Las cuentas alegres de Trump con el petróleo venezolano
El petróleo venezolano es presentado por Trump como una riqueza estratégica ilimitada, pero los datos de producción, reservas y costos revelan un espejismo económico y geopolítico.
El petróleo venezolano volvió a ocupar un lugar central en el discurso de Donald Trump, convertido en justificación para una política exterior cada vez más agresiva hacia Venezuela y América Latina. Según esa narrativa, el país tendría reservas colosales capaces de transformar el equilibrio energético global y de beneficiar directamente a Estados Unidos.
Sin embargo, un análisis de las cifras, los tipos de crudo y los estándares de la industria petrolera muestra que esas afirmaciones están infladas. Las “cuentas alegres” sobre el petróleo venezolano no solo exageran el volumen real explotable, sino que omiten los enormes costos económicos, tecnológicos y políticos que implicaría convertir ese recurso en un botín estratégico.
La estratégia geopolítica de Trump
Tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro, el presidente de Estados Unidos Donald Trump intensificó una retórica que combina amenazas militares, sanciones económicas y la idea explícita de que Washington va a “gobernar Venezuela”. El petróleo venezolano aparece como uno de los ejes de esa narrativa, junto a argumentos que van desde el narcoterrorismo y la migración ilegal hasta la presencia de China, Rusia e Irán en el hemisferio occidental.
El problema es que más que una estrategia coherente, estos argumentos configuran un discurso de fuerza que recuerda otros episodios históricos que terminaron en fracasos costosos para Estados Unidos.

Producción real del petróleo venezolano
Hoy, el petróleo venezolano representa apenas cerca del 1% de la producción mundial, con unos 900.000 barriles diarios. Esta cifra contrasta con la de los grandes productores actuales: Estados Unidos concentra alrededor del 23% de la producción global, Arabia Saudita y Rusia cerca del 13% cada uno, y Canadá alrededor del 6%.
Incluso en su apogeo, durante la década de 1960, Venezuela alcanzó una producción de 3,5 millones de barriles diarios. Aun así, esa cifra era sólo una fracción de lo que producen hoy las principales potencias energéticas. Los datos desmienten la idea de que el petróleo venezolano sea decisivo para el equilibrio del mercado mundial.
El cinturón del Orinoco y el problema del crudo extrapesado
El corazón del mito del petróleo venezolano está en el cinturón petrolífero del Orinoco, descubierto en 1935. Allí se concentran enormes volúmenes de crudo extrapesado y agrio, con alto contenido de azufre.
Este tipo de petróleo es difícil y costoso de extraer y refinar. En términos prácticos, se asemeja a un gigantesco pozo de alquitrán: yacimientos marginales que sólo se desarrollan cuando se han agotado opciones más rentables. En un entorno de precios relativamente bajos del crudo, no existe un incentivo económico real para aumentar de forma masiva la producción del petróleo venezolano del Orinoco.

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Reservas 1P, 2P y 3P: la confusión deliberada
Las cifras de “300.000 millones de barriles” que suelen citarse corresponden a reservas 3P (probadas + probables + posibles). En la jerga de la industria, las reservas posibles tienen apenas un 10% de probabilidad de ser extraíbles de manera rentable.
Las reservas 1P (probadas), en cambio, tienen un 90% de probabilidad de ser económicamente explotables y sólo pueden declararse tras inversiones significativas en exploración y desarrollo. Las compañías que cotizan en bolsa en Estados Unidos están obligadas por la SEC a reportar únicamente este tipo de reservas. Las 2P (probadas + probables) ya introducen un nivel considerable de incertidumbre.
En el caso del petróleo venezolano, las cifras más difundidas pertenecen claramente a la categoría 3P, infladas por imperativos políticos durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.
Relación reservas-producción y límites reales
La relación reservas/producción (R/P) es un indicador estándar en la industria petrolera y suele oscilar entre 10 y 20 años. Con una producción actual de 900.000 barriles diarios, Venezuela tendría normalmente reservas probadas estimadas entre 3.300 y 6.600 millones de barriles.
Incluso considerando una mejora sustancial en la gestión y una inversión adicional de decenas de miles de millones de dólares, una estimación razonable elevaría ese techo a unos 30.000 millones de barriles. Aun así, esa cifra está muy lejos de los 300.000 millones que alimentan el relato político en torno al petróleo venezolano.
China, tierras raras y una estrategia más calculada
Mientras Washington sobredimensiona el valor del petróleo venezolano, China ha avanzado con movimientos más silenciosos pero efectivos. En días recientes, Pekín anunció restricciones a la exportación de productos de doble uso y tierras raras hacia Japón, una represalia vinculada a la postura japonesa frente a Taiwán.
La jugada para el analista político, Raul Fernandez, recuerda una máxima atribuida a Sun Tzu: presionar al adversario sin llevarlo a una situación desesperada. En contraste, la estrategia de Trump parece apostar más al ruido que a la eficacia.

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América Latina y la contradicción de la Doctrina Monroe
El llamado “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe busca frenar la migración y expulsar a potencias extrahemisféricas. Pero las economías latinoamericanas no son complementarias a la de Estados Unidos.
La región necesita capital y bienes de capital a precios accesibles, algo que Washington no puede ofrecer debido a sus propios déficits comerciales.
A su vez, Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano ni otros recursos primarios de América Latina, gracias a su abundante producción interna.
Un espejismo energético con antecedentes históricos
Según Fernandez, el fantasma de Winston Churchill parece observar este escenario con escepticismo. La historia reciente muestra que las aventuras basadas en premisas falsas (Vietnam, Irak, Libia o Afganistán) suelen terminar en fracaso.
En ese sentido, el petróleo venezolano funciona más como un recurso retórico que como un activo estratégico real. Insistir en él no sólo es económicamente inviable, sino que puede profundizar la inestabilidad regional y generar exactamente aquello que Washington dice querer evitar: más pobreza y más migración.
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