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jueves, 16 de abril de 2026
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La muerte de un hominino

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Guillermo Guevara Pardo

Licenciado en Ciencias de la Educación (especialidad biología) de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, odontólogo de la Universidad Nacional de Colombia y divulgador científico.

“…se contestan mejor las preguntas filosóficas desde el conocimiento científico que desde la ignorancia o el dogma”. Juan Luis Arsuaga

Llega la muerte y el polvo de estrellas que éramos vuelve al medio ambiente. Somos el único animal consciente de su destino final, sentimiento que lleva a creer en un «más allá» (Este mundo es el camino para el otro, escribió Jorge Manrique), inventar mitos religiosos, plantear disquisiciones de carácter filosófico (según Heidegger, la muerte es el principal acontecimiento de la existencia humana) o plasmarlo en producciones artísticas (El triunfo de la Muerte, de Pieter Brueghel el Viejo).


La muerte natural, la que viene de adentro, también es un problema de la ciencia, pero no la causada, por ejemplo, por la mordida del «dientes de sable» que quebró la garganta de algún australopiteco o la del guerrero moteca del cuento La noche boca arriba, de Cortázar.

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La evolución del ser humano ha recorrido fases progresivas de complejidad creciente, empezando por la adquisición de la postura bípeda, pasando por el aumento del tamaño cerebral, la elaboración de herramientas, el lenguaje articulado y el dominio del fuego. Estos avances catalizaron el surgimiento del pensamiento simbólico y el concepto de muerte adquirió nuevas dimensiones.

Parte de lo que nos define como humanos son los ritos funerarios. Se pensaba que esta conducta era exclusiva del Homo sapiens. En Israel se han hallado tumbas que tienen entre 120.000 y 90.000 años de antigüedad. Sobre este comportamiento la especialista María Martinón-Torres comenta que “la realización de actos rituales, gestos que no tienen una finalidad práctica, ponen de manifiesto la complejidad mental y social de una especie que mantiene vínculos con los demás incluso cuando ya han muerto”. 

Posteriormente se demostró que los neandertales también practicaron ritos funerarios. En distintos sitios arqueológicos de Europa y Asia se han encontrado pruebas de enterramientos de individuos de distintas edades; por ejemplo, hace 41.000 años una familia neandertal en La Ferrassie, Francia, sepultaba a su hijo de dos años. 

A propósito de este descubrimiento, el paleoantropólogo Antoine Balzeau anotó: “El origen de las prácticas funerarias tiene importantes implicaciones para el surgimiento de las llamadas capacidades cognitivas y comportamientos modernos”.


En la Sierra de Atapuerca (España) se encontró en 1998, junto a 30 fósiles humanos, una hermosa hacha (Excálibur) de cuarcita roja (piedra que no se consigue en el entorno de la sierra) tallada con mucho refinamiento, considerada parte de un rito funerario de hace unos 400.000 años. El bello ajuar mortuorio muestra que el grupo humano que la elaboró (Homo heilderbergensis) tenía una cultura de la muerte. 

Se supone que Excálibur se puso de manera intencional en medio de los cadáveres depositados en el fondo la llamada Sima de los Huesos a 13 metros de profundidad cuando, en algún momento, alguien la arrojó allí: ¿Fue un homenaje a los fallecidos? ¿Se talló específicamente para esa ocasión?  ¿Pertenecía a alguno de los muertos? 

Otros hallazgos en Atapuerca muestran que hace unos 800.000 años integrantes de la especie Homo antecessor canibalizaron a unos 10 infantes de ambos sexos. Parece ser que la masacre no obedeció a necesidades gastronómicas, sino que tuvo otro tipo de motivación cultural. 

Los huesos de los canibalizados tenían cortes hechos con herramientas de piedra y fracturas intencionales, ritual que se mantuvo durante cientos de miles de años. De alguna manera ese acto contribuyó a cohesionar el grupo social, especializado en la caza del bisonte, práctica que implica una compleja organización social y técnica. ¿Los antropófagos buscaban apropiarse del yo de sus víctimas? 

En 2014, el paleoantropólogo Lee Berger describió una especie nueva de hominino, Homo naledi, a partir de los restos fósiles de 15 individuos de diferentes edades descubiertos en el sistema de cuevas Rising Star, cerca de Johannesburgo. Tenían un volumen cerebral relativamente pequeño, 500 centímetros cúbicos, estatura de unos 1,50 metros y peso promedio de 45 kilogramos. La anatomía de manos y tórax indica que podían trepar a las copas de los árboles y que no estaban adaptados para recorrer grandes distancias. Homo naledi existió hace aproximadamente 300.000 años, es decir, vivió con los representantes más tempranos del Homo sapiens.

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Los restos fósiles se encontraron en el fondo de una cueva a 40 metros de profundidad y para llegar hasta ellos hay que atravesar túneles estrechos de unos 25 centímetros de ancho. Lo interesante es que las osamentas no parecen haberse depositado allí de manera accidental, arrastradas por una corriente de agua ni llevadas por algún animal (los huesos no muestran marcas de depredación). 

Inicialmente, se propuso que Homo naledi puso de manera intencional los muertos en el fondo de la cueva, hipótesis que fue rechazada aduciéndose que ese no podía ser el comportamiento de una especie cuyo cerebro era escasamente más grande que el de un chimpancé.  


Christopher Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, fue uno de esos críticos, pero ante la evidencia ha tenido que cambiar de opinión: «Yo podría haber sido una de esas personas escépticas ante la idea de que una criatura de cerebro pequeño como el Homo naledi pudiera adentrarse en la cueva para deshacerse de sus muertos». Y añadió: «Pero tengo que decir, por lo que he visto hasta ahora, que sí, que cambia mi punto de vista sobre el equilibrio de probabilidades». 

En Rising Star hay restos de adultos y niños en posición fetal, inhumados cuidadosamente en fosas que fueron excavadas y cubiertas de tierra. Uno de los adultos tenía junto a su mano derecha una roca con forma de herramienta. 

Recientemente se ha encontrado que Homo naledi grabó símbolos geométricos en las paredes de las cuevas mortuorias. Sobre esto, el doctor Berger señaló: “Estos hallazgos recientes sugieren entierros intencionados, el uso de símbolos y actividades de creación de significados por parte del Homo naledi. Parece una conclusión inevitable que en combinación indiquen que esta especie de antiguos parientes humanos de cerebro pequeño realizaba prácticas complejas relacionadas con la muerte”. 

Los enterramientos ocurrieron 100.000 años antes de los realizados por Homo sapiens. Estos descubrimientos parecen indicar que no hay necesidad de un cerebro de gran tamaño para elaborar conductas complejas. Tal vez el aspecto principal sean las conexiones neuronales. 

El misterio de la muerte tiene una historia muy anterior a las grandes civilizaciones de la antigüedad: Grecia, Babilonia, Egipto. Ciencia y razón deben ser las bases para enfrentar con estoicismo el instante en el cual todas las contradicciones de la existencia humana dejan de ser.