“Río de Magüí, río de Sanquianga, qué sabroso estaba —mi negra— el caldo de piangua”
Continuamos con la serie sobre el Pacífico colombiano, en esta oportunidad con el tema de la extracción artesanal de la Piangua. Conocida popularmente como la “concha negra”, se trata de “un molusco bivalvo que se produce en el Pacífico americano”, desde baja California (México) hasta Perú. Según Pianguando, estrategias para el manejo de la piangua (2010), publicado por INVEMAR, ASCONAR, AESPNN-NN Sanquianga, WWF y la Universidad del Valle, con la financiación del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, la piangua “soporta una de las principales pesquerías artesanales de la zona costera de Colombia” y es una “fuente alimenticia y de sustento económico de gran importancia para las comunidades afrodescendientes” en el occidente del país.
De acuerdo con el documento, la piangua se produce en 9 países: México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador y Perú. En Colombia se encuentra a lo largo de la costa pacífica, desde Punta Ardita, en el norte del Chocó, hasta Candelilla de la Mar, en el sur de Nariño, pasando por los departamentos del Valle del Cauca y el Cauca.
Según Carlos Borda, biólogo marino M.Sc, experto en piangua y director de la Dirección Regional de la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP), con sede en Bogotá, entre 15 mil y 18 mil familias viven de la extracción de piangua en el Pacífico colombiano. El hábitat de esta concha es el manglar, un tipo de ecosistema marino costero, típico de zonas tropicales y con una gran riqueza en biodiversidad.

Captura de la piangua: una actividad tradicionalmente femenina
Cuando la marea está baja, el manglar permite extraer del fangoso sustrato en donde crece —el lodo— la concha, conocida por su carne negra. Según Borda, se estima que “más del 82% de la población pianguera en el país está compuesta por mujeres; 12% son hombres y un pequeño porcentaje está conformado por niños, quienes, en el periodo de vacaciones, se vinculan a la actividad”.
Tatiana Meneses Lamilla, asesora para el relacionamiento comercial de EcoGourmet de Conservación Internacional – Colombia, un programa de fortalecimiento de la cadena de valor de la pesca artesanal en el país, coincide con Borda en que, históricamente, la extracción de la piangua ha sido un oficio de tradición femenina.
“Dada la historia de las familias en el Pacífico —señala Meneses— los hombres eran quienes tradicionalmente emprendían las riesgosas faenas de pesca en altamar, mientras que las mujeres eran quienes se dedicaban al trabajo de la tierra y al cuidado del hogar. Así, la actividad de recolección de la piangua, al tratarse de una labor realizada en el manglar, era particularmente femenina”.
Al respecto, Betty Lucía, recolectora de piangua en Francisco Pizarro (Nariño), comenta que aprendió el oficio de “pianguar” con su madre desde muy pequeña, y hasta el día de hoy realiza esta actividad. “Por lo menos acá, andamos las 20 personas en canoas durante dos horas hasta llegar al manglar, y vamos mezclados, mujeres y niños, porque los hombres están pescando, palmeando o madereando”, comenta. “Usamos botas y guantes para meternos en el barrial y buscar las conchas allí. Es difícil porque hay partes [en las] que uno encuentra [piangua] y en otras partes no encuentra nada, y toca con paciencia”.
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En esto concuerda Meneses, quien señala que “la extracción de la piangua es una tradición que se transmite por vía materna”, y que, “debido al proceso de desconchado, precocido y todo lo que se da alrededor de la gastronomía, ha estado muy ligada a las actividades que las mujeres hacían y siguen haciendo hoy”. También está ligada a los cantos, una tradición integrada en la cotidianidad y la cultura de las mujeres afrodescendientes del Pacífico.

Si bien sigue siendo una labor principalmente femenina, la composición de los grupos de recolectores de piangua se ha ido transformando en la última década. Según la publicación, anteriormente mencionada, Pianguando, estrategias para el manejo de la piangua (2010), debido al incremento en la demanda de este molusco en el mercado nacional e internacional y a las necesidades de ingresos adicionales en los hogares, muchos hombres y niños se han sumado a la labor.
