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miércoles, 21 de enero de 2026
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Una idea peligrosa

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Guillermo Guevara Pardo

Licenciado en Ciencias de la Educación (especialidad biología) de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, odontólogo de la Universidad Nacional de Colombia y divulgador científico.

El pasado 24 de noviembre se cumplieron 164 años de la publicación de una obra que ocupa un lugar de privilegio en la historia del pensamiento humano: El origen de las especies, de Charles Darwin. El libro impactó no solo el campo del pensamiento científico, sino también el filosófico.

La conmoción ideológica que causó hizo que algunos sintieran amenazadas sus creencias y calificaron la teoría darwiniana de «idea peligrosa», pues de ella se concluía que una misma causa natural había dado origen al hombre y demás seres vivos: 


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«Hasta hace poco, la gran mayoría de los naturalistas creía que las especies eran obras inmutables y habían sido creadas por separado […] Por el contrario, unos pocos naturalistas han creído que las especies se modifican y que las formas de vida existentes descienden por verdadera generación de formas preexistentes». 

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Colección Charles Darwin’s Library. Dominio público.

Darwin, en palabras de Federico Engels, asestó «a la concepción metafísica de la naturaleza el más rudo golpe». El impacto en la ciencia de la biología no fue inmediato: durante décadas los investigadores acumularon pruebas que demostraron la veracidad de la tesis fundamental propuesta en El origen

La nueva teoría hizo más profunda la explicación biológica y llevó al genetista Theodosius Dobzhansky a formular una verdad de carácter absoluto: «Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución»; las ciencias biológicas se unificaron alrededor de la tesis darwiniana de la evolución. 

Hasta 1859 la teoría de la evolución más elaborada fue la que propuso Jean Baptiste de Lamarck, basada en los mecanismos del uso y desuso de los órganos, así como en la herencia de los caracteres adquiridos, presupuestos que resultaron falsos.

Según Darwin, Lamarck en sus obras «…sostiene la doctrina de que todas las especies, inclusive el hombre, descienden de otras especies. Fue el primero en prestar el eminente servicio de atraer la atención sobre la probabilidad de que todo cambio en el mundo orgánico, tanto como en el inorgánico, sea resultado de leyes y no de intervenciones milagrosas».


La concepción lamarckiana supone que la naturaleza es armónica, que está imbuida de un movimiento permanente de transformación que asciende hacia el éxito a través de una escalera del ser que se renueva continuamente por la generación espontánea de nuevos seres en su base y que culmina en el ser humano.

En 1831 Darwin participó como naturalista en una expedición científica a bordo del Beagle cuyo objetivo era levantar mapas de navegación de la costa de la Patagonia y la Tierra del Fuego, para después hacer medidas cronométricas en distintos lugares del mundo. 

La travesía, que duró cinco años, visitó África, América y Oceanía. En un principio, Darwin creía en la narración bíblica del origen de los organismos vivos, idea que abandonó cuando la contradicción entre su concepción creacionista y el cúmulo de observaciones geológicas, fósiles encontrados, especímenes animales y vegetales recolectados en el continente suramericano y las islas Galápagos se hizo irreconciliable. 

El paso por Suramérica fue fundamental para la elaboración de la teoría, como lo consignó en el prólogo del libro: «Cuando me encontraba como naturalista en el “Beagle”, buque de la marina real, me llamaron mucho la atención ciertos hechos que se presentan en la distribución geográfica de los seres orgánicos que viven en América del Sur y en las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los antiguos de aquel continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este libro, parecerían dar alguna luz sobre el origen de las especies, este misterio de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros mayores filósofos».   

Darwin regresó en 1836 y jamás volvió a salir del Reino Unido. Durante años se dedicó a organizar el material recolectado, meditar, experimentar, dialogar con agricultores, ganaderos, colombófilos, intercambiar correspondencia y conceptos con los naturalistas más importantes de la época intentando encontrar el «motor» que explicara racionalmente el cambio evolutivo. 

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Sospechaba que la explicación buscada no podía ser muy distinta a la selección artificial que durante milenios el hombre ha practicado con plantas y animales domésticos, así como en la cría de razas de perros, caballos y palomas. 

La genialidad de Darwin consistió en proponer un mecanismo material para la evolución de las especies: la selección natural, una selección sin necesidad de seleccionador.


A la misma conclusión llegó Alfred Russel Wallace gracias al estudio de la distribución natural de fauna y flora en el archipiélago de las Molucas: la supervivencia de los mejor adaptados era la ley natural largamente buscada que explicaba claramente el problema del origen de las especies. 

Un dato interesante en esta historia de la ciencia es que para los dos naturalistas fue muy importante la lectura de una obra de economía: Ensayo sobre el principio de la población, de Thomas Malthus.

Tras muchos avatares, el darwinismo fue finalmente acogido como la teoría para investigar las causas materiales del cambio en el mundo orgánico. Al aceptarse la selección natural como «motor» de la evolución, la biología se hizo científica y se liberó de la pesada carga de pensamiento metafísico que hasta entonces oscurecía sus explicaciones. La genial idea de Darwin permitió entender por qué el hombre, el gusano y la flor han podido existir en este planeta.