“Innovación tecnológica no es montar una aplicación de domicilios”: CITECH
Ricardo Amezquita y Ana María Niño son los creadores de la marca registrada CI Hologramas y de la empresa Colombian Imaging Technologies (CITECH), dedicada a la fabricación de hologramas de uso comercial. Amézquita es doctor en Física, docente universitario y director de Investigación y Desarrollo de la empresa. Ana María Niño es administradora de empresas con especializaciones en gerencia comercial, en comercio exterior y en gestión de la innovación, y se encarga de la parte administrativa y comercial de la compañía.
*Si bien Más Colombia habló con ambos, los entrevistados prefirieron dar respuestas unificadas.
Para comenzar, ¿podrían explicarnos qué es un holograma de uso comercial?
Para responder a la pregunta, lo primero es explicar qué es un holograma, en general. En su definición clásica, es un elemento óptico (como un espejo o una lente) en el que se registra la información completa de la luz reflejada por un objeto. Al ser esta luz idéntica en intensidad y fase (dirección de propagación o forma) a la reflejada por el objeto original, este elemento genera una sensación visual como si este, el objeto original, se encontrara ahí, cuando realmente no lo está.
La holografía comercial es la técnica de imprimir hologramas. Se trata de un proceso mediante el cual la luz original de un objeto no solo es “duplicada” sino que es registrada sobre una placa o superficie fotosensible, que se utilizará luego, como cualquier película litográfica, para reproducir un mismo “elemento o diseño” en serie.
En este proceso holográfico, el registro lumínico se graba sobre una placa fotosensible en patrones de “franjas” o líneas blancas y oscuras, y hoy en día se hace usando equipos de microlitografía.
¿Cuáles son las aplicaciones de los hologramas en el sector industrial?
Por nombrar algunas aplicaciones, los hologramas se han utilizado para reemplazar lentes de fotografía. Por ejemplo, hay sistemas de zoom de cámaras de fotografía comerciales que tienen un elemento óptico holográfico adentro que reemplaza una serie de lentes y que hace que la lente sea mucho más liviana. Esto sucede porque el holograma tiene unas características que permiten modificar cómo viaja la luz en el espacio y pueden reemplazar ciertas lentes.
Hay otras aplicaciones que se están haciendo en este momento, que son los displays HUD que se ven en los aviones de guerra o en algunos carros, en los cuales la información de navegación se ve como flotando en el espacio en el campo visual del piloto. Esto se hace en algunos casos usando elementos ópticos holográficos.
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Otra de sus aplicaciones es la holografía de seguridad, que es lo que nosotros hacemos, y consiste en etiquetas o sellos muy difíciles de imitar que se utilizan para garantizar la seguridad de, por ejemplo, productos farmacéuticos, billetes y documentos de identidad, entre otros.
La holografía también se está utilizando mucho en empaques porque genera colores bonitos. Hoy en día los vemos en los respaldos de los celulares.
Antes de hablar de la empresa, ¿podrían contarnos por qué se interesaron por el mundo de los hologramas?
Bueno, yo soy físico de la Universidad Nacional y, en la época en la que era estudiante de pregrado, algunos profesores del departamento de Física y del Centro Internacional de Física dieron unos cursos de holografía, en los que trajeron a los gurús de holografía a nivel mundial, y yo asistí. Ese fue mi primer acercamiento a la holografía.
Ya después, cuando empecé a hacer mi maestría en Física, por cosas del destino tuve la posibilidad de trabajar en el Centro Internacional de Física, en un proyecto que se estaba desarrollando, que era la creación de un Instituto de Óptica Aplicada. A ese proyecto llegaron un poco de profesores extranjeros, entre los cuales estaba un ucraniano que se llama Vladimir Markov, que fue nombrado director. Ahí hubo unos recursos de Colciencias y una gestión muy importante del Centro Internacional de Física, y fue donde realmente empecé a trabajar en óptica y a interesarme en el tema de verdad.
¿Cómo surgió el interés de hacer empresa?
Mi papá es ingeniero mecánico. Él tenía una microempresa desde 1981, dedicada a cosas relacionadas con ingeniería mecánica, como las autopartes. Las cosas iban bien hasta que vino la apertura económica de Gaviria, a finales de los noventa, y eso le trajo a él y a muchos de la industria nacional problemas económicos.
