Los relatos de la guerra
Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.
La guerra es terrible, ominosa, cruel e insensata. Desnuda lo más abyecto de la condición humana, la soberbia de las personas, los intereses económicos y la irracionalidad de un proceder que no mide las consecuencias. Pero la guerra también se puede convertir en un gran evento mediático o en un suceso que puede producir cientos de millones en ganancias, no solo para los que fabrican armas, sino, también, para quienes tienen sus intereses puestos en el mundo del espectáculo.
Vietnam fue una debacle para Estados Unidos desde el punto de vista político, económico y social. Miles de jóvenes murieron y otros tantos perdieron la posibilidad de una vida normal luego de tan nefasta experiencia, sin contar con el desprestigio que significó para el país el hecho de salir derrotado; sin embargo, a pesar de tanta vergüenza, Hollywood pudo hacer su agosto —un gran agosto, si me lo preguntan— con los cientos de películas que tocaron el tema, bien fuera para condenar la guerra o para exaltar la labor de sus “héroes”.
A la guerra del golfo pérsico le pasó algo similar. En los anales de la historia quedará la frase: “Algo está ocurriendo afuera… los cielos de Bagdad han sido iluminados», pronunciada por el periodista Peter Arnet, ese ya lejano 17 de enero de 1991 en el Canal CNN, el mismo que entendió que los requerimientos de inmediatez y de “en vivo y en directo” de las audiencias eran los que debían marcar la dinámica de los ataques estadounidenses.
De esa guerra también surgieron películas con millonarias taquillas, la mayoría de ellas pensadas para exaltar a los “héroes” que, dejando a sus familias, prefirieron luchar “por su patria y su bandera”.
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Hace un par de semanas la guerra volvió, como cada tanto suele hacer. De hecho, no se ha ido de muchos lugares como nuestro país, por ejemplo. La diferencia entre nuestra guerra, esa que a lo largo de 60 años ha dejado, según cifras del Observatorio de Memoria y Conflicto, 80.514 desaparecidos, 37.094 secuestrados, 15.687 víctimas de violencia sexual y 17.804 menores de 18 años reclutados, es que esta, la de Rusia y Ucrania, es tan mediática como las que otrora, con tanto acierto, explotaron CNN y Hollywood para llenar sus arcas.
Quizá porque tiene todos los ingredientes propicios para que miles de personas desde sus cómodas salas de estar o desde sus humildes habitaciones de piso de tierra, no se despeguen de las pantallas. Tiene un villano perverso con facha de matoncito de barrio rico que busca destruir al mundo para satisfacer su ego y un ingenuo y frágil opositor que pide ayuda desesperada para poder repetir la hazaña de David y Goliath sin recibir respuestas satisfactorias, todo esto matizado por la composición de impactantes imágenes de familias blancas y de ojos celestes que, en medio de un frío feroz y despiadado, se separan quizá para siempre, en las estaciones de trenes de ciudades con nombres extraños y lejanos.
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El relato dramático, el drama humano individual, en muchos casos ha desplazado el análisis, porque las audiencias fabricadas por los medios han aprendido a leer las guerras de este modo. Y no es que ese drama humano no sea importante, lo es y mucho, lo preocupante es que todo se queda allí, en la lágrima y en la banderita en el perfil de Facebook, en unas guerras que importan y otras que pasan inadvertidas.
Por ahora, la marea empieza a bajar, las notas periodísticas sobre Rusia versus Ucrania ya no son “las de abrir”, eso porque los seres humanos somos así, tenemos frágiles la atención y la memoria. Mañana vendrá otra guerra mediática mientras en algunos lugares nos seguimos desangrando en total indiferencia. Vendrán otros enemigos, otros medios voraces, otras banderitas y en dos o tres meses ya nadie se acordará de nada.
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