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Seguridad alimentaria en el centro occidente de Colombia: La modernización I

Jorge Enrique Esguerra
Jorge Enrique Esguerra
Arquitecto, Magíster en historia y teoría de la arquitectura, Universidad Nacional de Colombia. Profesor durante 28 años en la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, y miembro correspondiente de la Academia Caldense de Historia.

Del campo a la ciudad

En la introducción de esta exposición, en la primera entrega, señalábamos que el grado de prosperidad de una sociedad estaba condicionado por los estándares de cantidad y calidad alimenticia, de tal manera que su logro les permitiera a sus habitantes desempeñar otros oficios diferentes al de obtener víveres: el que pudieran desarrollar el comercio, las técnicas, la industria, las artes, el conocimiento, etc. Y el escenario propicio para esos oficios es por antonomasia la ciudad, que para que pueda sostenerse y desarrollarse es necesario que esté convenientemente abastecida de alimentos procedentes del medio rural circundante que los produce. 

Pero cuenta en esa relación campo-ciudad todo el proceso que la cadena alimenticia requiere: obtención y recolección, transporte, almacenamiento, mercadeo, etc., proceso que varía según el grado de desarrollo material de cada sociedad, porque no es lo mismo que esa relación se haga en la premodernidad o en la modernidad. En el recuento histórico que llevamos, hasta principios del siglo XX, casi todos los aspectos del desarrollo de la producción de alimentos en el centro occidente del país se encontraban en el estadio de la premodernidad, porque tanto las técnicas y recursos para la producción agropecuaria, como los medios de transporte y almacenamiento se encontraban en estados muy precarios de desarrollo, desprovistos de medios científicos y de tecnologías avanzadas. Podemos afirmar que prácticamente todos los recursos alimenticios que llegaban a la ciudad procedían del campo directamente al consumidor, sin mediar algún tipo de transformación industrial y transportados por toscos caminos a lomo de mula o buey. Y la mayoría de los intercambios se hacían en la plaza donde se organizaba el mercado una vez por semana, muchas veces sin intermediación porque los mismos campesinos vendían sus productos. Y también en los patios de las viviendas se organizaban huertas y se sembraban árboles frutales, y hasta se instalaban corrales de aves. En síntesis, los umbrales entre lo rural y urbano eran muy sutiles.

Aunque en el campo se estaba en contacto con el mundo productivo agropecuario, por razones del aislamiento –entre más apartados los predios, más pobreza y desamparo–, agregado a las contingencias de las cosechas, muchas veces los campesinos, sometidos al pan coger, no encontraban buenas condiciones para conseguir la variedad y la calidad de la dieta alimenticia necesaria para su bienestar. Pero en los poblados, mejor conectados y con mayores posibilidades de mercadeo de productos, se fueron generando posibilidades de obtención de una mayor diversidad de víveres, aunque con la limitante de la capacidad de compra que se iba incrementando con el desequilibrio creciente de las desigualdades sociales, tan comunes en un medio urbano que atraía pobladores pero que no ofrecía oportunidades de empleo industrial. Las transformaciones artesanales habituales que requerían algunos alimentos –pilar el maíz, por ejemplo, o elaborar quesos– eran tradiciones de la cocina familiar, y las que precisaban de algún grado de especialidad como la elaboración de panela o aguardiente –el trapiche y el alambique– estaban circunscritos a la finca autárquica. En las principales ciudades comenzaron a aparecer primero pequeñas factorías artesanales de productos no alimenticios –velas o jabones– que ocupaban mano de obra poco calificada; porque textiles, herramientas, cerámicas, muebles y utensilios en su mayoría eran traídos de otras partes del país y del exterior, para no hablar de los artículos de lujo que solo podían consumir los más pudientes.         

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La modernización de las relaciones en la cadena alimentaria –técnicas, insumos, infraestructura, bodegas– se hizo muy lentamente y jalonada en lo fundamental por los recursos que la exportación de café iba generando, y no por las necesidades del mercado interno agropecuario. El cable aéreo de Mariquita a Manizales (1922) fue un salto enorme en el desarrollo de las comunicaciones entre la nueva capital departamental y el río Magdalena para agilizar la exportación cafetera, y también para introducir en la región todo lo que no se producía allí. Después se logró que el ferrocarril arribara a Armenia, Pereira y, por último, a Manizales (1927), para mejorar la comunicación con el Valle del Cauca y el puerto de Buenaventura. 

Pero tanto, los medios de comunicación modernos como las trilladoras de café que se comenzaron a establecer en las ciudades fueron las bases para el comienzo de la incipiente industrialización que se desarrolló a mediados del siglo XX, aspecto que veremos en la próxima entrega.

Referencia:

Zambrano Pantoja, Fabio (2015). Alimentos para la ciudad. Historia de la agricultura colombiana. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia / Editorial Planeta.

Jorge Enrique Esguerra
Jorge Enrique Esguerra
Arquitecto, Magíster en historia y teoría de la arquitectura, Universidad Nacional de Colombia. Profesor durante 28 años en la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, y miembro correspondiente de la Academia Caldense de Historia.

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