domingo, 4 de diciembre de 2022
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“En Colombia hay programas universitarios que enseñan a tocar marimba y a destilar viche”: Manuel Sevilla

En esta segunda parte de la entrevista, Manuel Sevilla, investigador, músico y jurado del Festival Petronio Álvarez, reflexionó sobre la nueva valoración de la cultura del Pacífico colombiano y la inclusión de sus saberes en programas universitarios.

Festival Petronio Álvarez, Pacífico

Manuel Sevilla es Comunicador Social de la Universidad del Valle y Doctor en Antropología de la Universidad de Toronto. Ha sido becario de organizaciones como la National Geographic Society, Fundación Latin Grammy, New Orleans Jazz Festival y el Ministerio de Cultura, entre otros. Actualmente es profesor titular de la Universidad Javeriana de Cali y es integrante del Comité Conceptual del Festival Petronio Álvarez y del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural. Ha liderado varios proyectos de creación musical y teatral sobre el patrimonio cultural colombiano.

Puede leer aquí la primera parte de esta entrevista: ¿Qué significa el Festival ‘Petronio Álvarez’ para la ciudad de Cali? parte 1

Se podría decir que Cali, además de ser históricamente esa “capital mundial de la salsa”, en los últimos años se ha convertido en la capital musical de los sonidos tradicionales del Pacífico?


Yo diría, una vez más, que el Pacífico nos reta en nuestros pensamientos. El profesor Fernando Urrea, un investigador senior muy reconocido de la Universidad del Valle, tiene un concepto con el que estoy de acuerdo y es el de la migración circular en el Pacífico. Su argumento es que nadie se va del todo de su lugar de origen; lo que hay es gente moviéndose. Hay gente que vive en Cali, pero va a Barbacoas, o gente que vive en Barbacoas que viene a visitar a su parientes en Buenaventura y luego se va a Cali. Hay un movimiento permanente. Por supuesto, la gente está radicada en un lugar, pero eso no quiere decir que esté trasplantada y que no vuelva a su ciudad de origen. 

Entonces, lo que veo es que en ese proceso de migración circular, si lo pensamos en términos de música, yo diría que Cali es una estación muy importante y única. Tanto por sus particularidades en términos de plataforma de visibilidad y de espacio para hacer contactos, como de condiciones de accesibilidad. En este sentido, si lo pensamos en términos de dónde es más fácil grabar bajo ciertas condiciones, o dónde es más fácil tener un punto de base para moverse y hacer presentaciones en diferentes partes del país, claramente es Cali. Esta ciudad tiene un aeropuerto internacional que no se cierra nunca, por su clima y posición geográfica en el país, y donde las personas se pueden mover con facilidad hacia el resto del mundo. 

Sin embargo, nada de eso sería posible si en lugares como Charco (Nariño), Mosquera, Pizarro o Bahía Solano no hubiera agrupaciones haciendo música que después llegan acá. Entonces, la visión que promovemos es que tenemos que mantener el balance entre la práctica musical en las localidades más pequeñas, donde la música se mantiene viva de la mano del quehacer cotidiano, y las condiciones en Cali para que eso se pueda hacer visible, incluyendo los puntos intermedios. 

En realidad, iba más por el lado de saber qué hace que algunos músicos de estos sonidos tradicionales prefieran radicarse en Cali, en vez de quedarse en su lugar de origen o incluso irse a otros países.

En Cali la práctica cultural y las prácticas que soportan la música están presentes todo el tiempo. Entonces, una persona que quiera venir a hacer música a Cali y que tenga las condiciones para subsistir en esto, sigue encontrando aquí muchos elementos propios de muchos puntos del Pacífico del litoral y ribereño que están acá. Conversaba con el director de la Escuela Taller, aquí en Cali, y él nos decía “—mire, hay mercados de víveres en puntos del Oriente de Cali donde usted encuentra todos los ingredientes que usted encuentra en el litoral: pescado seco, papa china, una cantidad de cosas”. Eso es un dato importantísimo, porque una persona que migra a Cali puede ir a mercar allá y encuentra lo mismo que en su lugar de origen. 


Entonces, sí hay una presencia cultural que es muy importante. Yo creo que el Festival ha contribuido a que los hijos de migrantes puedan conocer mucho acerca de su origen, que los que no somos ni migrantes ni hijos de migrantes del Pacífico podamos conocer un pilar de nuestra ciudad y que, idealmente, el resto de Colombia lo pueda hacer. En este sentido, sí es mucho más fácil que alguien pueda volar a Cali y acercarse a esta experiencia que volar a un punto remoto. Ahora, lo que sistemáticamente va a ocurrir es que alguien va al Festival, lo conoce y luego dice “venga, yo quiero conocer Guapi”. 

