El origen histórico-religioso del conflicto árabe-israelí
Manuel Guillermo Sarmiento García
Profesor Emérito de la Universidad Externado de Colombia. Director del Departamento de Derecho del Transporte e Infraestructura de Transporte.
La guerra en la franja de Gaza que ha sacudido al mundo en las últimas semanas y que amenaza extenderse a toda la región del medio oriente, con el grave riesgo de enfrentar a las grandes potencias en una guerra de consecuencias impredecibles, hay que analizarla desde una perspectiva histórica que está íntimamente vinculada con el origen del conflicto árabe-israelí.
Sin perjuicio de condenar las inhumanas acciones del grupo terrorista Hamás que desencadenaron esta guerra, hay que investigar cuál es el origen del conflicto árabe-israelí.
Este no se remonta exclusivamente a la creación del Estado de Israel en 1948, cuando el dirigente sionista David Ben Gurión declaró la independencia del Estado de Israel, con fundamento en la resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que decidió la partición del territorio de Palestina en un Estado Judío, un Estado Árabe y una zona bajo régimen internacional particular en la ciudad de Jerusalén, sino que hay que buscarlo en las raíces religiosas y culturales que desde los tiempos bíblicos enfrentan a estos dos pueblos.
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Históricamente existen tres religiones monoteístas: el cristianismo, el judaísmo y el islam. Cada una de ellas considera que existe un único Dios, creador del universo, ya que el término monoteísmo proviene del griego: monos “uno” y theos “dios”, a diferencia del politeísmo que es la creencia en varios dioses.
Sin embargo, lo interesante de destacar en estas tres religiones monoteístas es que tienen un tronco común, como son las enseñanzas del profeta Abraham, que el libro del Génesis nos presenta como uno de los grandes patriarcas del judaísmo, a quien Dios le prometió llevar a su pueblo a la tierra prometida de Canaán. Por esta razón las religiones monoteístas se han denominado también religiones abrahámicas.
Abraham (1.813-1.638 a. C.) tuvo dos hijos a muy avanzada edad, Ismael e Isaac. El primero a los 86 años con una esclava egipcia llamada Agar y el segundo con su esposa Sara a la edad de 100 años.
La tradición judeo-cristiana y el Islam discuten si el sacrificio ordenado por Dios a Abraham fue con su hijo Isaac. como lo menciona tanto la Biblia como la Torá, o con Ismael, como lo sostiene el Corán.
Lo cierto es que Ismael, quien fue expulsado junto con su madre Agar del hogar de Abraham, por ser un hijo ilegítimo de este, se considera el antepasado de los ismaelitas o árabes.
Así se desprende del Corán, y es aquí donde se ubica el antecedente histórico-religioso, derivado de una disputa familiar que da origen al conflicto árabe-israelí, ya que los judíos y los cristianos provienen de la descendencia de Isaac, mientras que los árabes son descendientes de Ismael, pero ambos pueblos provienen de un tronco común, que fue el patriarca Abraham, y de un territorio común, que era la tierra prometida de Canaán, donde mana leche y miel (Éxodo 3:8), situada entre el mar mediterráneo y el río Jordán, hoy conformada por Gaza, Israel y Palestina.
Posteriormente vino la diáspora judía, que tuvo diferentes etapas, y como consecuencia de esta la dispersión del pueblo judío por el mundo. Primero con el llamado “cautiverio babilónico” (años 597 y 587 a.C.), y la más representativa durante la época del Imperio romano con las tres sangrientas guerras judías, la primera durante los años 66-73 d.C., la segunda en los años 115-117 d.C. y la tercera en los años 132-135 d. C. que pusieron fin, durante casi dos mil años, a las aspiraciones nacionales y territoriales del pueblo judío.
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Durante todo el largo período que duró la diáspora judía, los territorios de Palestina, que hoy conforman Gaza, Israel y Cisjordania, fueron dominados por el Imperio romano de Oriente (Bizancio, años 313-636 d.C.), por los Árabes (años 638-1.099 d. C.) y por los Cruzados (años 1.099-1.291 d. C.).
A partir del año 1517, Palestina fue conquistada por los turcos y anexada al Imperio Otomano, hasta el final de la Primera Guerra Mundial, cuando las fuerzas británicas ocuparon la región, que era habitada predominantemente por el pueblo árabe de origen musulmán, y dieron lugar al mandato británico sobre Palestina, ordenado por la Sociedad de las Naciones, que se prolongó de 1920 a 1948 con la creación del Estado de Israel.
Sin embargo, el exterminio del pueblo judío por el régimen nazi, durante la Segunda Guerra Mundial, volvió los ojos del mundo hacia Palestina y al derecho que tenían tanto el pueblo judío como el palestino a tener cada uno un territorio propio y un Estado independiente, lo cual solo se ha logrado en parte.
Si bien se creó el Estado de Israel en 1948 —que hoy, no obstante, lo reducido de su territorio es una potencia tanto económica como militar, con el apoyo financiero del movimiento sionista internacional, especialmente radicado en los Estados Unidos—, no ha sucedido lo mismo con el pueblo palestino, que ha padecido durante 75 años el sufrimiento de una nación ocupada y sometida por una potencia militar como lo es Israel.
Esta ocupación ilegal del territorio palestino, contraria a las resoluciones de las Naciones Unidas y a los Acuerdos de Oslo de 1993, no justifica obviamente las acciones terroristas de los grupos Hamás y Hezbollah, especialmente la acontecida hace pocas semanas en el territorio israelí cercano a la frontera con la franja de Gaza, que ha sido el detonante de esta guerra, que se puede calificar de fratricida, ya que se trata de dos pueblos con idénticos origines étnicos y religiosos.
Así como aconteció con el holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial, este conflicto debe llamar la atención del mundo para que no se produzca un segundo holocausto, esta vez del pueblo palestino con la doctrina de “tierra arrasada” del actual gobierno de Israel, de ocupar militarmente la franja de Gaza.
En esta franja habitan dos millones de personas, en un 50% niños, sin suministro de agua ni electricidad por decisión del gobierno Israelí, la cual ya ha sido cuestionada por el Presidente de Estados Unidos, principal aliado internacional de Israel, quien ya advirtió que no se vuelvan a cometer los errores de este país, con posterioridad a los atentados del 11 de septiembre de 2001, con la intervención militar en Afganistán como represalia a los ataques a las torres gemelas en Nueva York.