Un problema estructural

Victoria E. González M.
Comunicadora social y periodista de la Universidad Externado de Colombia y PhD en Ciencias Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) de la ciudad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Comunicación Social – Periodismo.
Termina la primera vuelta a la presidencia de Colombia y muchos se aprestan a exponer sus análisis sobre los resultados obtenidos. Algunos tratamos de explicarnos el comportamiento electoral del pueblo colombiano a partir de teorías políticas e incluso sicológicas. En un afán casi angustiante por racionalizar lo ocurrido le damos miles de vueltas a una realidad dura y compleja, pero por más vericuetos que recorremos, siempre, en el caso particular de quien les habla, se llega a las mismas conclusiones:
La primera de ellas es que en este país hay demasiado odio, demasiado rencor, demasiadas heridas que no se cierran. Lo llamativo es que se trata de un odio selectivo que, de un lado, nos impide perdonar a algunos y, de otro, nos deja ser cómodamente condescendientes con otros. Pero, además, no importa la gravedad de los errores cometidos, sino la vara con la que estos se miden, vara que sigue siendo puesta por unas élites culturales, económicas y políticas que encuentran cajas de resonancia en los grandes medios de comunicación para difundir y consolidar sus prejuicios y creencias.
La segunda conclusión es que tantos años de violencia y de maltrato nos han convertido en un pueblo que ha naturalizado estos fenómenos e incluso los considera necesarios, al estilo de la icónica cinta Portero de Noche, de Liliana Cavani. El que grita, el que pelea, el autoritario, el que golpea y el mal hablado es el que atrae porque ese sí tiene mano firme y carácter para poner orden. Contrasta esto, de nuevo, como en el caso anterior, la mirada maniquea de muchos que aplauden este comportamiento en algunos, pero lo reprochan en otros.
La tercera conclusión es que, contrario a lo que podría pasar en otros lugares del mundo, en Colombia hay una especie de condena a quien propone discursos coherentes o análisis profundos. El decir de muchas personas es que quien analiza, quien desmenuza, desprecia el saber de “la gente normal” y busca humillar con su sapiencia. Por eso lo que funciona es la frase corta, la fórmula elemental, la carreta, el lugar común. Aún queda en el recuerdo, en el doloroso recuerdo, el triunfo del No frente al proceso de paz. Las críticas profundas al gobierno de Santos por haber difundido un acuerdo tan largo, por no haberlo puesto en lenguaje “para niños”, porque la gente necesitaba que le explicaran que los acuerdos de paz eran importantes para el país, a la gente le urgía que la convencieran de que era necesario dejar de matarnos. Por eso, salir a votar “berracos” gracias a la desinformación y las mentiras resultó más estratégico.
La cuarta conclusión es que, viviendo en un país tan profundamente clasista, uno de los más desiguales del mundo, resulta muy complicado que las minorías privilegiadas propongan y promuevan igualdad de oportunidades para todos y todas. La narrativa de que “como estamos, estamos bien”; de que “el pobre es pobre porque quiere” y, además, “quiere todo regalado”; de que “no todos podemos ser doctores porque si no quién limpia las casas y quién cultiva la tierra”, circula y se reproduce de manera normal entre mucha gente con fin de mantener los privilegios entre las élites y convencer al oprimido de que su reino no se encuentra en este mundo.
Finalmente, la quinta conclusión es que hay una literatura, si se le puede llamar de esa manera, que circula no solo en este país sino en todo el mundo, que se ha vuelto un producto de consumo masivo, quizá para alimentar la pequeña parcelita espiritual de cada uno. Esa literatura, llamada de auto ayuda, promueve la existencia de un súperhombre o una súpermujer dormido en cada uno de nosotros, al que podemos despertar con frases que buscan convencernos de que nuestro bienestar depende exclusivamente de cada uno de nosotros. El éxito y el progreso no dependen entonces de unas condiciones determinadas por un entorno favorable, de gobiernos progresistas y responsables, sino de lo que cada uno haga por sí mismo. Por eso, la movilización social o las sanas y responsables decisiones políticas no sirven para nada ante la decisión rotunda de un súperhumano.
Estamos ante un panorama complicado, con asuntos estructurales que tenemos que cambiar para romper este círculo perverso. No van a desaparecer los oportunistas, ni los prestidigitadores de tres pesos del panorama político del país. El asunto es cuándo vamos a aprender a combatirlos y a derrotarlos.