viernes, 12 de agosto de 2022
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Teoría de la ventaja comparativa: qué es y en qué se queda corta

¿Qué es la teoría de la ventaja comparativa y por qué en momentos como el que vive actualmente la humanidad es cuestionada? Aquí se lo explicamos.

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En su último boletín, la Federación Nacional de Avicultores de Colombia (Fenavi) puso en discusión la pertinencia actual de la teoría de la ventaja comparativa, a la luz de acontecimientos recientes como la pandemia de Covid-19, la decisión de India de suspender sus exportaciones de trigo y, especialmente, la guerra en Ucrania.

Para Fenavi, la teoría de la ventaja comparativa fue un “modelo que se desarrolló y perfeccionó sin referente alguno hasta el 2019, antes de que en el mundo apareciera la pandemia del covid-19 y se hubiera entrado en una crisis sin par con la invasión de Rusia a Ucrania”.

Más adelante, la Federación añadió: “La guerra, sumado al desajuste de las cadenas de desabastecimiento, está poniendo en evidencia que cuando los países ponen en manos de otros factores clave del desarrollo, como la alimentación y las fuentes de aprovisionamiento energético, se induce a crisis en los sistemas, no solo económicos, sino políticos. Y no es para menos: si países en conflicto manejan un elevado porcentaje de la proveeduría de alimentos y energía, se desequilibra cualquier sistema”, puede leerse en el boletín.  



Pero, ¿qué es la teoría de la  ventaja comparativa? Aquí se lo explicamos de manera breve y sencilla. 

Teoría de la ventaja comparativa: producir más de lo que se hace mejor 

En el siglo XVIII, David Ricardo, economista inglés, planteó la teoría de la ventaja comparativa. Si bien desde entonces esta teoría ha sido una pieza importante del capitalismo, fue con la aplicación del modelo neoliberal, desde la década de 1980, que cobró mayor relevancia. 

Esta teoría plantea que las naciones deben especializarse en la producción de aquello que mejor saben hacer, es decir, aquellos bienes en los que tienen una ventaja comparativa. A grandes rasgos, la idea detrás de este planteamiento es que, al hacerlo, podrán exportar una mayor cantidad de esos bienes y conseguir más divisas que, a la vez, les permitan adquirir en los mercados internacionales una mayor cantidad de los demás bienes. 

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De acuerdo con Ricardo, a largo plazo el planeta en su conjunto se verá recompensado. Esto se debe a que, a medida que un mayor número de países aplique la teoría, la producción global se elevará y, con ella, la riqueza que el mundo es capaz de producir. 

Al aplicar esta teoría a la producción agrícola, se tiene que países como Colombia deben especializarse en productos tropicales en los que tienen ventaja comparativa —café, banano y flores, por ejemplo—, y dejar la producción de cereales y otros cultivos en manos de países con estaciones que, a su vez, gozan de una ventaja comparativa a la hora de producirlos. 

Los productos tropicales, además, suelen ser poco mecanizables, de manera que resultan atractivos para países como Colombia no solo por las condiciones agroclimáticas de su territorio, sino porque su producción es intensiva en mano de obra —un factor que tienen en abundancia— y no tanto en capital y tecnología —factores a los que tienen menor acceso—.

¿Producir más o considerar el carácter estratégico de la producción?

Hasta aquí, la teoría tiene sentido. El problema sobreviene cuando se pone en consideración que no todos los productos agrícolas son igualmente estratégicos. Así, por ejemplo, emergencias sanitarias —y la pandemia nos enseñó que efectivamente puede haberlas— o climáticas, pero también guerras y decisiones geopolíticas, pueden dar lugar al corte parcial o total de los flujos comerciales por periodos de tiempo más o menos prolongados y a fuertes alzas de precios en los mercados mundiales. 

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En estas situaciones, no da lo mismo producir a nivel nacional café y flores que arroz y otros productos que hacen parte de la dieta básica de la población. En efecto, en eventos como los mencionados puede ocurrir que, aún teniendo divisas, no sea posible comprar comida —o por lo menos hacerlo en las cantidades necesarias— en los mercados internacionales. Puede ocurrir, también, que ante los precios altos de los alimentos una parte de la población quede imposibilitada para comprarlos. En un caso, se vería limitada la disponibilidad; en el otro, el acceso. 

Para los países ricos, producir la dieta básica es una cuestión de seguridad nacional

En el año 2001, el entonces presidente estadounidense, George Bush, planteó el tema de la seguridad alimentaria con una crudeza que recuerda los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría: 

“Es importante para nuestra nación cultivar alimentos, alimentar a nuestra población. ¿Pueden Ustedes imaginar un país que no fuera capaz de cultivar alimentos suficientes para alimentar a su población? Sería una nación expuesta a presiones internacionales. Sería una nación vulnerable. Por eso, cuando hablamos de la agricultura [norte] americana, en realidad hablamos de una cuestión de seguridad nacional”, afirmó el presidente Bush.

Los enormes subsidios a la producción de cereales y oleaginosas en muchos países metropolitanos parecen confirmar que la decisión de cultivar estos productos no solo responde a la teoría de la ventaja comparativa, sino que hay también consideraciones geopolíticas y estratégicas de por medio. 

Estas consideraciones se apoyan en la capacidad que ha demostrado el capitalismo de crear ventajas a través del desarrollo productivo y la innovación, de manera que los países logran ser altamente competitivos en rubros en los que, en principio, no tendrían una ventaja comparativa. Es así como Países Bajos, pese a contar con poca tierra —este país tiene una superficie de apenas 41.865 kilómetros cuadrados, frente a los 1.141.748 kilómetros cuadrados de Colombia—, logró convertirse en una potencia agraria mundial. Ello explica, también, que Bélgica sea un gran productor de chocolate, a pesar de no ser un país productor de cacao.

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