viernes, 12 de agosto de 2022
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Más allá del guion

Diva Criado, Columnista

Diva Criado

Abogada y periodista, Master en Gestión Pública de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Coordinadora de la Sección de derechos humanos, redactora y editora de la Agencia de Noticias La Independent de España.

Terminado el intenso período electoral y el grado de polaridad que lo caracterizó, quedó claro que el “voto de protesta” es un voto “catártico” que castiga el establishment y a la élite política. 

Responde al profundo y extendido malestar de los ciudadanos que buscan alternativas a los partidos y a los liderazgos tradicionales, apoyando a figuras que fungen como outsiders —Petro-Rodolfo—, aunque realmente no lo sean. 

La buena noticia es que, con la elección de Petro como nuevo presidente, se consolidó la democracia en un marco de respeto por el pluralismo, el disenso y la diferencia, despejándose el temor de “fraude electoral” y el imperioso estallido de violencia que pregonaban los petristas, si el resultado les era adverso. 

El mismo día de las elecciones, Petro salió a decir que se estaba gestando un posible fraude cuando comenzó el conteo. Menos mal que terminó ganando. 

Así, Gustavo Petro, Francia Márquez y sus seguidores, celebraron su victoria tranquilos, sin temores de revueltas sociales. Él, como el primer presidente de izquierda de Colombia y ella, como la primera mujer colombiana que desafía el machismo, el racismo y la pobreza.

Otra buena noticia fue el reconocimiento de Rodolfo Hernández a su derrota, tan pronto dieron los resultados definitivos. 10.580.412 colombianos votaron por él; significa que vivimos en un país que quiere que pasen cosas distintas. 

Ganó Petro, pero sus votos no son un cheque en blanco. Todos esos ojos mirando el desarrollo de la presidencia de la izquierda, serán la auditoría que marque su mandato. La oposición será fuerte y grande.

El nuevo presidente tiene la oportunidad única de llevar a cabo lo que, durante años, predicó en sus campañas: “impulsar un gran acuerdo nacional, buscar consensos a las reformas en materia política, social y económica”. No ha dicho cómo lo hará.

Los desafíos que tendrá que enfrentar son muchos, como la polarización; también, muchas las expectativas, como la transición energética y las barreras a la explotación petrolera; la pensión de 500 mil pesos a millones de colombianos y el ambicioso proyecto de infraestructura vial que comunicará a Buenaventura con el Caribe. Prometió NO buscar reelegirse y nada de venganzas personales. Advirtió sobre la propiedad privada: “digo enfáticamente que nunca he pensado ni pensaré en confiscar o menoscabar los bienes de nadie”. 

Sé de buena fuente que el nuevo presidente es terco, tiene dificultades para trabajar en equipo, es déspota y prepotente, y tiene un temperamento impetuoso y autoritario. Aunque, su actitud en la segunda vuelta, no dejó indiferente a nadie. Hablaba con calma y parecía un político cauto, moderado, cercano y feminista. 

Por todo eso, surgen preguntas: ¿Qué tan sincera es su voluntad de llevar a cabo un gran acuerdo nacional en el que tengan cabida todos los sectores? ¿Cómo fortalecerá el multilateralismo en la región, en plena crisis global? ¿Será verdad el titular de un periódico latinoamericano, que decía: “¿El triunfo de Petro, es el inicio de un utopismo irrealista”?

Las dudas que despierta son muchas y en muchos sectores, pero la sensación generalizada, incluso entre quienes votamos con reservas, es de optimismo y expectación. Creo que si le va bien a Gustavo Petro, le va bien al país.

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