La ciencia refleja las jerarquías globales, pero no es intrínsecamente hegemónica: Enrique Forero
Hablamos con el biólogo y botánico Enrique Forero, quien termina su periodo como presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, sobre la ciencia que se hace en el país, lo que se necesita para avanzar en innovación y el candente debate sobre la llamada ciencia hegemónica que se ha dado en las últimas semanas.
Forero es botánico de la Universidad Nacional de Colombia y doctor en biología de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Tras décadas como profesor e investigador adscrito a la Universidad Nacional de Colombia, fue nombrado presidente de la Academia, cargo que ejerció desde agosto de 2013.
Hoy, 17 de agosto, dejará la presidencia de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. ¿Quién asumirá la presidencia de la Academia y qué perfil tiene?
Por primera vez en 86 años, que es lo que tiene la Academia de estar funcionando, tendremos una mujer como presidente. Se trata de la doctora Helena Groot, quien es microbióloga y genetista, y se desempeña como profesora y directora del Instituto de Genética Humana de la Universidad de los Andes. Es una persona muy reconocida en su campo. Lleva muchos años en la Academia, es miembro honorario y ahora aceptó el reto de presidirla.
¿Cuál es su lectura del momento que vive la ciencia que se hace en el país?
Hay dos miradas muy valiosas. Por un lado, es importante decir que la ciencia que se hace en Colombia es muy buena. Nosotros tenemos gente valiosísima, que está haciendo contribuciones a nivel nacional e internacional muy importantes. Los miembros de la Academia, por ejemplo, son todos reconocidos a nivel internacional porque publican en el mundo entero, participan en congresos, son miembros de comités editoriales de revistas mundiales reconocidas por su prestigio, hacen parte de redes internacionales de científicos… Nada de eso se lograría si no fuera buena la ciencia que se hace aquí. Esa es una primera mirada. Yo pienso que Colombia es un país riquísimo en su capacidad intelectual y en su capacidad científica.
Por el otro lado, está el problema de que estamos amarrados a unas normas internacionales que nuestros científicos consideran que tienen que cumplir porque de lo contrario no son nadie. El sistema está amarrado a estas normas también y eso es gravísimo. Estos Índices, estos sistemas de clasificación y calificación, se han vuelto un fin en sí mismo y no un medio. Son normas que nos han impuesto las grandes empresas norteamericanas y europeas para poder figurar en el panorama científico mundial.
Incluso, muchas veces hay que pagar miles de dólares o de euros para que publiquen un artículo. Algunas universidades nuestras pagan para que les publiquen los artículos de sus profesores. A mí me parece que eso es terrible y que va en contra de la ciencia. Muchas universidades de los Estados Unidos y de Europa se han opuesto a eso y han tomado medidas para cambiar esto, pero sigue ocurriendo. Es casi una mafia y nos hace mucho daño.
Hay muchos científicos que hacen contribuciones a nivel local o nacional. Hay publicaciones importantes para el país, por ejemplo sobre plagas de cultivos nuestros o volcanes de Colombia, pero no se valoran porque no responden a los índices internacionales.
Es una opinión muy personal. Hay gente que la comparte y gente que no, inclusive dentro de la Academia. Yo creo que la investigación que uno hace debe ser de alta calidad, ojalá para las revistas Q1, pero también debe responder a las necesidades de la sociedad. El científico debe salirse un poquito de su laboratorio, mirar lo que hay a su alrededor y tratar de ayudar a resolver los problemas. Estos índices y normas internacionales no están contribuyendo a eso.
El presupuesto para ciencia se ha reducido en los últimos años. ¿A qué se debe esto y qué consecuencias prácticas ha tenido?
Desafortunadamente, se debe a que quienes toman las decisiones no comprenden la importancia de la ciencia, pero también a la falta de comprensión por parte de la sociedad. Nosotros hacemos un esfuerzo grande de divulgación, con el propósito de que la gente aprenda un poco de ciencia y entienda su importancia, pero todavía falta mucho camino por recorrer.
