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martes, 10 de febrero de 2026
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¿Por qué los tiranos odian las ciencias básicas?

Diego Torres, Columnista, Más Colombia

Diego Torres

Doctor en Física de la Universidad Nacional de Colombia. Miembro del Consejo Superior Universitario de la UNAL.

Los dirigentes déspotas siempre han querido usar las ciencias para sus propios beneficios, y si no lo logran, el siguiente paso es destruirlas. Son famosas las palabras de Hitler diciéndole a un reconocido físico alemán: «Si la ciencia no puede prescindir de los judíos, entonces tendremos que prescindir de la ciencia durante unos años».

Las matemáticas y las ciencias básicas (física, química, biología, ciencias de la tierra y astronomía) siempre han sido no solamente atractivas para las sociedades sino necesarias, por el poder que tienen de satisfacer la insaciable curiosidad humana junto con la posibilidad de generar innovaciones que cambian el destino de la humanidad.


La internet nació en el mismo laboratorio en donde se descubriría la partícula de Higgs. Pero el poder la ciencia tiene un gran precio para un autócrata; las ciencias enseñan a pensar y a dudar de las verdades absolutas o dogmas impuestos, y ser cuestionado es algo que odia un tirano.

Las ciencias siempre han recibido el ataque implacable del régimen de turno. La iglesia Católica quemó en la hoguera a Giordano Bruno en el Campo dei Fiori de Roma en 1600 por defender la teoría del heliocentrismo de Copérnico. Galileo Galilei se escapó por poco de la misma suerte, aunque fue condenado a algo similar a la casa por cárcel y moriría unos años más tarde por obra de la sagrada Inquisición.

Mao Zedong usó su revolución cultural para acabar con científicos e intelectuales universitarios, con el apoyo de jóvenes adoctrinados que le rendían un culto ciego y sin cuestionamiento. “¡Viva Mao!” se gritaba en las calles, y ay de aquel que no replicara de vuelta con un “¡Viva Mao!” más enérgico. Stalin hizo lo propio matando a miles de científicos en la década de los 30s.

En la actualidad, los autócratas han tratado de utilizar a los científicos a su favor. Sus armas son claras. Intimidación por medio de recortes de los fondos de investigación, favorecimiento a la creación de programas académicos y de investigación alineados con sus visiones mientras se atacan libertades de investigación y cátedra, se rompe la autonomía universitaria y se cuestionan los resultados de investigación por no ser “útiles para el pueblo”. La política científica es clara, la ciencia está conmigo o está contra mí.

La meritocracia académica es posiblemente lo que más odia un tirano. Es comprensible. La meritocracia académica es más antigua que la democracia moderna. Y mientras un trabajo doctoral es evaluado por un panel de implacables expertos, el tirano odia ser cuestionado porque ama dos cosas con pasión desmedida: el aplauso ensordecedor de una multitud que no lo cuestiona y el sonido de su propia voz cuando le habla a esa multitud.


El costo que una sociedad paga por descuidar el desarrollo de las matemáticas y las ciencias básicas es enorme, y solo se nota después de muchos años. Las sociedades encuentran de vez en cuando líderes que quieren acabar con las ciencias en pro de un proyecto político. La diferencia entre un autócrata exitoso y un politiquero ignorado por la historia, es la resistencia que el tirano encuentra por parte de la sociedad en general y de la comunidad científica en particular.

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