domingo, 4 de diciembre de 2022
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Sembrar vida, sin quitarle la vida a la tierra

María Isabel Henao, Columnista

María Isabel Henao Vélez

Comunicadora Social y Periodista de la Universidad Javeriana. Especialista en Manejo Integrado del Medio Ambiente de la Universidad de los Andes. Twitter e Instagram: @maisamundoverde

A veces pienso en nuestra historia como en la historia de la fragilidad. ¿No pareciera, no? Somos un jurgo de seres humanos con un gran poder sobre la naturaleza, orgullosos de nuestro avance científico, increíble tecnología, obras de arte y de haber conquistado el planeta de extremo a extremo. Pero, estamos condenados a hacernos zancadilla permanentemente. “La experiencia es como la mi—-, no hay quien la coja”, decía el antropólogo Horacio Calle (QEPD). Y pues sí, la verdad es que hemos esquilmado el planeta hasta poner en jaque nuestra sobrevivencia y la de incontables especies. Lamentablemente no heredamos en los genes el conocimiento de nuestros antepasados. A cada nacimiento la cosa se “resetea” y dependemos del sistema educativo de nuestras culturas y de la buena voluntad de los adultos a cargo para incorporar el saber y las lecciones aprendidas de anteriores generaciones. Y si hay un grupo a quien no conviene para sus negocios que ciertos saberes se sepan… resulta sorprendente cómo podemos ser engañados de fácil.

A eso súmele el apogeo de la posverdad, que refuerza nuestra ignorancia cuando algún legislador, gobernante o político repite un dato errado (no lo llamemos aún mentira) muchas veces y con actitud convincente. La gran mayoría de las personas lo tomamos entonces como un hecho y no cuestionamos. ¿Y de qué dato errado, mito urbano y rural vamos a hablar hoy? De “la agricultura en Colombia es inviable sin pesticidas o fertilizantes”. Amigo, date cuenta. Desde la segunda guerra mundial te están comiendo a cuento. La tal revolución verde, de verde no tuvo nada y ni quitó el hambre en el mundo, ni promovió la salud. Los pesticidas sintéticos se empezaron a usar desde la década de 1920, pero en la segunda guerra proliferaron gracias a los estudios financiados por militares. El DDT, por ejemplo, se usó para controlar insectos que destruían cultivos vitales, así como los que transmitían malaria, tifus y dengue a las tropas. Una vez terminado el conflicto, los pesticidas y el nitrógeno para fabricar bombas “encontraron” su nicho de comercialización en el agro (el mercado de los fertilizantes hoy vale la bicoca de $170 billones de dólares al año). Y fue así como los fertilizantes químicos comenzaron a disfrazar la degradación del suelo e hicieron aún más ricos a los dueños del mercado de los fertilizantes basados en petróleo.


Entonces, ¿la degradación del suelo es anterior al tema de los fertilizantes y pesticidas? Sí, poniéndole lupa a la historia, se hace evidente como 10 mil años de labranza han traído consecuencias graves para el suelo y la atmósfera. Arar elimina por completo la cobertura vegetal desnudando la tierra (léase mi columna anterior, donde explico los efectos que trae, en este enlace) e introduce oxígeno en el suelo, el cual aman los microorganismos, pero acelera su consumo de carbono, deshaciéndose paulatinamente de los nutrientes del suelo. 

Y si a la labranza le añadimos fertilizantes químicos… esto es lo que sucede: 12 átomos de carbono por 1 de nitrógeno es el promedio de las cosas vivas. Los fertilizantes añaden montones de nitrógeno, entonces todos los organismos en el suelo, hongos y bacterias comienzan a comerlo, pero por cada nitrógeno que consumen deben ir a buscar 12 de carbono para balancear su dieta. Esta “digestión” acelerada de carbono (que además emite CO2 a la atmósfera) disminuye su presencia en el suelo y mucho del micelio y microorganismos necesarios para un suelo fértil empiezan a morir porque no encuentran el carbono necesario para sobrevivir. 