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Colombia invierte muy poco en ciencia. Los gobernantes le hacen saludos a la bandera, pero a la hora de la verdad la ciencia no aparece por ninguna parte. La falta de presupuesto genera, por ejemplo, que aprueben un proyecto en el Ministerio de Ciencias por tres años. Terminan los tres años, se acaba el presupuesto y se pierde la continuidad. Con esos límites de tiempo y de presupuesto es muy difícil que las investigaciones científicas alcancen todo su potencial. Los científicos se las arreglan para trabajar con las uñas u obtener financiación del exterior, pero esto no es suficiente. Se necesita que el país reconozca la importancia de la ciencia e invierta más en ella.
Últimamente se ha debatido sobre lo que varios académicos, especialmente de disciplinas como la antropología, la sociología y la historia, han llamado la ciencia hegemónica. ¿Cuál es su punto de vista al respecto?
Mucho de lo que se ha dicho es falaz. Se dijo que los científicos no escuchamos a las comunidades. ¡Mentira! Nosotros llevamos toda la vida, en investigación, hablando con las comunidades. No podríamos hacer lo que hacemos si no habláramos con ellas. Que las comunidades no lleguen a niveles de gobierno no es problema de los científicos; es problema de otros. En mi caso, que soy botánico, ¿cómo voy al Chocó y no les pregunto a los habitantes de la región? muchas veces ellos mismos me buscan y me muestran por su cuenta para qué sirve una planta, cómo se prepara. Esa información es valiosísima. Yo mismo dirigí tres tesis de maestría en etnobotánica, y la etnobotánica es eso, entender para qué y cómo usan las plantas determinadas comunidades. No sería posible hacer esos estudios sin la participación y la aprobación de ellas.
El otro argumento que se ha planteado es que la ciencia le ha hecho mucho daño a las personas y a la naturaleza. Ese argumento también es falaz. ¿Cómo habríamos logrado tener vacunas contra el coronavirus en diez meses si no hubiera habido ciencia básica y aplicada? La ciencia le sirve mucho a la sociedad. A todos nosotros nos vacunaron cuando éramos chiquitos contra enfermedades horribles, y estas vacunas fueron producidas gracias a la ciencia occidental.
Que la ciencia se use mal es otra cosa. Que haya gente que hace una bomba atómica con el descubrimiento de un científico es muy grave, pero no es culpa de la ciencia en sí misma ni de la comunidad científica en su conjunto. Es problema del que la usa mal, pero decir que la ciencia trabaja para el mal de la sociedad es falaz. La inmensa mayoría de nosotros trabaja, como se dice, bona fide, de buena fe. Es la curiosidad del ser humano la que nos lleva a hacer ciencia. Lo que nos motiva es saber cómo funciona la naturaleza a nuestro alrededor y, así como esto llama a la persona que vive en el Chocó, llama también al científico que trabaja en la Universidad Nacional de Bogotá. Y se hacen ingentes esfuerzos por contribuir con esa información al desarrollo de las comunidades. Eso también se ha hecho históricamente; que no suene y que no se conozca es otra cosa, pero que se ha hecho, se ha hecho.
La otra cuestión que se ha planteado es el problema de género. Ese problema existe, claro que sí, pero no se debe negar que se están haciendo avances. ¿Por qué convertir esto en una barrera cuando, por ejemplo, nosotros acabamos de elegir a una mujer científica como presidente de la Academia de Ciencias, para no ir más lejos? En la Academia aumentó el número de mujeres, de 20 a 50, en nueve años. Esto es un proceso y se han hecho avances importantes.
El último argumento al que me quiero referir es el que plantea que la ciencia es hegemónica y discriminatoria. Sí, eso es verdad, a todos los niveles, y se debe trabajar para cambiar esta realidad. Ya lo mencioné. Los índices internacionales se han convertido en un lastre para la ciencia de países como el nuestro. Una publicación de un latinoamericano tiene muchas dificultades para ser publicada en los Estados Unidos o en Europa, bien sea porque es latinoamericano o porque trata sobre un tema o defiende un punto de vista que no está de moda por allá. Entonces, le ponen ocho pares evaluadores, a ver si al fin logra pasar al otro lado, después de que le han hecho cambiar el artículo mil veces. Esa hegemonía existe y refleja las jerarquías que existen entre los países. La propuesta, entonces, es que nos opongamos juntos a eso y tratemos de resolverlo, en vez de pelear entre nosotros.
