunca para morder la mano que las alimenta.
Si el WEF pretende de verdad honrar su promesa fundacional, debe liderar una ruptura decisiva con la economía de la explotación.
Primero, debe rechazar los beneficios generados a costa de los niños o del planeta. Ninguna empresa ni ningún inversor que se beneficie del trabajo infantil, del trabajo forzoso o de la destrucción ambiental debería ser presentado como líder en sostenibilidad.
Segundo, debe respaldar una rendición de cuentas vinculante, incluida la diligencia debida obligatoria en materia de derechos humanos, la transparencia exigible en las cadenas de suministro y el acceso a reparación para las víctimas, en lugar de presionar contra estas medidas.
Tercero, debe promover nuevos modelos de negocio que garanticen ingresos dignos, seguridad alimentaria y acceso a la educación como elementos integrales del comercio, no como añadidos filantrópicos.
Mejorar el estado del mundo no puede significar mejorar los resultados trimestrales mientras decenas de millones de niños trabajan para que otros consuman barato. No puede significar aplaudir la retórica ESG mientras se preservan las estructuras económicas que hacen rentable la explotación.
La pregunta que enfrenta hoy el Foro Económico Mundial ya no es si el capitalismo necesita reformas. Es si el Foro, y quienes lo cubren, seguirán tolerando beneficios a cualquier precio o si, por fin, alinearán los negocios globales con la dignidad y los derechos básicos de las personas que los sostienen.
La credibilidad del WEF, y el futuro de decenas de millones de niños, dependen de esa elección.
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