Importaciones de leche 2026: el golpe que pone en riesgo miles de fincas en Colombia
El 2026 marcará un punto de quiebre para la lechería colombiana. Desde el 1 de enero, las importaciones de leche 2026 desde Estados Unidos entran al país sin aranceles ni límites, tras completarse el cronograma del Tratado de Libre Comercio (TLC). Lo que durante más de una década fue una apertura gradual se convierte ahora en una competencia directa y desigual para miles de productores nacionales.
El problema no es solo comercial. El aumento de las importaciones de leche 2026 coincide con un dólar más bajo, altos costos internos y una débil capacidad de defensa productiva. El resultado es una fuerte presión a la baja sobre el precio que reciben los ganaderos y un riesgo real de cierre masivo de fincas lecheras.
Más que un debate técnico, las importaciones de leche 2026 revelan una discusión estructural: la apertura avanzó más rápido que la capacidad productiva del país para competir.
El TLC y el fin de los aranceles: cuando el reloj llegó a cero
Durante trece años, el TLC con Estados Unidos permitió la entrada de leche en polvo bajo contingentes crecientes y aranceles decrecientes. Ese esquema terminó. En 2026, las importaciones de leche 2026 entran con arancel cero y sin cupos, eliminando el último mecanismo de protección que tenía la lechería nacional.
Entre 2012 y 2025, las importaciones de leche en polvo crecieron más de 85%, pasando de cerca de 20.000 a más de 37.000 toneladas anuales. Solo desde Estados Unidos, el aumento supera el 400%. A partir de ahora, ese crecimiento ya no enfrenta ninguna barrera comercial.

Colombia ya depende de la leche importada
El impacto de las importaciones de leche 2026 se da sobre una base ya frágil. En 2025, Colombia importó 17% de la leche que acopió formalmente, equivalente a 527 millones de litros. Ese volumen representa casi un mes completo de producción nacional.
Con la apertura total del TLC, el sector estima que las importaciones de leche 2026 podrían cubrir hasta una quinta parte del consumo interno, desplazando producción local y reduciendo el poder de negociación de los ganaderos frente a la industria.
Precios en caída y riesgo de desaparición de fincas
El efecto más inmediato del aumento de las importaciones de leche 2026 será el precio al productor. Proyecciones del sector indican que el litro de leche podría caer entre 10% y 15% durante el año, ubicándose por debajo de los costos de producción en muchas regiones.
Este ajuste golpea con especial fuerza a pequeños y medianos productores de Nariño, Boyacá, Cundinamarca, Antioquia y la Costa Caribe. Estudios gremiales advierten que entre 40.000 y 70.000 fincas lecheras podrían salir del mercado entre 2026 y 2027 si no hay medidas de contención.

Competir contra un sector subsidiado
Las importaciones de leche 2026 no compiten en igualdad de condiciones. Estados Unidos es uno de los mayores productores de leche en polvo del mundo y mantiene subsidios directos e indirectos que reducen artificialmente sus costos.
Colombia, en contraste, enfrenta costos más altos de producción, menor capacidad de pulverización, problemas logísticos y escaso respaldo estatal. La apertura total expone estas debilidades estructurales sin un plan de transición productiva claro.
Un problema que trasciende al sector lechero
El impacto de las importaciones de leche 2026 va más allá de los ganaderos. Menos producción nacional implica menos empleo rural, mayor informalidad, debilitamiento de encadenamientos productivos y mayor dependencia externa para un alimento básico.
Aunque en el corto plazo el consumidor pueda ver precios más bajos, en el mediano plazo el país queda expuesto a choques internacionales y pierde capacidad de garantizar su propio abastecimiento.

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El TLC y una promesa incumplida: renegociar o profundizar el déficit
El caso de las importaciones de leche 2026 no es un accidente aislado, sino una expresión más de los desequilibrios estructurales del TLC con Estados Unidos. Tras trece años de vigencia, el acuerdo dejó a Colombia con un déficit comercial persistente, una mayor dependencia de importaciones agrícolas e industriales y una producción nacional debilitada frente a sectores altamente subsidiados en el exterior.
Durante la campaña y los primeros años de gobierno, Gustavo Petro prometió renegociar los tratados que implicaran un déficit comercial profundo y estructural, especialmente el TLC con Estados Unidos. Sin embargo, esa promesa no se materializó. No hubo renegociación de fondo: ni en aranceles agrícolas, ni en subsidios, ni en mecanismos de protección a la producción nacional. El único “avance” fue una nota interpretativa sobre inversión, sin efectos reales sobre comercio, agro o industria.
En la práctica, el Gobierno terminó ajustándose a las condiciones impuestas por Washington, manteniendo intacta la arquitectura del TLC y aceptando la apertura total del mercado lácteo, incluso cuando ello amenaza la supervivencia de miles de fincas. El resultado es claro: mientras el discurso hablaba de soberanía productiva, la política comercial consolidó un modelo que exporta déficit e importa alimentos, profundizando la vulnerabilidad del campo colombiano.
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