Yo creo que los argumentos que se expusieron en la famosa carta que publicaron algunos miembros del Pacto Histórico se pueden resolver desde que se miren desde otro punto de vista y no desde ideologías que no llevan a ninguna parte. Yo no soy liberal, conservador, uribista, petrista… La ciencia que yo he hecho nunca ha tenido un cariz político ni ideológico y sé que ese es el caso de la inmensa mayoría de científicos. La Academia de Ciencias se describe como una academia libre de intereses políticos, económicos y comerciales.
¿Pero puede decirse que la ciencia es etnocéntrica o que sus resultados favorecen más a unos grupos sociales que a otros?
Sí, eso ocurre porque así es como está organizado el mundo y el país. La ciencia termina reflejando las estructuras sociales, a nivel nacional e internacional, pero esas son jerarquías que trascienden la actividad científica; no quiere decir que la ciencia en sí misma sea así. La invitación es a que trabajemos juntos para resolver los problemas, en vez de polarizarnos por cuestiones ideológicas.
Hablemos ahora de la innovación. ¿Cómo está el país en este tema?
Colombia no innova. En Colombia hay 20 empresas grandes que innovan, es decir, que le meten plata a investigación y desarrollo, que es lo que lleva a la innovación. Entre ellas están Nutresa, Argos, Alpina, Sura y Corona. Por eso es que vemos cada rato nuevos productos de Corona y que Alpina avanza en el mejoramiento de la calidad de sus productos, pero hay dos millones de empresas en Colombia que no saben ni siquiera qué significa la palabra “innovación”. Es el caso especialmente de las mipymes (micro, pequeñas y medianas empresas).
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Una de las propuestas que nosotros estamos haciendo es que se creen institutos de investigación en áreas estratégicas, como la minería y la industria, para ayudar a resolverles los problemas a las empresas y que puedan innovar. Es decir, que una empresa pequeña tenga la posibilidad de acudir a uno de estos institutos y decir “tengo este problema, ayúdenme a resolverlo”. Ojalá fueran financiados por el Estado, así como pasó en el Brasil, por ejemplo, con Embrapa, que es la Empresa Brasilera de Pesquisa Agropecuaria.
Aquí hay algo parecido, que es Agrosavia. Agrosavia es una Embrapa chiquita, pero de todas maneras grande. Recientemente se ha fortalecido y gracias a Juan Lucas Restrepo llegó a ser lo que es hoy, con aproximadamente 150 doctores. En este caso, Agrosavia ayuda a resolverles los problemas a los agricultores.
Ese es el tipo de institución que necesitamos, no solo para que el país pueda aprovechar los conocimientos de cientos de doctores que no encuentran trabajo, sino para aumentar la productividad y mejorar la competitividad de los distintos sectores productivos a nivel mundial.
Y lo otro que hay que modificar es la normativa. Importar algo para hacer investigación o exportar los productos es un dolor de cabeza. Cuando uno termina de reunir los papeles que se necesitan, la sustancia química que uno iba a comprar ya se dañó o cuesta tres veces más. Mientras las normas no cambien y se simplifiquen, no vamos a progresar.
Hay quienes plantean que países como Colombia no deben hacer grandes inversiones en ciencia y tecnología, pues no todas las investigaciones dejan réditos concretos. Otros opinan que se les debería dar mayor cabida en el presupuesto a otras formas de producción de conocimiento. ¿Cuál es su lectura al respecto?
Yo soy vehemente defensor de que hay que hacer ciencia en el país. Colombia es uno de los países más ricos del mundo en todo: en territorio, en biodiversidad, en cultura, en gente… Esa idea de que la ciencia la hagan otros es fatal. Nosotros tenemos, para dar un ejemplo, 35.000 especies de plantas, y no hemos estudiado ni la milésima parte. ¿Cuánta riqueza hay ahí, solo en eso? ¿Cuánta riqueza hay en el mar? no sabemos, no hemos estudiado nuestros mares. La mayoría de colombianos no sabe que Colombia tiene 930.000 kilómetros cuadrados de mar y que eso es prácticamente lo mismo que tiene en tierra. En tierra tiene 1.138.000 kilómetros cuadrados. Debemos aprender cómo aprovechar de forma sostenible toda esa riqueza que tenemos.