Permítame ahora cambiarle la lupa por el microscopio. Tenga paciencia, sacuda la cabeza tantico. Yo sé, la mayoría ha dejado a la biología, química y física, engavetadas en los cuadernos del colegio. *1 Muchos nutrientes, minerales y elementos traza como amonio, potasio, calcio, hierro, cobre, manganeso y magnesio (cationes) tienen cargas positivas, las cuales son atraídas por el círculo de carga negativa del oxígeno que contiene el humus, la materia orgánica del suelo. El humus los atrapa y no deja que se vayan en la escorrentía del agua cuando llueve. Cuando las plantas tienen “hambre” segregan pequeñas cantidades de ácido que rompen los enlaces donde están atrapados estos minerales y nutrientes del humus, tomando solo lo que necesitan. ¿Pero qué pasa cuando se aplican fertilizantes NPK? Todo ese potasio arranca los elementos traza y minerales de la capa de oxígeno del humus para ponerse ahí, dejándolos expuestos a ser lavados por el agua de lluvia o riego, e inhabilitados para ser usados por las plantas, tras un pequeño boom de aprovechamiento al ser liberados. Creemos que las plantas crecieron por el fertilizante, pero después viene el desastre para el suelo. Hoy día se necesita más nitrógeno para obtener una fanegada de grano, del que se necesitaba en 1960.

Y la cosa se pone peor, lo siento. La agricultura moderna no está diseñada para mejorar el suelo sino para volver al agricultor dependiente del paquete “tecnológico” que incluye preparador del suelo, semilla híbrida, abonos químicos, pesticidas y fungicidas. No solo va degradando su tierra, sino que lo pone contra la pared desestimulándolo e impidiéndole seleccionar sus propias semillas, vendiéndole la idea de que la ciencia le trae unas “mejores” y lo atraca en lo fundamental que es la vida, porque patentar las semillas es darse el derecho de patentar la vida. Tras la descarga química de este “combo agrícola”, la biodiversidad, animales, microbiota y calidad del suelo van siendo aniquilados y los alimentos resultantes resultan un riesgo, pues lo que tenga la tierra, lo tendrán los alimentos que comamos. El glifosato, por ejemplo, se rocía en cultivos como el maíz (y de Ripley, tratando disque de poner a raya la siembra de cultivos ilícitos). Este químico, asociado a la aparición de cáncer, encuentra su camino desde el suelo donde es aplicado hasta el agua que tomamos. Hoy día se encuentran pesticidas y herbicidas hasta en la leche materna. Más de 200 estudios revisados por pares científicos correlacionan el rociado de químicos en la agricultura actual con déficit de atención, cáncer y defectos de nacimiento en niños. 

El suelo arado y rociado con pesticidas, fungicidas y herbicidas, entra en estrés crónico y deja de promover la vida. Desde 1970 hemos perdido un tercio de la capa superior del suelo por la agricultura convencional intensiva. La tierra muerta nada vale, no podemos alimentarnos de ella. Si seguimos con estas prácticas, en 60 años no tendremos tierra cultivable, dicen las Naciones Unidas. Revisemos la historia y no le pongamos la cereza al pastel de los errores cometidos. Si bien varias civilizaciones alrededor del mundo colapsaron por haber degradado su entorno al punto de acabar con su seguridad alimentaria (le recomiendo el libro Colapso de Jared Diamond) cientos de miles de seres humanos han prosperado cultivando de manera orgánica, atendiendo a las necesidades del suelo y de las otras especies. No pedaleemos una economía perniciosa, que alrededor del mundo usa los impuestos de los contribuyentes para subsidiar las grandes empresas agroindustriales y que crea semillas híbridas estériles para proteger un “negocio”. 


¿Y qué hacer entonces? Transformar el campo y abrir la puerta a la agricultura regenerativa, que tantos dividendos y beneficios está trayendo para otros países y para quienes dan el salto a reaprender y hacer de otra manera las cosas. El Foro Económico Mundial y la FAO, entre otros, no pueden estar tan equivocados al promoverla. Y como llegó a su límite el espacio de esta columna, en la próxima, le prometo, vendrán las mieles de la agricultura regenerativa y la permacultura, y cómo en ellas yace la respuesta a varios de los retos de nuestro tiempo. Porque se puede sembrar vida, sin quitarle la vida a la tierra.  

Mientras nos encontramos de nuevo, busque este documental: The Need to grow de la productora Earth Conscious Films https://www.earthconsciouslife.org/theneedtogrow Toca comprarlo, haga de cuenta que gastó boleta de cine. Vale la pena.   *1 Soy de las que quiere entender siempre el cómo y el por qué. Agradezco profundamente la manera pedagógica e inspiradora que tenía Toby Hemenwey para explicar la magia del suelo. Y a Rob Herring, uno de los directores de The Need to grow, por poner su conocimiento al alcance de muchos a través de Food Revolution Network.