Alguna vez hablamos con Carlos Vives sobre la geografía de sus canciones. Y él decía: “—es que yo menciono a Santa Cruz de Mompox, yo menciono al Valle y yo menciono a Gaira, o a Pescadito, básicamente porque yo viví allí, porque yo he pasado ahí, porque la persona que menciono yo la conozco”. El Vallenato, en ese sentido, ha hecho una labor importantísima de poner en el imaginario de muchos colombianos los puntos remotos. He visto gente manejando por la Guajira que de pronto llega a Fonseca a sacarse una foto, porque de allí era “El Cantor de Fonseca”. Ahora, hay una cantidad de pueblos en la Guajira que, como no tienen canción, los del interior no los conocemos, pero sin duda, la gente lugareña sí. 

En resumen, creo que mucha gente hoy tiene en la oreja que hay un lugar que se llama Timbiquí y que ahí hay música, porque Herencia de Timbiquí lo ha contado, Nidia Góngora de Canalón lo ha contado y así sucesivamente. Eso es importante que se haya dado y que en el panorama de muchas personas Buenaventura exista, no solo por su larga historia, sino porque hay gente que ha cantado sobre Buenaventura. Lo mismo con Tumaco y muchos lugares que empiezan a estar en el radar de las personas del interior merced a las canciones, y eso me parece fundamental. 

Manuel, ¿cómo se explica que un Festival que convoca tanta gente alrededor de la música, la fiesta y el licor, a lo largo de tantas ediciones no haya tenido hechos de violencia en una ciudad tradicionalmente señalada como una de las más violentas? 

Hay varias hipótesis. Algunos dicen que estamos hablando de una música que viene con combo. Cuando se habla de la música del Pacífico, un rasgo general es que es una música comunitaria y ese es un elemento fundamental. 

En primer lugar, tiene un componente musical que se llama “pregunta y respuesta”. Mucha música del Pacífco implica que alguien canta y el coro responde, y para responder básicamente hay que aprenderse lo mínimo que se acaba de escuchar. La destreza musical no es enorme y rápidamente las personas se integran en el coro. Entonces, en el norte del Cauca hay una canción que se llama La Guacharaca, y dice “—¿Dónde está la Guacharacha?”, y la gente siempre va a responder: “—En el palo está”. Y la que todo el mundo conoce como Kilele: “—¡Todo el mundo está bailando! —Kilele”. Te aprendiste eso y eres parte del coro multitudinario. Entonces, es música comunitaria. 

En segundo lugar, hay una cantidad de elementos que proponen una lógica diferente. El  baile no es un baile en pareja. Cuando se baila música del Pacífico se hacen coreografías o se baila solo, es una música que se hace entre todos. Eso podría hacer que tuviésemos menos presión sobre la muestra individual, en donde “yo soy el mejor bailarín y, segundo, esta es mi pareja y vos no me la mirás”. Los que han estado en el Festival se dan cuenta de que hay coreografías de 20 y 30 personas al mismo tiempo y el gusto es poder hacer eso. 


Posiblemente, también —y esta es una hipótesis un poco más irresponsable—, entre más embriagada está una persona, más propensa está a la violencia, pero al haber baile hay un procesamiento diferente del alcohol. La gente que va al Festival no está en un espacio cerrado sino abierto y se está moviendo constantemente. Y hay un ethos muy particular que hace que uno esté más en modo de escuchar música, tomar un trago, comer y bailar que en ver a quién le muestra lo que baila o lo que tiene, y el careo que podría conducir a hechos de violencia. 

Ese es uno de los grandes misterios. 

Yo estoy yendo desde el Festival de 2008 porque parte de mi función implica hacer eso en una posición privilegiada, en la tarima de los presentadores de televisión. Y nunca he visto una pelea. He visto gente embriagada totalmente, gente que parece ser turista a la cual el viche le pega duro o la toma seca le pega duro. Pero lo que he visto es que la gente la ayuda a salir y a recuperarse. No he visto dos tipos pegándose, dos mujeres jalándose del pelo o a puños, que uno desafortunadamente ve en otros escenarios. 

En muchos carnavales y ferias del país hacen presencia las industrias de licor de siempre y las grandes marcas de comida nacionales y extranjeras. En el Petronio no. ¿Podría contarnos por qué?

El Festival tiene dentro de su misión la visibilización de las prácticas culturales del Pacífico en torno a la música y una de esas prácticas es la producción y el consumo de licores artesanales en condiciones particulares. Para que eso pueda ocurrir hay que cuidar el consumo del licor.