¿Qué debe cambiar para que Colombia innove más y transfiera más conocimientos y aplicaciones científicas a la industria, el agro y los demás sectores productivos?
Además de aumentar el presupuesto destinado a ciencia e innovación, debemos trabajar en el enlace entre los centros de investigación y las empresas. Por ejemplo, en las universidades colombianas se han hecho muchas investigaciones sobre plantas medicinales y alimenticias, trabajando con las comunidades, pero están guardadas en anaqueles y de ahí no salen. ¿Por qué? porque nos falta aprender a dar ese pasito, entre la producción del conocimiento y el aprovechamiento económico de ese conocimiento en formas sostenibles.
En Alemania existe un instituto que se llama Fraunhofer, que es eso. La universidad produce el conocimiento, se lo pasa al Fraunhofer y este instituto lo convierte en algo que las empresas pueden comercializar y la gente puede utilizar. Por ejemplo, los investigadores de la universidad investigan cosas relacionadas con los carros eléctricos y le pasan la información al Fraunhofer para que la perfeccione, la tecnifique y ayude a sacarla al mercado. Nosotros no sabemos hacer eso. Si hiciéramos minería de datos y buscáramos el conocimiento que hemos producido sobre una multitud de temas, seríamos un país riquísimo.
Crear los institutos que mencioné también ayudaría a que las universidades no pierdan su razón de ser con contratos a tres o seis meses, muy poco efectivos a la hora de hacer ciencia y de garantizarles buenas condiciones laborales a los investigadores.
Mientras no entendamos que la ciencia no se hace de un día para otro y que es importante desarrollar lo que la Misión de sabios ha llamado la bioeconomía, no vamos a poder apoyar con innovación los sectores productivos ni aprovechar el potencial de los doctores que estamos formando con recursos públicos y gran esfuerzo.
Pero, para todo eso, el Estado tiene que entender que es clave invertir en ciencia y tecnología. Solo aquellos países que han invertido al menos el 0,8% de su Producto Interno Bruto (PIB) en Investigación y Desarrollo (I + D), comienzan a tener inversión —como contrapartida— de la empresa privada. Eso está demostrado, por ejemplo, en Nueva Zelanda y en Finlandia. Colombia, en cambio, solo invierte el 0.25% del PIB en I+D.
Cambiemos un poco de tema. El ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación fue el último que nombró el presidente, Gustavo Petro. ¿En qué momento la ciencia, que en principio es neutral, quedó envuelta en una situación como esta? ¿cómo lee esto que pasó?
Muchos científicos, incluyéndome a mí, estamos totalmente desconcertados. A muchos científicos, que teníamos ciertas expectativas, se nos fueron al piso. No solo casi no se nombra el ministro, sino que se encargó a una persona que viene del gobierno anterior y ha sido cuestionada.
¿En qué posición está la ciencia en la mente del presidente de la República? Cuando era candidato vino a la Academia de Ciencias a decirnos que había que propender por la llamada sociedad del conocimiento y por el desarrollo de la ciencia, pero luego mandó un mensaje de poca importancia. En el discurso de posesión, por ejemplo, casi no mencionó la ciencia. La mencionó en medio de frases largas, pero no mandó el mensaje de que va a ser una prioridad en su gobierno. El presupuesto de ciencia para este año va a ser una vergüenza, lo cual es responsabilidad del gobierno anterior, pero hasta ahora no se ha dicho que esto va a cambiar.
En mi caso personal, estoy triste, frustrado, tan confuso como está todo el mundo y sin saber qué pasó. Creo que el documento de la llamada ciencia hegemónica hizo mucho daño porque hizo un ruido que no se necesitaba en este momento.
Más allá del nombramiento del ministro, ¿qué cambios ve venir en la política de ciencia?
En este momento no sé qué pensar. Si me devuelvo una semana, nosotros aspirábamos a que este gobierno mejorara el presupuesto, creara los institutos que mencioné, incentivara desde la investigación básica hasta la investigación aplicada o aplicable…
Muy importante, aspirábamos a que los científicos pudiéramos asesorar seriamente al gobierno desde nuestro conocimiento. Los asesores científicos no lo saben todo, pero cuando hay algo que resolver le preguntan al que sí sabe y le presentan al presidente las mejores opciones para que él decida.