Piangua: Tradición, gastronomía y precariedad
Para Éver Ledesma, tumaqueño pianguero y líder ambiental en su territorio, la recolección de piangua es una actividad “bella”, pero “terrible”. No solo por las precarias condiciones a las que se ven enfrentados los recolectores, sino por los bajos retornos económicos que se obtienen de su comercialización.
Frente a las condiciones difíciles de extracción, explica que, para sacar la piangua, es necesario “agacharse o ponerse de rodillas”, con los brazos y los pies “metidos en el barro de los manglares, que son muy enredosos”. Ledesma cuenta que los accidentes son frecuentes, pues “tenemos unos enemigos en el manglar”. Uno de esos enemigos “se llama ‘pejesapo’, que pica como una serpiente en la mano”.
El líder ambiental también menciona los “chuzones, caídas y resbalones”, así como las cortaduras causadas por el “ostión, que es como un cuchillo que vive en las raíces del manglar. Uno mete la mano en el barro y está de buenas porque sacó la piangua, pero de malas porque sacó la mano y se rayó o se cortó”. Por otro lado, agrega, “debemos cuidarnos del gegén, del tábano y del zancudo, que en tiempos de invierno y lluvias son muy fuertes en el manglar. Entonces, llevamos el bracero para hacer el humo y ahuyentar las plagas”.

Con respecto a la comercialización, advierte que, después “de 8 horas escobando, sacamos 100 unidades de piangua (por persona), para obtener algo como 30 mil pesos. Las 4 o 5 embarcaciones que se alquilan cada día, porque no tenemos motor fuera de borda ni canoas, se pagan a 150 mil pesos cada una. Eso quiere decir que si no sacamos 4000 pianguas al día, entre 60 personas, no nos queda un excedente para vivir. La mayoría de los recursos de utilidad se quedan en el transporte y no alcanzan para comer en el día con la familia”.
Frente a esta problemática, Carlos Borda, de la AUNAP, reconoce que efectivamente los piangueros están sometidos a condiciones de vida “complicadas” y a un “mercado muy difícil”. Advierte que, aunque Colombia es el mayor productor de concha de la región, entre el 85% y 90% del recurso sale hacia Ecuador, principal consumidor, especialmente en la parte del país que va desde Tulcán hasta Quito. Esto sucede porque, según Borda, “aunque el consumo de piangua se da en comunidades del Pacífico colombiano, no hay conocimiento ni un mercado de este recurso al interior del país”.
Esto, en su opinión, obliga a los piangueros a vender su producto al precio que los comercializadores ecuatorianos ofrecen, pues no hay otros mercados fuertes donde venderlo. Lo anterior lo confirma Ledesma cuando sostiene que “los ecuatorianos compran las 100 unidades de piangua, ahorita en la temporada de enero y febrero, al precio que ellos quieran. Puede ser a 18 mil, 15 mil, 20 mil o 30 mil pesos, pero si nosotros no lo vendemos, se nos pudre y se nos daña y nos fregamos todos”.
Además, señala Borda, a los comercializadores ecuatorianos “no les interesa comprar concha procesada sino en bruto, es decir, en concha viva”. De acuerdo con el experto, la piangua puede durar entre 8 y 15 días viva, pues tan pronto sale de su hábitat “ella lo que hace es sellarse, dejando agua en su interior y esa humedad es la que le permite mantenerse viva”.
El experto de la AUNAP explica que, al no quedarse en Colombia, la piangua viaja desde el suroccidente colombiano hasta llegar al Ecuador, donde se consume una buena parte y el resto es distribuido por comercializadores de ese país hasta Tumbes (Perú) y el norte de Chile. Esto es posible gracias a que se trata de “un recurso pesquero de magníficas condiciones y muy apetecido en otros países del continente. Sin embargo, en el mercado colombiano ha sido muy complicado posicionarlo”, enfatiza el experto.