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Un día, en un almuerzo, nos dijo a Ana María y a mí —nosotros ya estábamos casados— que él iba a cerrar su microempresa. Estamos hablando de 1998. Ahí fue cuando se me ocurrió decirle a mi papá que por qué no hacíamos algo relacionado con la holografía. Mi papá me cogió la caña y así arrancamos en esta aventura.

Hablemos de los productos que ustedes comercializan…
Nosotros tenemos dos unidades de negocio. La primera, es la venta de etiquetas holográficas que sirven como elemento de protección contra la falsificación de productos. La venta es nacional y nuestro principal mercado son los laboratorios farmacéuticos. Podríamos haber tenido un mercado muy grande en el Gobierno, pero duramos muchos años intentando licitar y fue muy complicado por la corrupción, entonces lo abandonamos.
La segunda unidad de negocio es la venta de máquinas que producen matrices holográficas. Estas matrices o películas fotosensibles son el elemento original que las empresas industriales necesitan para poder imprimir millones de copias de diseños holográficos, y son la sumatoria de elementos de óptica, electrónica, software y otro montón de tecnología. Todo el desarrollo es nacional.

¿Cómo fue el proceso para lograr que esta tecnología de impresión se volviera comercial?
Cuando comenzamos, en 1998, nosotros teníamos que fabricar todo porque no contábamos con los recursos para comprar una planta “llave en mano” para producir hologramas. Hicimos todo; el emboser (máquina con la que se producen masivamente copias del holograma original sobre una película plástica), la producción de etiquetas a partir de la película “embosada” (como troqueladora, adhesivadora), el sistema óptico para producir los hologramas originales (o másteres) y otro poco de equipos necesarios para la producción de etiquetas holográficas de forma industrial.
Para eso montamos un laboratorio con la tecnología que había en ese momento, la cual nos permitió empezar a trabajar acá. Pero cuando se abrieron los mercados y comenzaron a llegar hologramas importados, con características que nosotros no podíamos producir, dado el montaje básico que teníamos, tuvimos que pensar qué hacer para defendernos de ese producto importado.
Entonces fuimos a una feria en Budapest y compramos un equipo Inglés que hacía esas matrices holográficas. Cuando ese equipo llegó a Colombia, y lo vi, dije: “—esta vaina la habríamos podido hacer aquí con una tercera parte de plata que nos costó”.
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¿Qué pasó después?
La máquina que compramos nos abrió los ojos y nos hizo pensar que nosotros podíamos hacer cosas mucho mejores. Después de mucho trabajo y muchos intentos, en 2013 logramos producir una primera máquina comercial con una tecnología desarrollada exclusivamente por nosotros. Logramos hacer la primera venta en China y a partir de ahí comenzamos a desarrollar más máquinas y a exportar a ese país. Así surgió nuestra segunda unidad de negocio.
La primera máquina que se comercializó podía producir matrices holográficas a una velocidad de dos centímetros cuadrados por hora. Eso para el mercado nacional estaba bien y para muchas empresas en el mundo estaba bien, pero las máquinas que estamos terminando de desarrollar ahora, que ya están vendidas, van a producir matrices holográficas ya no a 2 cm2 por hora sino a 50 cm2 por hora. Son veinticinco veces más rápidas y esto les da la capacidad de hacer matrices holográficas mucho más grandes.
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En todo este proceso también hemos aprendido a desarrollar las respectivas actualizaciones del software de estos aparatos, y prestamos un servicio de diagnóstico y reparación remota. Con nuestros clientes en China, nos conectamos remotamente a la máquina —a través de internet— y la operamos, hacemos el diagnóstico y reparamos el error.
¿Cuál es ese mercado de holografía de gran escala?
El mercado chino tiene ciertas particularidades y es que les interesa la seguridad, pero les interesa más la parte visual. Entonces, están buscando holografía que genere efectos visuales que centren la atención en el producto y lo vuelvan más atractivo. Por eso su interés primordial es la holografía de empaque, es decir, de cajas plegadizas para perfumes, licores y sobre todo para el tabaco. También están los celulares y las puertas de las neveras.
¿Cuántas máquinas han desarrollado desde entonces y cuánto pueden costar?
