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sábado, 28 de febrero de 2026
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Cuando coser es también resistir: mujeres enfrentan la violencia de género desde la precariedad y el abandono estatal

Desde pequeños talleres en casa, mujeres costureras desafían la violencia de género y la explotación laboral que viven a diario. Le contamos más aquí.

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En varios barrios populares de Bogotá, mujeres costureras enfrentan una realidad marcada por la violencia de género, la informalidad laboral y el abandono institucional. Desde pequeños talleres en sus casas, estas trabajadoras, muchas de ellas migrantes, madres cabeza de hogar o víctimas de violencia intrafamiliar, han iniciado procesos de organización colectiva para enfrentar la precarización de sus vidas y exigir el reconocimiento de sus derechos.

Durante la X Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales (CLACSO) 2025, desarrollada con participación de organizaciones sociales y académicas, se visibilizaron estos procesos de resistencia. Las trabajadoras costureras provenientes de Colombia, Argentina y Bolivia denunciaron las condiciones de explotación laboral y violencia estructural que enfrentan en su cotidianidad.


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Cuando coser también es resistir la violencia de género

El trabajo de estas mujeres se desarrolla en condiciones que mezclan explotación económica y violencia de género. En espacios donde el Estado ha fallado en garantizar condiciones laborales dignas, muchas de ellas sostienen redes comunitarias que son esenciales para la vida barrial, sin contar con acceso a salud, pensión o protección social.

En Bogotá, colectivos de mujeres organizadas en Suba, Ciudad Bolívar y San Cristóbal relataron cómo enfrentan complejas formas de violencia: simbólica, al ser desvalorizadas; financiera, mediante el endeudamiento; y física o psicológica, dentro de entornos familiares o comunitarios. La organización colectiva se ha convertido en un mecanismo de protección frente a estas formas de agresión.

  • Algunas costureras trabajan bajo esquemas de tercerización que no reconocen sus derechos laborales.
  • Otras, migrantes sin documentación, enfrentan barreras adicionales para acceder a servicios o justicia.
  • El trabajo doméstico, de cuidado y comunitario no es reconocido ni remunerado, a pesar de su centralidad en la sostenibilidad de sus hogares.

Costureras migrantes: entre fronteras y violencias

Delia Colque, costurera y trabajadora social boliviana radicada en Argentina, expuso la dimensión de ser migrante para la violencia de género. Desde la Cooperativa Recuperada Perlea y el Bloque de Trabajadorxs Migrantes denunció que muchas mujeres llegan huyendo de situaciones de violencia, solo para encontrar nuevos escenarios de vulneración en los países de destino.

En sus palabras: “Migramos para escapar de violencias duras, pero seguimos siendo violentadas. Sin papeles ni redes, asumimos los trabajos más mal pagos”. Su testimonio muestra cómo el cruce entre migración, informalidad y género profundiza la desigualdad y la exclusión.


El Museo Portátil de la Memoria Costurera, impulsado por Colque, recoge estas historias desde la voz de las propias trabajadoras textiles, especialmente bolivianas, como herramienta pedagógica y política.

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Trabajo no remunerado y redes de apoyo frente a la precariedad

Los procesos organizativos de costureras en barrios populares buscan visibilizar la violencia de género como parte estructural de las condiciones laborales en la economía popular. La red de Mujeres Autónomas de Suba, la red de tejedoras de Ciudad Bolívar y los colectivos del Alto Fucha han creado espacios de formación y autoorganización para resistir el abandono estatal.

Según Alison Castellanos, del colectivo Mujeres de Barrio, el trabajo colectivo permite generar independencia económica y fortalecer redes de apoyo frente a las agresiones que muchas enfrentan en sus hogares. Estas mujeres, al asumir también tareas de cuidado y reproducción social, realizan trabajo no remunerado indispensable para la vida comunitaria.

En el foro “Memorias, prácticas y desafíos de las luchas de trabajadorxs costurerxs”, se planteó la necesidad de vincular el conocimiento académico a las luchas territoriales. El antropólogo italiano, Alioscia Castronovo, señaló que las economías populares no pueden ser entendidas sin considerar el trabajo no remunerado, la exclusión sistemática y las formas de resistencia cotidiana.

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Condiciones laborales sin derechos

Uno de los aspectos más reiterados por las participantes es la falta de garantías laborales. Muchas de estas mujeres no pueden acceder a salud o pensión, y deben enfrentar esquemas que les exigen aportes parafiscales imposibles de pagar con los ingresos que obtienen.

  • La economía popular es mayoritariamente sostenida por mujeres, pero su aporte sigue invisibilizado.
  • La violencia de género se expresa en las condiciones laborales, familiares y comunitarias que estas mujeres enfrentan.
  • El trabajo no remunerado que realizan en sus hogares y comunidades permanece fuera de las políticas públicas.

A través del bordado, la confección y el remiendo, estas trabajadoras también denuncian. Lo que muchas han expresado en sus intervenciones es que “coser es resistir”. Y es que, en situaciones marcadas por varios tipos de violencias, la aguja se transforma en una herramienta política.