Según Meneses, del Programa EcoGourmet, esta dificultad puede tener que ver con el desconocimiento del producto en Colombia, y quizá también con el hecho de que “aunque la piangua es similar a una ostra, no tiene carne blanca ni transparente sino negra, y su aspecto genera prevenciones”. En su opinión, esta concha presenta un “sabor fuerte” por su alto contenido de hemoglobina, y su carne es de “difícil preparación” para quienes no han nacido en el Pacífico.
Si bien la experta reconoce que en los últimos años cocineros jóvenes han comenzado a interesarse por el producto y a realizar experimentos desde el interior del país, su experiencia con Ecogourmet la lleva a afirmar que, actualmente, “la piangua no tiene un mercado tan constituido aún como lo pueden tener otros recursos, tipo camarón, langostinos u otros productos como la jaiba y el cangrejo”.
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Meneses precisa que muchas de las zonas rurales del Pacífico —la mayoría dependientes de recursos pesqueros como la piangua—, han recibido beneficios de programas de fomento a las actividades pesqueras, por parte del sector privado y del Gobierno. Sin embargo, también resalta las difíciles condiciones generales en las que viven estas comunidades, con la mayoría de sus necesidades básicas insatisfechas, por lo que es evidente que hace falta más presencia del Estado.
Ahora bien, frente a los precios de comercialización de la piangua, Meneses indica que una es la situación de la piangua vendida en Tumaco, y otra la de Guapi (Cauca) o Buenaventura (Valle del Cauca). En su opinión, esto puede deberse a que Guapi y Buenaventura están un poco más alejadas del Ecuador, lo que hace que la realidad comercial sea distinta. En Guapi, a diferencia de Tumaco, la piangua no se vende viva ni por cientos sino desconchada, casi siempre precocida y por libras. En esta zona, un kilo de piangua en esa presentación puede costar 30 mil pesos, comenta Meneses, por lo que suele ser mejor negocio para quienes la extraen. Y, en el marco general del Programa Ecogourmet, asegura que “hemos tenido incrementos en precios para la piangua vendida desconchada y por libra superiores a un 25% y 50% en precio”. Sin embargo, insiste en que hay que continuar trabajando para mejorar las condiciones de comercialización de este producto en ambas zonas.
Desde la AUNAP también se han hecho esfuerzos por mejorar las condiciones de vida y los ingresos de la población conchera. De acuerdo con Borda, la entidad ha trabajado desde hace años en la formalización de los grupos piangueros y en la generación de alternativas para que tengan mejores prácticas y operación logística al momento de hacer las capturas. Sin embargo, según Borda, la lucha clave y más importante ha sido la de insistir en las Comisiones de Vecindad que reúnen a los entes gubernamentales de Colombia y Ecuador, para que se establezca a ambos lados de la frontera una talla mínima de 5 cm.
Piangua: especie en amenaza
Borda explica que, si bien en Colombia la talla mínima de extracción legal de una piangua es de 5 cm de longitud total —según la Resolución 0539 del 2000, expedida por el Instituto Nacional de Pesca y Acuicultura (INPA)—, en el Ecuador la talla mínima legal es de 4,5 cm. Esto permite que “toda la concha que sale por debajo de los 5 cm y sobre los 4,5 cm entre sin problema al Ecuador, porque no hemos podido lograr un acuerdo con este país sobre ese tema”.
Según Borda, como Ecuador tiene unos puertos de entrada más fáciles de controlar que los de salida de Colombia —debido a las condiciones de la costa y a la mayor presencia de poblaciones pequeñas—, frenar allá el ingreso del recurso con longitudes inferiores a 5 cm haría que la concha regrese a Colombia, lo cual, a su vez, permitiría desincentivar la sobreexplotación y empujar los precios al alza. “Se podría comenzar a hablar de precios diferenciales con ellos [los ecuatorianos], para que las conchas más grandes, de 7 a 8 cm, puedan tener un precio mayor que las conchas más pequeñas, de 5 cm”, señala el experto.