A la fecha hemos desarrollado 6 modelos de máquinas, de las cuales hemos vendido, desde el 2013, unas 12 unidades en total. Su precio de venta ha oscilado entre los 400 mil y los 600 mil dólares, dependiendo del modelo. Ese precio se debe a que los insumos son costosísimos y a que nos demoramos más o menos 10 meses fabricando una sola máquina, de acuerdo con las necesidades específicas de cada cliente.
¿Cuáles fueron las barreras que enfrentaron para convertirse en proveedores del Gobierno?
La corrupción. Fue muy difícil entrar en las licitaciones porque eso ya estaba asignado a comercializadores nacionales de producto holográfico importado, que le hacen juego a la corrupción. A nivel internacional, las empresas productoras de hologramas tienen muchísimos empleados y unos de sus principales clientes son los gobiernos, pues tienen una alta necesidad en seguridad para proteger sus rentas e impuestos. En Colombia duramos muchos años intentando entrar, pero fue imposible y hasta peligroso, así que después de muchos años decidimos tener tranquilidad y no meternos por ahí.

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¿Entonces el gobierno colombiano contrata hológrafos extranjeros en vez de colombianos?
Contrata empresas colombianas que son importadoras y distribuidoras de fabricantes extranjeros. Nosotros dejamos a un lado toda esa parte y nos dedicamos a un mercado que sí podíamos manejar, que era el de protección de marca para los laboratorios farmacéuticos. Y ahí seguimos hoy.
El holograma tiene la ventaja de que visualmente es muy atractivo, genera un estatus y es una especie de indicador de calidad del producto final. Es una protección visual de primer nivel por medio de la cual se le enseña al usuario final a identificar un producto original de una falsificación.
¿Cuáles han sido los principales desafíos de emprender en este sector?
El primero es el problema de recursos. Todo lo que uno quiera hacer con alta tecnología cuesta muchísimo dinero. Estamos hablando de que un solo pedazo de una máquina puede costar más de 200 mil dólares. El otro problema es que, desafortunadamente, en Colombia no tenemos desarrollo tecnológico. Entonces, le toca a uno acudir a soluciones importadas, lo cual complica la cosa bastante.
Además, tenemos un problema de falta de experiencia en hacer cosas aquí, en Colombia, y aunque nuestros profesionales tienen muy buena formación, no tenemos escuela en desarrollar tecnología de punta. Y, para completar, a los colombianos no nos gusta arriesgarnos a hacer cosas nuevas. Solo invertimos en lo que está comprobado que funciona, y en este campo hay mucho de prueba y error.
Entonces, si la gente tiene dinero para invertir, su primera opción es un apartamento para arrendar. La segunda opción es ver si monta un almacén de algo y el más arriesgado monta un restaurante. Esto lo que genera es que nosotros no tengamos un cluster propio, ni tampoco un código CIIU [Clasificación Industrial Internacional Uniforme, empleada en el comercio internacional] para la holografía.
Por otra parte, la partida arancelaria que le aplican a la holografía es la partida arancelaria aplicada a todo lo relacionado con impresiones, por lo que uno no tiene cómo identificar exactamente cuál es el nivel de importaciones específicas de la holografía. Nadie está midiendo eso.
Entonces, no hay como consolidar una industria que se fortalezca entre sí como lo hacen muchas industrias con cluster, con desarrollos tecnológicos colectivos que se unen, entre otras cosas, para exportar. Exportar es complicadísimo en nuestro caso porque las máquinas son muy delicadas y no se pueden destapar porque, si le cae polvo a un lente, el holograma se daña. Pero los controles de entrada y salida no saben que esto es así.
¿Cómo funciona la competencia en este campo?
En este nicho uno tiene que estar constantemente investigando y siempre ir un paso más adelante. Nuestra empresa siempre ha tenido eso muy claro: hacemos Investigación, Desarrollo e Innovación (I+D+i). Ese es el corazón de lo que hacemos y si no hubiéramos tenido eso claro nos hubieran sacado del mercado hace rato.
¿Qué países lideran la fabricación de máquinas holográficas en el mundo y cómo está en este sentido Latinoamérica?
No son muchos y la mayoría de las empresas fabricantes de máquinas son de origen europeo. Antes, el país líder era Inglaterra, pero ahora no. Suiza y Bélgica son la mayor competencia. Polonia también. Con respecto a la producción de hologramas en América, en Estados Unidos hay varias empresas y en México hay como dos. En Suramérica solo estamos nosotros.
¿Qué tanta falsificación se da en el mercado de las etiquetas holográficas en Colombia?
