Los árboles de tu vida
María Isabel Henao Vélez
Comunicadora Social y Periodista de la Universidad Javeriana. Especialista en Manejo Integrado del Medio Ambiente de la Universidad de los Andes. Twitter e Instagram: @maisamundoverde
Deberíamos ser emparentados con un árbol al nacer. Aún mejor, con un bosque porque, así como en el amor, durante los años que caminemos por la Tierra, quizá no tengamos un solo amor de la vida sino varios. Si hay suerte, alguno en particular (humano y arbóreo) se alzará por encima de los otros, dará fruto, su tronco crecerá fuerte y resistirá el abatir de las tormentas o las sequías. Y si hay todavía más fortuna, el arbóreo cobijará con su sombra nuestro último respiro.
Alguna vez escuché que retornar al suelo es lo que nos resta, ayudando a la vida que sigue a crecer… en el entretanto deberíamos por lo menos llevar un árbol/bosque en la mente y en el corazón. Pasar tiempo con ellos, haciéndolos parte de lo que somos, al igual que a la vida silvestre que albergan y los hace posibles.
Quisiera apostar que la mayoría de las personas identifica y siente aprecio por algún árbol en particular, a pesar de vivir en entornos urbanos donde árboles de andenes y separadores de las calles son abatidos por la motosierra para transformar vías y abrir paso a nuevas rutas de transporte público y particular. Árboles que las administraciones municipales prometen “reemplazar” por no sé cuántos en el país de Nunca Jamás.
¿Existe algún árbol, querido lector, que usted recuerde con especial cariño? El primer árbol de nuestra vida para muchos fue con el que hicieron una cuna, pero ante la ausencia de recuerdo el primero resulta ser otro.
El mío fue un enorme árbol vallecaucano del cual pendía un columpio en el que pasé largas horas meciéndome, escuchando el sonido de las aves y admirando los colores de su plumaje, sintiendo la suave y fresca brisa colarse entre la vegetación, divisando formas misteriosas en troncos y hojas. Hoy siento que tras tantas horas al vaivén de ese columpio la naturaleza dejó su impronta en mí.
Probablemente ese árbol ya no existe, así como ya no existe otro árbol de mi vida; una enorme ceiba amazónica a la que le dejé un pedazo de alma, años después volví por ella y resultó que me tenía de regalo al amor humano de la vida.
Me gusta que para los mayas la ceiba representara al árbol de la vida, pues a pesar de que esa ceiba fue abatida por un rayo en una de esas poderosas tormentas que caen en la selva húmeda tropical, siento que aún no muere del todo. Un pedazo de ella vive en mí, y seguramente en sus hijos/plántulas que prosperan en algún lugar del bosque.

Richard Powers, en su novela galardonada por el Pulitzer en 2019 The Overstory (en español El Clamor de los Bosques), escribió: “Los árboles caen con estrépitos espectaculares. Pero la plantación es silenciosa y el crecimiento invisible”. Ojalá solo cayeran en el ciclo de la vida como mi ceiba; lamentablemente los humanos los derrumbamos a golpe de hacha y sierra, cuando no de fuego para abrir paso a praderas donde especular tierras, sembrar monocultivos, excavar espacio para la minería o extracción de petróleo o dejar ganado al sol canicular.
Plantar no genera tanto estrépito, pero significa una oportunidad para la vida en la Tierra, y el crecimiento, aunque lento e invisible ante los ojos ansiosos de las personas, es la esperanza de mitigación para muchos de los problemas que hoy afrontamos.
Hoy le hago una propuesta querido lector: descubra o nombre aunque sea un árbol de su vida. Abrácelo, no tema parecer hippie. Mejor aún: plante, siembre, que su mano le de un empujón a la vida, no al golpe de un hacha. Escoja bien el lugar y la razón social que ayude a esos árboles a sobrevivirlo y darle sombra a sus descendientes. Rabindranath Tagore decía que quien planta árboles sabiendo que nunca se sentará bajo su sombra, al fin ha empezado a entender el sentido de la vida.
