Ramsar
Santiago Quintero Pfeifer
Politólogo de la Universidad de los Andes, creador de contenido.
El 2 de febrero de 1971, en la ciudad de Ramsar, en el entonces Irán Pahlaví, se firmó la Convención relativa a los Humedales de Importancia Internacional. Desde entonces, el nombre de esa ciudad quedó asociado a la protección mundial de los humedales y pasó a integrar el vocabulario ambiental de múltiples comunidades alrededor del mundo.
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Bogotá no es ajena a ese legado. La capital cuenta con 17 humedales declarados Reservas Distritales según su Plan de Ordenamiento Territorial, y once de ellos tienen la categoría de Humedales Ramsar: El Burro, Tibanica, La Vaca, El Tunjo, Capellanía, Santa María del Lago, Córdoba, Jaboque, Juan Amarillo, La Conejera y Torca-Guaymaral. Es decir, una ciudad andina incorporó al corazón de su estructura ecológica principal el nombre de una localidad situada al otro lado del mundo.
Ahí surge la paradoja. Ramsar fue escenario de un acuerdo internacional pionero en la defensa de ecosistemas estratégicos. Ocurrió bajo una monarquía que pocos años después sería derrocada en medio de una profunda crisis política y social. En 1979 se instauró la República Islámica bajo el liderazgo del Ayatolá, en un proceso que transformó radicalmente el sistema político iraní y que marcó el inicio de décadas de tensiones internas y externas.
Desde entonces, el país ha vivido bajo un modelo teocrático que ha sido objeto de fuertes cuestionamientos por sus restricciones a las libertades civiles, especialmente frente a las mujeres y a la oposición política. En distintos momentos, amplios sectores de la sociedad iraní han salido a las calles para exigir cambios, pagando en muchos casos un alto costo humano.
Resulta inevitable reflexionar sobre el contraste: la ciudad que dio nombre a uno de los instrumentos ambientales más importantes del planeta pertenece hoy a un país atravesado por profundas disputas sobre derechos y libertades. Mientras en Bogotá la palabra “Ramsar” evoca restauración ecológica, educación ambiental y defensa del agua, en Irán suena en medio de debates mucho más dramáticos sobre el poder, la dignidad y el futuro político.
Las convenciones internacionales sobreviven a los regímenes, y los nombres trascienden las coyunturas. Ramsar quedó inscrita en la historia ambiental del mundo, incluso más allá de la evolución política de la nación que la albergó. Quizá esa sea la lección más interesante: los acuerdos que protegen la vida —ya sea la de los ecosistemas o la de las personas— siempre terminan siendo más duraderos que las estructuras de poder que intentan restringirla, incluso en Ramsar.
PD/ Diversos medios internacionales, entre ellos The Guardian, han documentado cifras alarmantes de víctimas en el marco de las protestas contra el régimen encabezado por el ayatolá Alí Jamenei. Más allá del debate sobre los números exactos, la represión violenta contra manifestantes constituye una grave vulneración de los derechos humanos. Desde estas líneas expreso mi solidaridad con las víctimas y con quienes reclaman libertades fundamentales.