A mí esto me gusta decirlo y es que en los días del Petronio Álvarez se invierte la lógica que se ve en el resto del año. El resto del año, en cualquier evento masivo donde hay licor, hay Policía verificando que no se entre licor de afuera para que se consuma el de adentro. Aquí también se da, pero lo que se verifica es que los asistentes no entren el licor industrial para que se consuma el licor artesanal que está adentro. Ese licor es un licor producido de manera responsable y cuidadosa por los artesanos del viche, pero producido a escala. No se producen miles de botellas ni los productores sacan lotes de miles para venderlos. Es el proceso artesanal del viche de Doña Tere, del Viche positivo de Canalón. Cuidar eso y mantener esa relación uno a uno implica que no haya presencia de licores industriales. Eso, por supuesto, tiene su lado más complicado, y es que esos patrocinadores traerían un capital importante.

Entonces, ¿cómo se financia el Festival?


Hay una partida significativa por parte de la ciudad de Cali, es decir, es un festival público, financiado con los impuestos de los caleños y la ciudadanía caleña. También hay unos aliados importantes que han hecho presencia en el Festival como patrocinadores de ciertas áreas, que no tienen que ver con el mundo del licor. Por ejemplo, empresas de arroz. Durante varios años, ha habido empresas que son co-patrocinadoras, porque hay una zona de comidas donde el arroz es un insumo significativo. 

Hemos tenido también aliados muy importantes. Por ejemplo, una empresa de gas, pero no vas a encontrar patrocinio de una industria de licores o de bebidas azucaradas. Dejando en claro que la mayor parte proviene de fondos públicos, también tenemos otros aliados y patrocinadores cuya presencia está orientada al fortalecimiento de la diversidad, como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Ellos financian un programa de patrimonio cultural para la paz y han acompañado y subvencionado algunos apartados del Festival. El Ministerio de Cultura también hace un aporte. Entonces, claramente, lo que tiene que ver con licores, teniendo en cuenta que uno de los elementos centrales de la identidad Pacífica pasa por las bebidas tradicionales, pues va a ser difícil que se encuentre allí. 

Para cerrar, ¿cuál es la importancia del Festival para las nuevas generaciones?  

Yo creo que hay un impacto significativo. Procuro no moverme desde la opinión sino tratar de encontrar referentes empíricos. Uno, el recambio generacional en las agrupaciones que tenían adultos muy mayores. Ahora tenemos violinistas jóvenes, tamboreros jóvenes y cantantes e intérpretes jóvenes. El Festival recibe cada vez más personas desde los 14 años. Eso es significativo. 

Indicador número dos, muchas personas ejerciendo su identidad, la propia de la estética afro, no solo durante en el Festival sino también en otros momentos. 

Y, tercero, una serie de iniciativas que se han venido dando sobre todo desde la academia y las universidades de la ciudad, que han empezado a incluir en sus currículos o programas de formación en música. Ahí debo resaltar que el Instituto Departamental para las Bellas Artes tenga formación en Marimba y que la Universidad ICESI, en su recién inaugurado programa de Música, incluya la marimba como uno de los instrumentos de formación. Eso es muy diciente. 

También tenemos otras instituciones que no forman músicos pero que incluyen dentro de sus campos de acción las músicas tradicionales. Por ejemplo, la Escuela Nacional del Deporte, con sede en Cali, que tiene un programa de estimulación infantil que se llama Ronda Litoral. Este es un grupo de fisioterapeutas estudiantes, que van a un colegio y con música tradicional del Pacífico hacen estimulación infantil y los niños dichosos con el tema. Ahora, esto sin duda alguna funciona entre niños de formación cultural del Pacífico, pero estamos seguros de que niños con otras tradiciones culturales reaccionarían de la misma manera a la estimulación a través de las músicas del Pacífico. Ahí hay una apuesta que sería interesante y es que a futuro los canticuentos fueran rondas del Pacífico, por todo lo que eso puede significar.  


¿Qué tanto se están formando a nivel profesional nuestros músicos colombianos en músicas e instrumentos del Pacífico?

En el reciente Foro Nacional de Cultura – capítulo Pacífico, alguien ponía el acento allí y decía, con justa razón, que el escenario afortunadamente es otro. Hace unos 20 años no se encontraba en ninguna universidad un programa con formación en músicas tradicionales. Hoy en día sí. Hay cursos al respecto en la Universidad del Valle, con un taller de música afropacífica; el Instituto Departamental de Bellas Artes y la Universidad Javeriana Bogotá también tienen, luego la valoración está allí. Ahora, tendríamos que avanzar un poco más en que eso fuera un pilar. 

