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jueves, 30 de julio de 2026
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Una historia de terror (para emprendedores)

Marta Isabel González, Columnista, Más Colombia

Marta Isabel González

Ingeniera de Diseño de Producto, Magíster en Mercadeo, creadora de La Vendedora de Crêpes.

¿Han visto los memes que dicen que parece chiste, pero es anécdota? Bueno, la columna de hoy es uno de esos casos, aunque para un emprendedor, más que una anécdota, es una historia de terror.

Admitámoslo, los emprendedores casi siempre empezamos sin saber muy bien lo que estamos haciendo y vamos resolviendo a medida que los retos van apareciendo. Registrar una marca pocas veces está en el top de cosas urgentes y, aunque no lo creamos, esto puede convertirse en un dolor de cabeza. 


Hoy estaba conversando con Camilo Villa, dueño de Singular Legal, y me contó la siguiente historia, que en honor al Halloween y al susto que deben haber padecido sus protagonistas, voy a contar como si fuera (es) de terror.

Medellín, Colombia

Día x del año x

— Juan, mira esta correspondencia que nos llegó, pero no logro entender de qué se trata. ¿Tú sabes?

— Ya reviso. Tan raro, esto tiene que ser para nosotros. Acá está la marca, la dirección, tiene todo qué ver con arquitectura, pero los nombres no corresponden. Raro. Esperemos a ver qué pasa. Preguntemos en la recepción.


En la recepción del edificio…

— Jaime, hermano, es que nos llegó esta carta, pero no hay cosas que no nos cuadran. ¿Usted de pronto sabe quién la trajo?

— Muéstreme, don Juan, a ver si me acuerdo. Ah, sí, eso sí lo trajeron en estos días, pero yo voy a preguntar en la otra oficina de ustedes a ver si es para ellos.

— ¿Va a preguntar en dónde?

— En la otra oficina que tienen ustedes en el edificio.

— ¿DÓNDE?

— ¿Ustedes no tienen otra oficina acá, en el edificio?


— No.

— Discúlpeme don Juan, lo que pasa es que como tiene el mismo nombre y las dos son de arquitectos yo creí que era la misma empresa. Tranquilo que yo me quedo con el documento y se los hago llegar.

Lo que quedó de Juan se puso en la tarea de averiguar qué estaba pasando y se dio cuenta de que efectivamente Jaime tenía razón. En el mismo edificio existía otra oficina de arquitectura que tenía exactamente el mismo nombre que la suya. La gran ventaja era que Juan había hecho registrar la marca hacía algún tiempo y eso le dio toda la tranquilidad para las citas que tuvieron con abogados. 

Todo terminó en que la empresa de Juan decidió venderles la marca porque para Juan realmente no era tan grave, pero para la empresa homónima era como perder un brazo. Se cuenta muy fácil, pero el proceso fue difícil y estresante para ambas empresas. La moraleja es clara: siempre hay que registrar la marca. El dueño siempre tiene la ventaja.