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Ahora o nunca… ¿sobreviviremos?

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Eduardo Díaz Amado
Médico, filósofo y psicoanalista.

Se acaba de publicar el informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) y aunque la vida cotidiana de millones de personas continúa como si nada hubiera pasado, la verdad es para quedar fríos y muy preocupados. 

Según el informe, preparado por más de 200 científicos de todo el mundo, ya no hay lugar a dudas; no se trata de meras teorías de la conspiración o inventos de ONGs internacionales interesadas en obstaculizar el progreso de la humanidad. No. La explotación intensiva de los recursos naturales y el incremento en la producción de CO2 (la huella de carbono) por cuenta del consumismo desaforado de la especie humana, ha llevado al planeta al máximo de sus capacidades y hemos entrado en la fase de la alerta roja.

La situación es bastante seria y al paso que vamos ya muy pronto va a ser irreversible. Los científicos han advertido que es necesario emprender acciones de inmediato para atenuar este desbarajuste en nuestra casa común, la tierra, que por siglos ha mantenido el equilibrio para el florecimiento de la vida pero que hoy, nosotros, hemos alterado en apenas unos pocos años. 

Habría que replantear nuestro modelo de vida en el planeta y, en concreto, llevar las emisiones de los gases invernadero a cero en un plazo muy corto. Así podríamos evitar el apocalipsis para las generaciones futuras, pero cuyas trompetas ya escuchamos hoy con todo lo que está sucediendo. La temperatura del planeta seguirá incrementándose, los tiempos de sequía intensa y de lluvias desaforadas serán cada vez más frecuentes, los océanos perderán su capacidad para absorber CO2 y calor, y el nivel del mar subirá lo suficiente como para cubrir amplias zonas que están hoy pobladas.

Algunos han dicho que se debe evitar el alarmismo y el pánico, pero lo que verdaderamente hay que evitar es la anomia, el desinterés y el cinismo. Por un lado, cada ser humano debe tomar conciencia de que en sus manos hay algo por hacer: dejar el consumismo ciego, reciclar, promover estilos de vida amigables con el planeta, sembrar árboles, evitar contaminar, en fin, muchas cosas. 

Pero, por otro lado, no nos llamemos a engaño. Tampoco podemos seguir permitiendo que se venda la idea de que todo está en el granito de arena que cada uno/a puede poner. Todo suma, por supuesto. Pero las acciones de real impacto están en manos de los gobiernos, las multinacionales y la industria. La solución es por tanto fundamentalmente política y económica, pero sobre todo ética, pues es ésta la que orienta los fines y el proceder de las dos primeras. 

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Cuando V. R. Potter propuso en los inicios de la década de 1970 a la bioética como un tipo especial de sabiduría que, a través del diálogo interdisciplinar y comprometido con la vida, nos guiara en el uso de la ciencia y la tecnología, estaba pensando en el futuro del planeta y de nosotros mismos. En su libro Bioética, un puente hacia el futuro cita a A. Leopold, un ingeniero forestal que había propuesto años antes (1948) una ética de la tierra, lo que precisamente necesitamos con urgencia hoy.

Una de las regiones más susceptibles a todos estos cambios que se avecinan es Suramérica. Tenemos una gran variedad de ecosistemas y climas vulnerables a la (irresponsable) acción humana. En el caso de nuestro país, los malos ejemplos abundan. En las grandes ciudades no existe una verdadera cultura ecológica y la contaminación campea por todas partes (hay que ver a Bogotá en las mañanas, cubierta de una nube negro-amarillenta que causa terror; recordemos las alertas amarillas en los últimos años por cuenta de dicho problema). 

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El desenfreno por explotar y destruir en las cuencas hidrográficas, los páramos y las selvas se ha vuelto noticia cotidiana. Esto no es solo por maldad o ignorancia de algunas personas, sino que también es el resultado de cierto modelo socio-económico que premia la voracidad mientras desestimula la construcción de lazos de amor, no solo entre nosotros mismos, sino entre nosotros, los animales y la naturaleza en general. 

Estamos advertidos. Si no enderezamos el camino, las plagas de Egipto ya no serán más las escenas de una película que vimos en Semana Santa; serán una realidad que tocará a las puertas de nuestra casa, tarde o temprano, y que nos traerá lágrimas y dolor, sobre todo a nuestros hijos y las generaciones venideras. Aunque no está en las manos de Colombia solucionar un problema global, tenemos que hacer nuestra parte. Cada uno a nivel individual debe hacer lo que le corresponde, pero al Estado, las instituciones, la industria y los grandes actores de la sociedad les cabe una responsabilidad histórica y definitiva.  

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Eduardo Díaz Amado
Médico, filósofo y psicoanalista.

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