En opinión de Borda, al “controlar la entrada de talla inferior 50 mm en el Ecuador se generará un efecto rebote que ayudará a mejorar la biomasa disponible de nuestras áreas de manglar. Colombia goza todavía de áreas importantes de bosques de manglar saludables, a diferencia del Ecuador, donde se acabaron hace tiempo por el cultivo de camarón”.
Una medida como la descrita “protegería el recurso pesquero”, advierte Borda, lo cual es fundamental, pues se ha reportado una disminución del tamaño y la cantidad de este recurso, según la publicación del Ministerio de Agricultura. De acuerdo con la entidad, factores asociados a las malas prácticas de extracción y captura, que no respetan la talla mínima ni las temporadas de descanso, son las causantes de la amenaza de este recurso en algunas zonas del Pacífico.
Al respecto, el MinAgricultura señala que, debido a que recientemente se observaron los “primeros signos de agotamiento del recurso de la piangua en Colombia”, la piangua hembra (A. tuberculosa) se incluyó en el Libro Rojo de Invertebrados de Colombia como especie amenazada en la categoría Vulnerable. Asimismo, el Gobierno Nacional la catalogó en el Plan 2019, Visión Colombia II Centenario como una de las cuatro especies marinas para conservar, recuperar y proteger mediante el establecimiento de niveles aptos para su aprovechamiento comercial sostenible.
Por otra parte, en opinión de Borda, es fundamental seguir trabajando en la visibilización de la piangua. “La pesca artesanal de piangua está asociada a un tema económico, social y cultural muy fuerte de comunidades del Pacífico, que necesitan que nosotros las visibilicemos”. En su concepto, esto contribuirá a “mejorar los canales de comercialización, formas de presentar el producto y que nosotros como colombianos nos apropiemos de un recurso que sale de nuestros manglares”.

En esto coincide Meneses, quien resalta que el mayor reto es abrir el mercado de piangua al interior de Colombia. En sus palabras, “la idea es lograr que lo que sale por cantidades en el litoral Pacífico, llegue al interior del país. En Ecogourmet hemos trabajado en diferentes presentaciones: tamales, empanadas, chorizos, además de las preparaciones tradicionales, y ha sido interesante pero hay que seguir dando a conocer el producto y sensibilizando a los consumidores. Falta un montón para que la piangua sea un producto de consumo nacional”.
Por su parte, Éver Ledesma señala que la tarea de visibilización también es un asunto de apropiación de un recurso que es típico de nuestro litoral Pacífico: “Tengo 51 años, soy padre de familia y desde los 8 años soy pianguero, porque mi padre y mi madre me enseñaron a trabajar el manglar, con otros principios y en condiciones buenas. Representé a mi Tumaco con altura y sencillez en la labor que hacemos de recuperación del manglar del territorio, y quedé en segundo lugar en Titanes Caracol, en la categoría de Sostenibilidad Ambiental. Y le cuento: una vez estuve en Corferias vendiendo preparaciones de piangua, y en las degustaciones mucha gente llegaba y preguntaba por la porción de frijol. Yo les decía que no era fríjol y la gente probaba y terminé la venta muy rápido. Por eso digo: falta que Colombia conozca la piangua, eso es lo que falta, porque hay millonarios en el Ecuador con el producto y nosotros los hemos enriquecido”.
No obstante, en su concepción de las cosas, la visibilización no es el fin ulterior. Para Ledesma se trata más bien de un medio para impulsar el progreso de los jóvenes en estas regiones: “Los jóvenes no quieren ser los ‘mandaderos’ de nadie, no quieren ser delincuentes, pero si el Gobierno no nos impulsa, esto va a ser terrible. Si un joven que se sale del bachillerato y nos dice: —no puedo continuar estudiando pero quiero meterme a un proyecto ambiental o ser pianguero—, y no recibe nada por su trabajo, ¿qué hace?”, se pregunta.
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***Espere la continuación de esta nota con el trabajo de la asociación Asofuturo, que cuenta con más de 35 años conservando y preservando los manglares de Tumaco (Nariño).