Curiosamente, la valoración de las prácticas culturales del Pacífico quizá no se ha dado en música como debería darse y empieza a darse en otros escenarios, sin decir que no pase nunca en música. Un caso, por ejemplo, es el Programa de Gastronomía y Artes Culinarias de la Universidad Javeriana Cali, que tiene un semestre dedicado a la cocina del Pacífico. 

Conocí y participé en el proceso de formulación del currículo que ya está en curso, para envidia de muchos que no estudiamos eso, donde los estudiantes tienen que ver un semestre sobre bebidas alcohólicas. Inicialmente se iba a llamar “Vinos”. Después se relativizó y ahora se llama “Bebidas alcohólicas 1 y 2”, porque tuvimos que garantizar que hubiera no solamente presencia del Pisco y el Mezcal, sino que hubiera presencia de destilados del Pacífico, para que los conozcan. Esto porque sería inaceptable que un estudiante egresado de una universidad del suroccidente colombiano, por no decir de Colombia, supiera de todos los licores, pero no supiera que existe el viche y sus derivados.

Entonces, sí creo que vamos avanzando en esa línea y soy optimista en que, a la vuelta de unos años, no solo habrá una valoración diferente para la música y la gastronomía, sino también para los saberes relacionados con la naturaleza, como la pesca y la navegación. No solo habrá mayor valoración sino que tendremos programas formando personas en otras partes de Colombia, y esperaría lo mismo en otras partes del mundo. 

Manuel, usted fue becario de la Fundación Cultural Latin Grammy en 2015 y de la National Geographic Society en 2019. ¿Podría contarnos de qué se trataron estos estímulos de investigación?

La beca de la Fundación Cultural Latin Grammy es una beca que se abre todos los años y subvenciona investigaciones sobre músicas en general. Curiosamente, no es acerca de músicas de ganadores de premios Grammy, sino sobre la práctica musical en Iberoamérica. Lo que propusimos allí fue hacer una revisión de archivo del Festival Petronio Álvarez, para hacer una narración acerca de la historia del evento. Eso tuvo varios resultados; uno de ellos fue un libro que editamos en 2017, llamado Guía (incompleta) del festival Petronio Álvarez, que está disponible para descarga


¿Qué aspectos destaca de esta guía y por qué está “incompleta”?

Se trata de un esfuerzo colaborativo entre la academia e intelectuales locales, con trabajos del escritor y profesor vallecaucano Félix Domingo Cabezas Prado, que muestra la importancia de los proyectos colaborativos que amplían la mirada y permiten mantener vigentes estos ejercicios de memoria. Allí se encuentran datos concretos sobre los ganadores del Festival, sedes y transformaciones del evento. Estamos trabajando ya en la siguiente edición, que será la conmemorativa de los 25 años. 

Es una guía “incompleta” porque lo que planteamos allí es que hay una serie de datos importantes sobre el Festival, pero la experiencia completa solo se logra asistiendo. Es una invitación abierta para completarla a través de la presencia. 

¿Y la beca de la National Geographic Society? 

En 2019 obtuvimos una beca de la National Geographic Society para hacer un proyecto que se llama Así llegamos, una estrategia educativa de base web para que estudiantes de colegios y universidades de Colombia conozcan más sobre procesos de migración desde el Pacífico hacia la ciudad de Cali. Uno de esos procesos es la música, pero también hay otros frentes en los que ellos han estado presentes. Este proyecto lo estamos desarrollando con un equipo colombiano de profesionales basados en la ciudad de Cali, que trabajan en periodismo, archivística y ciencias sociales, en llave con migrantes del Pacífico colombiano. 

El Petronio en cifras

De acuerdo con el Estudio de caracterización de la cultura del Pacífico como bien económico y cultural (2019), 1.108 creativos se presentan en la ciudadela del Petronio cada año, entre los músicos que participan en el concurso de aires musicales y músicas del Pacífico, y los expositores que exhiben y comercializan sus productos y servicios asociados con el patrimonio cultural y artístico del Pacífico. Se estima que el Festival cuesta 4.690 millones de pesos (aproximadamente USD $1.62 millones), de los cuales el 86% es invertido por la Alcaldía de Cali, y que genera ingresos superiores a los $50 mil millones de pesos (aproximadamente USD$ 12,834 millones). Asimismo, crea 1.739 puestos de trabajo (equivalentes a 890 empleos de tiempo completo, aproximadamente). 


Lea aquí la primera parte de esta entrevista: ¿Qué significa el Festival ‘Petronio Álvarez’ para la ciudad de Cali? parte 1