Este es un mercado bastante limpio en ese sentido. La inversión que se necesita y la dificultad para hacer estos hologramas es tan grande que es muy difícil volverse un falsificador.
¿Cuántas personas trabajan con ustedes y qué perfiles académicos tienen?
Cuando arrancamos la empresa éramos mi papá, Ana María y yo, pero hoy somos veinte personas. De esas veinte personas cuatro somos físicos y el único con doctorado soy yo. Hay otro físico con maestría, dos ingenieros electrónicos y dos ingenieros mecánicos. Ana María es administradora de empresas con enfoque en innovación y se encarga de la parte administrativa y comercial. También tenemos un diseñador gráfico y los operarios del taller, quienes nos ayudan con la fabricación de las partes de las máquinas y con la producción de las etiquetas.
¿Qué tipo de formación deben tener los operarios para hacer parte de la empresa?
A toda la gente que trabaja con nosotros la hemos formado nosotros y lleva con nosotros mucho tiempo, algunos desde el 98. Con ellos fabricamos las máquinas y ellos mismos las operan, y eso es buenísimo porque son quienes sugieren y hacen las mejoras. Ahora, si nos preguntas qué título tiene el operario del emboser, te decimos que el hombre tiene bachillerato, si acaso. Se ha formado con nosotros y tiene quince, veinte años de experiencia fabricando máquinas y hologramas, y eso es algo que no se consigue en ningún otro lado.
¿Qué opinión tienen sobre la formación de estudiantes en ciencias duras en Colombia y su capacidad para emprender en campos de tecnología e innovación?
La preparación académica ha mejorado en los últimos treinta años porque las universidades han fomentado que muchos de sus docentes hagan doctorado. Eso asegura que sean personas que, bien o mal, hayan hecho un trabajo grande en investigación, con conocimientos en laboratorios de primer nivel en el mundo. Eso ha traído nuevos contactos al país y ha abierto espacios para que muchos estudiantes puedan hacer lo mismo. Entonces, quienes —por ejemplo— se gradúan hoy de física tienen una formación muchísimo mejor a la que yo pude tener hace treinta años.
Pero volvemos al mismo problema de siempre. Colombia es un país donde no hay muchas oportunidades y donde el Estado no ha hecho la inversión necesaria para que quienes llegan con doctorado al país puedan salir adelante. Sin embargo, no todo es culpa del Estado; también hay un problema de actitud de quienes tenemos doctorado. Si uno es doctor, se supone que uno tiene la capacidad de hacer cosas. Sin embargo, lo que uno oye siempre son cosas negativas. Falta que, por ejemplo, un doctor en Biología diga “venga, yo puedo empezar a trabajar sembrando tomates y aplicar mi conocimiento en Biología para hacer que esa industria de los tomates, por decir algo, progrese y llegue a niveles que le permitan ser competitiva a nivel mundial”.
Eso nos hace falta. Culturalmente, los colombianos no tenemos esa iniciativa. Hay otro problema, que es la cultura del narcotráfico, de la plata fácil, que nos tiene fregados. Lo que se está promoviendo hoy como éxito es volverse millonario rápido. Y lo otro es la concepción de que la innovación tecnológica es que uno monte una aplicación de domicilios, cuando no lo es.
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Para cerrar, hablemos de los premios que se ganaron en Europa hace unos años.
Todos los años, la Asociación Internacional de Fabricantes de Hologramas (HIMA) organiza encuentros de Holografía en distintas partes de Europa y uno puede matricular sus propuestas para concursar.
En los año 2014, nos ganamos unos premios otorgados por la IHMA (International Hologram Manufacturers Association) con una matriz que se llama “Niños Étnicos Colombianos”, uno por Mejor Originación Holográfica y otro premio por Lo Mejor del Año. Al año siguiente, ganamos otros dos premios con el diseño holográfico “Dragón chino”, y con la matriz de García Márquez. El dragón chino lo hicimos para poder entrar al mercado chino, pero el resto lo hicimos pensando en mostrar las cosas lindas de Colombia. “Niños Étnicos Colombianos” es una matriz muy linda porque tiene un niño nukak maku, un niño chocoano y un niño raizal. Estos diseños solo se usan para competir; no se comercializan. En el año 2016, ganamos una mención de honor con un holograma sobre la pacha mama y la minería ilegal.


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