domingo, 4 de diciembre de 2022
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La cumbia viene de El Banco, Magdalena

Roberto Ramírez Ocampo, Columnista

Roberto Ramírez Ocampo

Directivo de Democracia y Modernización Ganadera (Demogan). Consultor de Empresas en comercio internacional.

Por razones que agradezco pero que no entiendo, la líder indiscutida de la cumbia, Veruska Barros, hija del maestro José Barros Palomino, un poeta de la armonía que compuso más de 740 canciones (ese es mi dato no certificado), me invitó a ser jurado del trigésimo octavo Festival de la Cumbia; antes había estado en el 2015, cuando se cumplieron los 100 años de nacimiento del maestro Barros.

Tuve la suerte de compartir con dos damas ese difícil oficio: la primera, Edelmira Massa Zapata, hija de Delia Zapata; con más de 50 años en el mundo de la cultura, pocos imaginan la energía y el amor que despliega Edelmira con cada concepto que emite. 


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La segunda, Klemcy Salza, una Barranquillera que baila y estudia las danzas por el mundo desde hace 28 años; hoy está radicada en Alemania, donde apoya culturalmente a los migrantes hispanos que llegan a ese país, y próximamente estará en la feria del libro de Frankfurt presentando algo más de 15 escritores latinoamericanos. Gracias amadas amigas por sus enseñanzas.

Podría continuar presentando personas llenas de cultura que conocí. El Luthier que fabrica acordeones en Barranquilla, Roy Rodríguez, y que compartió parte de su arte improvisando en escena; Alexandra Gúzman, Jaiber Hernández, Ciro Olaya, que tuvieron a su cargo el imposible juzgamiento de más de 40 comparsas de cumbia; Joaquín Pérez Arzuza, un intérprete de la gaita y amable como sus gaitas. En fin, se me escapan nombres y gente comprometida, sin quienes no habría sido posible que Veruska se luciera.

Dejo de última a nuestra chaperona, Dayana Jiménez, que sin duda nos hizo la estadía llevadera y amable. Gracias, Dayana, nuestro agradecimiento por siempre por tu entrega al Festival.

Les llamará la atención toda esta larga introducción del Festival. No se me ocurre una melodía que se funda más en el alma de los ríos que la cumbia. El coqueteo del río invitándonos a que no le hagamos más daño, no lo contaminemos, que fluyamos con él, que el agua pueda volver a ser como antaño, que las Gaitas y el llamador y la flauta de millo se junten en una melodía irrepetible para contarnos que el sonido del agua se complementa con el de la cumbia, porque los ríos son sonidos dulces, los torrentes son tambores, el nacimiento son gaitas y el conjunto la suma de los instrumentos.

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El Banco y todos los municipios ribereños necesitan entrar en cuidados intensivos y no continuar contribuyendo con residuos sólidos que, estimo sin poder asegurarlo, suman más de 6.000 toneladas al día en toda su ribera y nadie trata. 


El envenenamiento de los peces es todos los días más grave, la disminución de tallas es dramática y el impacto del taponamiento de ciénagas disminuye la cantidad de alevinos que regresan al río. 

El pescador vive del pez y debe ser el más interesado en cuidarlo. Los invito a que entre todos creemos conciencia con una propuesta elemental: el que contamina, paga. ¿Para qué paga? Para que a los pescadores se les pueda pagar por limpiar el río y no se mueran de hambre porque no consumamos el fruto de su trabajo por los altos contenidos de metales pesados.

Por último, me atrevo a plantear una propuesta absolutamente feminista y es que ojalá los 128 municipios del Magdalena tengan más alcaldesas que alcaldes, pues se requiere la mirada protectora de las madres para sanar al río, y eso, no da espera.

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