Planeta vivo ¿o futuro inhabitable?
María Isabel Henao Vélez
Comunicadora Social y Periodista de la Universidad Javeriana. Especialista en Manejo Integrado del Medio Ambiente de la Universidad de los Andes. Twitter e Instagram: @maisamundoverde
Imagine que llega a su hogar y al abrir la puerta del interior arremete contra usted un calor pavoroso. Avanza y encuentra un reguero de carbones encendidos por todo el piso y tal cantidad de humo en algunos cuartos que difícilmente ve en su interior. Escucha un sonido voraz de llamas provenientes de no se sabe muy bien dónde. ¿Usted qué haría?
- Toma medidas seguras para buscar el fuego y apagarlo, hace lo mismo con los carbones encendidos, abre ventanas dejando entrar aire fresco y luego barre los carbones y repara los daños.
- Arrincona en las esquinas los carbones, sella el sector en llamas y rocía con un extintor las paredes para que “el fuego no avance”. Es tan de buenas que un aguacero evita que se queme toda la casa, así que trastea la familia al cuarto que no se chamuscó, porque qué lío reparar los daños y qué pereza apagar los carbones, si “adornan como lucecitas”. Pero como generan mucho calor, le mete un tarjetazo de crédito a un aire acondicionado para “refrescar la temperatura”.
Cosa loca la B, ¿no?, ¡todos escogeríamos la A! Pues no. Cómo les parece que estamos escogiendo la B; el futuro inhabitable le está ganando la partida al Planeta Vivo. Literal, estamos dejando que la casa común, que no es otra que el planeta entero, se achicharre cual caldera avivada por carbones.

Pero como muchos estamos en el cuarto al que todavía no llegan las llamas, ignoramos lo quemado embelesándonos con las lucecitas del consumo, del crecimiento económico infinito en un planeta de recursos finitos, del ser = a tener más y más. Y como no nos gusta que nos saquen de la zona confortable, nos sentamos en la poltrona de la inacción a escuchar el heraldo del fin de los tiempos como si fuera un película de terror que acabará cuando apaguen el proyector y de la que saldremos como un poco de “ecoansiedad”. Ay, citicos, ¿qué les damos para ese estrés?
Amigos, el puente está quebrado, ¿con qué lo curaremos? El pasado 13 de octubre, El Fondo Mundial para la Naturaleza WWF presentó el Informe Planeta Vivo 2022; un reporte que presenta la organización cada dos años sobre la salud de los ecosistemas del mundo y el estado de la biodiversidad, tendencias e impulsores de su pérdida (puede descargar el informe en este enlace).
Este año fue redactado por 89 autores de todo el mundo, que detrás tienen un ejército de investigadores y científicos alrededor del mundo que trabajan en campo generando conocimiento, enviando alertas, trabajando con las comunidades locales y luchando para proteger la biodiversidad. Conocimiento que bien harían en usar gobernantes, legisladores y sectores productivos.
El informe releva una cifra escalofriante a través del Índice Planeta Vivo (IPV), el cual hace un seguimiento de los cambios en la abundancia relativa —conteo de una porción de la población total de una especie— de las poblaciones de especies de animales salvajes con el paso del tiempo.
Con respecto a una línea base de 1970, el promedio de variación en el tamaño de 32.000 poblaciones en 5.230 especies evaluadas en el informe (peces, anfibios, aves, reptiles y mamíferos alrededor del mundo) se ha reducido en un 69%. Esta cifra es un indicador muy importante porque deja la preocupación de que otros grupos no evaluados puedan tener tendencias similares.

El informe señala que las principales causantes de esta disminución en todo el mundo son la degradación y pérdida del hábitat, la sobreexplotación, la introducción de especies invasoras, la contaminación, el cambio climático y las enfermedades. El cambio de uso del suelo sigue siendo actualmente la mayor amenaza para la naturaleza, pues destruye o fragmenta los hábitats naturales de muchas especies de flora y fauna terrestres, de agua dulce y marinas. Y, lamentablemente, ese cambio de uso del suelo ha sido a través de tala y quema de bosques y transformación de praderas para desarrollar prácticas agropecuarias insostenibles, que han degradado y erosionado las tierras más fértiles del planeta.
¿Y qué sucede si tantas especies menguan o desaparecen? Cada especie tiene una función para el óptimo funcionamiento de los ecosistemas, y la pérdida de biodiversidad en cada región del planeta significa la pérdida de los servicios esenciales que nos prestan para mantener la salud, la productividad y la estabilidad de los incontables sistemas naturales de los que dependemos. En concreto, la pérdida de las contribuciones de la naturaleza a las personas, como agua dulce, alimentos, medicinas, materias primas, suelos sanos, etc.
Otras cifras que suenan la alarma a nivel mundial
El IPV global no nos ofrece una imagen completa, pues las tendencias de abundancia de poblaciones varían según las regiones. Las tropicales son las que están sufriendo un mayor declive: para América Latina y el Caribe es del 94% por encima de África (66%) y Asia-Pacífico (55%).
Por ecosistemas, el índice más alarmante es para los de agua dulce, con una disminución del 83%. No es de extrañar entonces que el IPV de peces migratorios de agua dulce (que viven en ella exclusivamente o durante cierto tiempo) muestra un declive medio del 76% entre 1970 y 2016, con pérdida y modificaciones de hábitats, en especial obstáculos a las rutas de migración. Solo este par de cifras desatan la pregunta de qué estamos haciendo con nuestros ríos y humedales, y qué tipo de manejo le estamos dando a los seres que los habitan.