Recuerde que restaurar un ecosistema va antes que reforestar, que un árbol no crece sin agua o garantía de nutrientes, que la siembra debe ser con nativos de la región y que las sabanas o praderas naturales no son lugar para establecer bosques de árboles foráneos, porque ya son hábitats que, como sumideros de carbono, son más eficaces que cualesquiera árboles que ahí se siembren, además de ser lugares donde una magnífica y propia biodiversidad prospera.
Sembrar es una acción poderosa que, multiplicada por millones de seres humanos, ejercerá un impacto positivo sobre la biodiversidad y el clima al reverdecer ciudades y mitigar las olas de calor cada vez más frecuentes.
Saber que en nuestras manos yace una acción tan poderosa, es un aliciente a esos momentos en los que recordamos que de poco vale nuestro cambio al shampoo en barra o la ida al trabajo en bicicleta si las grandes multinacionales no cambian a energías verdes, dejan de tirarle al consumidor la responsabilidad del destino de los desperdicios de su negocio o si el mundo sigue moviéndose y encendiendo la red energética y las industrias con combustibles fósiles.
Evidentemente suena romántico eso de emparentarse con un árbol. Ok, quizá bastante ingenuo, aunque yo quisiera pensar que es ingenioso. Ser la re-generación, ser la generación de la reforestación nos iría bastante bien en un momento en que está tan cercano el punto de no retorno en la pérdida de la masa forestal de la cuenca del río Amazonas.
Hace un par de semanas, en la ciudad brasileña de Belém do Pará (cuyo estado va al frente en la deforestación y en emisión de gases efecto invernadero por cortesía de sus 27 millones de cabezas de ganado) se reunieron representantes de los 8 países amazónicos para ver cómo le hacen para no llegar a este punto que está a la vuelta de la esquina. El encuentro terminó con una gran lista de propósitos, como era de esperarse, con muchos titulares, pero sin un “cómo” en metas claras o indicadores de seguimiento y avances para el que debió ser el objetivo principal: la cero deforestación para 2030 que promovieron Colombia y Brasil.
Los países hicieron la vista para otro lado frente a la valiente propuesta del gobierno de Colombia de frenar la frontera de explotación de petróleo en la Amazonia, fundamentado en que la actividad es precursora de la deforestación al abrir vías y accesos (sin contar que está en la base de la crisis climática). Era de esperarse.
Recordemos la declaración del presidente ecuatoriano Guillermo Lasso de “extraer hasta la última gota de provecho de nuestro petróleo” (que por fortuna y por referendo del pueblo ecuatoriano, por lo menos en Yasuní no será posible) y la postura de Lula da Silva en Brasil de preferir una “transición más tranquila”.
Digo yo…tranquilos, que seguir quemando estos combustibles lo vamos a sentir en las sequías, inundaciones, incendios y olas de calor; tranquilos que extraer esos yacimientos degradará las zonas más ricas en bosques y biodiversidad de la Tierra.
¿Qué nos queda entonces? Empujar ruedas de acciones poderosas, poner de nuestra parte para detener la era de la ebullición global para entrar a la del reverdecer global. Este será el primero de una serie muy relacionada con los árboles.
Para la próxima, espero llevarlos al universo que vive en cada uno de ellos y pasarles unos datos cocteleros regios sobre algunos ejemplares que emparentan con la ciencia ficción. Después, hablaremos del parque con los bosques más prístinos de Colombia y el planeta, los que resguarda el Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete.
Por lo pronto, el mensaje de esta columna es siembre, cuide y mime unos cuantos árboles de su vida. Más una felicitación a la Fundación Omacha que para celebrar sus 30 años está haciendo sembratones en los territorios donde trabaja para conservar nuestras especies y ecosistemas de mano de las comunidades. Otra para la Fundación de Robert Farah que inicia su camino para restaurar y sembrar. Sé que, como ella, otras más intentan salir adelante y empujar esa era del reverdecer global.
Robert Mcfarlane dice que uno de los grandes retos contemporáneos consiste en descubrir el modo de recuperar y popularizar una ontología casi animista en la que se reconozca y respete la existencia milagrosa de las especies distintas a la nuestra. Por nuestro propio bien, haríamos bien en devolverle el carácter sagrado a los árboles. Podemos empezar sembrando algunos que podamos considerar compañeros de vida, seguro solo cosas buenas saldrán de eso… por algo las varitas mágicas están hechas de madera.