Cuando no hay ese asesoramiento, las decisiones dependen de lo que el periódico o el columnista más influyente dice. O dependen de su círculo cercano, que está conformado por personas que no saben nada de ciencia, pero que creen que tienen las respuestas para todo.
Dentro del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología que se aprobó el año pasado se creó el Consejo Científico Nacional. Tiene unas funciones establecidas en el decreto, pero no sabemos bien cómo se van a cumplir.
En Colombia hay diez academias —de Medicina, Lengua, Historia, Geografía, Jurisprudencia, Patronato de Artes y Ciencias, la Sociedad de Ingenieros, la Sociedad de Arquitectos, la Academia Colombiana de Ciencias Económicas y la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales—, y estas conforman el Colegio Máximo de las Academias. El conocimiento que sus miembros tienen sobre la realidad del país es muy grande. Si los gobiernos entendieran que tienen ahí asesoría del más alto nivel para todas las áreas estratégicas del país y los problemas que este enfrenta, no tendrían que traer misiones extranjeras que cuestan una millonada y nos dicen qué tenemos que hacer sin conocer la realidad nacional.
Por último, hablemos de la etapa que termina. ¿Cuál es su balance de estos nueve años al frente de la institución?
La Academia es muy activa en educación, en política científica y en medio ambiente. Hemos participado en el Plan Nacional Decenal de Educación 2016-2026, en planes de desarrollo, en la creación del Ministerio de Ciencias, en la creación de la Misión de Sabios, en el Conpes que salió el año pasado….
Durante mi presidencia, además, trabajamos en cinco campos principales:
- Divulgación. Esta ha sido una prioridad para la Academia y en estos nueve años nos preocupamos por seguir avanzando en este campo. En 2014 creamos, por ejemplo, un programa de radio en la emisora de la Universidad Nacional de Colombia, que se llama “Panorama de la Ciencia” y que todavía existe. En Bogotá también ampliamos la diversidad. Aumentó, por ejemplo, la participación de universidades como la Javeriana y los Andes. La Universidad Nacional sigue siendo la más fuerte, pero ha aumentado la presencia de otras.
- Regionalización de la Academia. Nos hemos esforzado para que la Academia se descentralice y refleje la diversidad del país. Al respecto, vale la pena mencionar la creación de la Cátedra de la Academia, que es un programa mensual en el que científicos de distintas partes del país van a otras ciudades a dictar conferencias sobre su trabajo. En este momento tenemos Cátedra en la Universidad del Magdalena, en las universidades del Tolima y de Ibagué, y en la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla.
También fortalecimos los capítulos regionales de la Academia: el de Antioquia, el del suroccidente, el del nororiente y el del Caribe. Incluso, dos de estos capítulos se crearon en estos años en los que estuve al frente.
En Bogotá también ampliamos la diversidad. Aumentó, por ejemplo, la participación de universidades como la Javeriana y los Andes. La Universidad Nacional sigue siendo la más fuerte, pero ha aumentado la presencia de otras.
- Equidad de género. El valioso aporte de las mujeres a la ciencia ahora está mucho mejor representado en la Academia. En 2013, cuando empecé a presidirla, había 22 mujeres. Hoy, hay alrededor de 50. Ninguna mujer era miembro honorario y hoy tenemos tres.
- Internacionalización. Cuando asumí la presidencia de la Academia, esta hacía parte de dos o tres organizaciones mundiales. Hoy, somos miembros o tenemos representantes en cerca de diez organizaciones de nivel mundial.
Gracias a la actividad que ha tenido la Academia en los últimos años, hemos sido reconocidos por las otras Academias nacionales como una academia que funciona y que es importante para la región, al punto de que hoy por hoy somos el punto focal para América Latina y el Caribe del Consejo Internacional de Ciencias. Este Consejo unió, en el año 2018, al Consejo Internacional de Ciencias Naturales y al Consejo Internacional de Ciencias Sociales, con el propósito de romper las barreras que existen entre ambas ciencias.
- Revivir la memoria de Francisco de Paula Santander. Si bien sus puntos de vista han sido ampliamente tergiversados, Santander le dio una gran importancia a la ciencia y se preocupó por desarrollar los conocimientos necesarios para modernizar el país. Para mí ha sido muy importante dar a conocer sus aportes en este campo.
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