Por solo apuntar a un problema enorme, tengan en cuenta que muchas especies de peces migran para alimentarse y criar, pero estos desplazamientos dependen de que los ecosistemas de agua dulce estén conectados, y hoy en día solo el 37% de los ríos de más de 1000 km mantienen su curso libre en toda su extensión.
Cuando algunas especies de peces migran largas distancias a lo largo de esos “caminos de agua”, la presencia de presas y embalses supone una amenaza para su supervivencia. Me pregunto si estamos dispuestos a no dejar que los ríos fluyan libres y a decirle no a la pesca como alimento de subsistencia para tantas comunidades ribereñas, volviendo además a los ríos unos caños contaminados.
Dos caras de una misma moneda
En lo que hace énfasis este análisis del planeta, es que nos enfrentamos a dos emergencias interrelacionadas y provocadas por el ser humano: el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, las cuales se retroalimentan y están desdibujando un futuro en bienestar para las generaciones actuales y por venir. La crisis climática, causada por los humanos al incrementar los Gases Efecto Invernadero, afecta el funcionamiento de los ecosistemas y la biodiversidad en ellos. Por otro lado, degradar o desaparecer los ecosistemas naturales y la diversidad de la vida en ellos nos quita las mejores barreras de defensa ante los nuevos fenómenos climáticos y aumenta nuestra vulnerabilidad.
Hasta ahora, la crisis climática ha tenido un excelente jefe de prensa. Pero la pérdida de biodiversidad ha sido el patito feo ignorado por todos. Ya hay un Acuerdo de París que en 2016 fijó el objetivo de cero emisiones netas para 2050. Redactar un equivalente es imperativo, cuando a final de año se reúnan los representantes de los países en la COP15 del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica. Y conseguir un cero neto de pérdida de naturaleza no será suficiente; es necesario, además de detener el daño, restaurar la naturaleza perdida para lograr un saldo neto positivo.
Tenemos una ventaja si actuamos ya: ella es resiliente y puede resurgir con gran rapidez si le damos la oportunidad. Si logramos que los gobiernos protejan el 30% de las tierras, mares y agua dulce del planeta con el liderazgo de las comunidades locales; si toda la sociedad se da a la tarea de resolver los factores de pérdida de biodiversidad y si se destinan los recursos necesarios para la conservación y uso sostenible de la biodiversidad.

Nuestro país puede marcar un liderazgo en ese camino aprovechando la construcción del nuevo Plan Nacional de Desarrollo, si marca un camino donde todos los actores de la sociedad sepan que la meta de cerrar las brechas de inequidad en la sociedad pasa por la detener y revertir la pérdida de nuestros variados ecosistemas (Amazonia y la selva húmeda, el Chocó biogeográfico, los bosques andinos, las sabanas de la Orinoquia y hasta los remanentes del bosque seco en el Caribe) y por comprometerse con decisión a la reducción de emisiones de Gases Efecto Invernadero y a la adaptación para la crisis climática.
Salir del Antropoceno para entrar al “Naturaceno”
El informe es claro: necesitamos una naturaleza positiva para 2030, es decir, que al final de esta década haya más naturaleza que al principio. Más bosques naturales, más peces en los mares y ríos, más polinizadores en nuestros cultivos, más biodiversidad en todo el mundo. Un Planeta vivo, no un futuro inhabitable. Una naturaleza con saldo positivo que aporte beneficios para el bienestar y la economía de la humanidad.
Necesitamos transformaciones que abarquen todo el sistema, desde una producción y comportamientos de consumo sostenibles, la reducción de residuos, la adopción de dietas más ricas en productos vegetales (que limiten la expansión del uso del suelo y faciliten la restauración de ecosistemas), hasta una gestión en consecuencia de los sistemas económicos y financieros. Pero, igualmente, lo primero que debemos revisar son nuestros valores y principios. Llegó la hora de entender que el mundo no gira alrededor nuestro, dejar de tomarnos tantas selfies, y entender que el ser humano no es el rey de la creación. Somos parte de ella, pero con la responsabilidad enorme de usar empáticamente el cerebro que nos fue dado.
No más seguir sosteniendo posturas inamovibles y seguir atascados en una forma de pensar desfasada del tiempo y las circunstancias que vivimos. La naturaleza y las personas tampoco pueden seguir siendo materias primas de las ambiciones corporativas o personales. Lo más importante, así suene cursi: llegó la hora de encender el corazón y conectar con la naturaleza, agradecerle y sanarla. Así nos digan neohippies al tratar de salir del Antropoceno y entrar al Naturaceno, un mundo donde la conservación de la naturaleza tenga el rol principal.
Luis Germán Naranjo, Director de Conservación y Gobernanza de WWF Colombia hace énfasis en esta visión del informe: “los cambios deben darse a la escala que la emergencia ambiental lo requiere. Las metas de la COP 15 no pueden ser de papel sino tener uñas y dientes para funcionar (recursos para llevarse a cabo y el peso para que las corporaciones sean parte de la solución también). Y cada uno de nosotros debe asumir el papel que le corresponde en la sociedad. Lean, compartan el mensaje, hagan su parte. Es ahora o nunca, es el momento de actuar”. No podemos ignorar y dejar solos a ese ejército de científicos y menos hacer que una vida de trabajo sea en vano.
Pueden empezar leyendo el informe, preguntando y reflexionando. En próximas columnas abordaré un par de temas puntuales que contiene y en los que creo, vale la pena ahondar. Como decía mi amigo Ariosto “Toto” Vega, QEPD: “leer quita lo pendejo”. Él, que empujó la rueda de Festiver para abrir los ojos de miles de personas a la conciencia ambiental, seguirá inspirando a muchos a ser como él: saliendo de la zona de confort, creyendo en lo imposible y batallando con entusiasmo para lograrlo. Conservar un Planeta Vivo lo demanda.